Otras miradas

Sólo los que entraron siendo buenos saldrán mejores

Viajeros del metro de Madrid mantienen la distancia social, durante el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. REUTERS / Susana Vera
Viajeros del metro de Madrid mantienen la distancia social, durante el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. REUTERS / Susana Vera

No; de esto no vamos a salir ni mejor ni reforzados, como se dijo las primeras semanas. Hemos cambiado los aplausos a los sanitarios (antes llamados los héroes de la pandemia) por aplausos a la policía, que apaleó a las mareas blancas. Hemos cambiado las sábanas blancas en defensa de la sanidad de los balcones por las banderas de España y los vivas al ejército; cuya profesión no es salvar vidas, sino quitarlas. Hemos pasado del "no vamos a dejar a nadie atrás" a las cartas pegadas en las puertas de sanitarios y cajeras pidiéndoles que se marchen de sus casas y del edificio.

En sólo un mes de confinamiento hemos perdido por completo la memoria, y hemos demostrado que seguimos siendo la misma sociedad clasista. Horas en los distintos programas para médicas y enfermeros; minutos para cajeras, reponedores y limpiadoras; olvido para bomberos, carteras, repartidores, recogida de basuras y los manteros cosiendo mascarillas para los hospitales.

Mientras todos estos síntomas aparecen en las calles y balcones, en las redes el odio se dispara, los bulos corren como la pólvora y ya, hasta nos parece normal. ¿Unidad frente al virus? Como diría el gran Labordeta "¡A la mierda!".

El primer día de vuelta al trabajo nos ha dejado en Madrid una cifra muy significativa y poco analizada. El cercanías subió un 50%, mientras, el metro sólo un 20%; esto dice mucho de cómo nos expulsan de nuestros barrios y ciudades, de quién tiene que trabajar expuesto al contagio en actividades no esenciales y de quién puede quedarse en su casa teletrabajando.

Como se suele decir "Siempre hubo clases" y cuando esto termine seguirá siendo la misma sociedad ponzoñosa donde manda la CEOE y no la salud pública, donde los centros de refugiados se inundan en Melilla cuando llueve y la situación en algunas cárceles españolas son inhumanas, como viene denunciando desde hace años Amnistía Internacional.

Cuando esto termine, el aire que se ha limpiado volverá a teñirse de un marrón tóxico y nada habremos aprendido, porque las grandes empresas donan cuatro migas mientras siguen sin pagar sus impuestos.

Sólo los que entraron en esto siendo buenos saldrán mejores. Para el resto, nada ha cambiado, salvo el privilegio de la cervecita en la terraza, una noche en la ópera o las compras compulsivas cosidas por niños en algún lugar remoto del mundo.