Otras miradas

Los canteros de los Simpson

Sergi Tarrés

Licenciado en Comunicación Audiovisual y asesor político de ERC

Mis últimas líneas en este periódico son de hace un mes y poco (parece una eternidad ya), fueron una humildísima crónica de un viaje fugaz a los campos de exterminio de Auschwitz. Aquella visita trae al presente lo que fue algo terrible, una masacre tan humana (por la mano ejecutora) como inhumana. Estar ante aquel paisaje nos trae a la memoria (más allá de lo truculento y lo indecente) lo que ocurrió después: la división del mundo de la guerra fría. Una "paz" forzada por el miedo a la autodestrucción nuclear mutua.

Un periodo que duró poco más de 40 años y en el que, finalmente, el neoliberalismo se acabó imponiendo, rompiendo el equilibrio de los bloques y generando olas ingentes de privatizaciones detrás de lo que había sido el telón de acero. La socialdemocracia, en este contexto, ha intentado "capitalizar" el modelo en la Europa del postcomunismo, dando a entender que se repartiría bien la riqueza y gotearía hacia abajo (en palabras de Carlos-Enrique Bayo en su artículo sobre secuelas económicas del Coronavirus). La creación del sistema de protección social (subsidios, pensiones, paro) era un contrato interclasista en el que, se suponía, ganaba todo el mundo. Los desfavorecidos no morían de hambre y la rueda de hámster del consumo seguía rodando aún a pesar de las recesiones (es decir, los tenedores de gran capital y corporaciones estaban tranquilas).

Durante los últimos años (desde el momento disruptivo en 2008 con las subprime) hemos visto como el poder político electo cada vez ha tenido menos relevancia, los parlamentos en todo el mundo se han convertido en paletas de colores que conllevaban gran inestabilidad institucional. Las privatizaciones masivas que empezaron antes de la caída del Muro se aceleraron e, imparablemente, el capital público (ergo, su poder) ha ido pasando a manos privadas. En el minuto uno de la caída de los mercados los grandes tiburones de la economía exigieron a los estados que les rescatasen a cambio de no mandar a todos los votantes a la pobreza más absoluta. Los gobiernos (del signo que fueran) no tuvieron más remedio que acatar. Se socializaron todas las pérdidas derivadas de las especulaciones, pero no sabemos de ningún caso en el que la capitalización anterior fuese obligada a ser devuelta a los erarios públicos.

La creación de monstruos bancarios, los "too big to fail", precedieron los ingentes rescates con dinero público. Dinero que los estados no tenían y que, curiosamente, les prestaban los mismos bancos (u otros países, también endeudados). Es decir, los estados acababan estando prácticamente en su totalidad al servicio del capital, el poder político institucional, pues, vaciado de contenido y todo el valor del PIB siendo adeudado a privados. Todo muy perverso.

Hemos visto el auge del populismo de extrema derecha vendiendo la receta de siempre cuando la gente lo pasa mal: el palo largo y la mano dura, el racismo y el nacionalismo chovinista son el crecepelo estándar de esta suerte de seres bastante repugnantes que siempre salen cuando hay tormenta. Como también salen los neoliberales cuando les va mal y extienden la mano para que sean los países (a cargo de las cuentas públicas) los que se hagan cargo de sus problemas, aunque hayan estado durante años maldiciendo sobre el intervencionismo, los impuestos y el asistencialismo para con los desfavorecidos bajo el tan falso "mantra" de que ser pobre es una elección personal.

¿Y qué ocurre ahora?, ¿el virus como excusa para acabar lo que no se pudo en 2008? No lo sabemos, realmente nadie lo sabe, aunque todo el mundo cree saberlo. Proliferan fake news por doquier y todo el mundo tiene un cuñado médico o policía que le cuenta recetas e historias para no dormir relacionadas con la enfermedad. La cuestión es que el bicho existe y mata y enferma. Y, por los motivos que sean, nos creamos o no la necesidad de establecer un marco mental de emergencia sanitaria de tal calibre el caso es que ahí estamos. El parón económico forzado por esta situación, si bien tiene la causa en la emergencia guarda paralelismos con la caída del 2008. Pero esta vez es mucho más rápido y mucho más abrupto y directo, una catarsis como nunca la habíamos visto antes la gente de nuestra generación. Con consecuencias explícitas inmediatas sobre las clases trabajadoras, ERTE’s, recortes de sueldos, despidos, etc. Un augmento vertiginoso de las brechas salariales y la desigualdad. Vemos como los grandes capitales recurren a lo público a la desesperada. Y todo en cuestión de días.

Hay quien está tentado en pensar que todo es una enorme conspiración, y bien lo puede parecer. Los Canteros los Simpson lo explicaban en un capítulo mítico, cantando y poniéndose ciegos de comida y cerveza, encerrados en su torre de marfil. Todo lo hacían ellos, movían los hilos y de ello vivían. Cierto es que quizá no hace falta recurrir a ellos para explicar lo que está pasando, pero lo que es seguro es que los Canteros allí están, esperando a aprovecharse de la situación, se llame subprime, o se llame coronavirus o cualquiera de los nombres que se le dé a las futuras catarsis sociales.

¿Cuál será la consecuencia de todo esto a medio plazo? En el sistema monetario actual, basado en la creación del dinero a través de deuda soberana, o se cambia de sistema o lo que pasará es lo de siempre: la crisis la pagaran los de abajo. Un círculo vicioso basado en extraer siempre las rentas públicas (de las que no se puede escapar de pagar quien poco tiene) para pasarlas a manos privadas. Lo público actual no puede aguantarlo todo (por cómo está de vaciado), y menos si quien sustenta lo público es la gente con sus rentas del trabajo, un trabajo que no habrá, unos ingresos que no existirán. Hay que buscar otro modelo. Hay que fortalecer lo público y zambullirse más en los valores republicanos de democracia y solidaridad.

La receta no puede ser la de siempre: la austeridad que solo se fuerza a los pobres. Los Canteros, esta vez, no deberían salirse con la suya. Avisados estamos.