Otras miradas

¿Qué hacemos con la ira?

Marta Nebot

Periodista

Pixabay.
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Mientras la historia se decanta en el canto de un duro, mientras la moneda está en el aire antes de ser cara o cruz, mientras la humanidad entera camina sobre el filo de la navaja entre un periodo histórico esperanzador para la especie o uno oscuro y tenebroso como tantos, pensemos en la ira.

Esta cabrona nueva situación genera dolor, frustración e impotencia. Antes las plagas, las guerras, los grandes males generadores de lo mismo nos llevaban a las Iglesias, a entregarnos a la sinrazón de que un ser superior ordena el caos a sabiendas. Ahora pareciera que hay más humanos adultos dispuestos a aceptar la responsabilidad de gestionar el caos implícito en la naturaleza. Fuera supersticiones y entregas a presuntas salvaciones abstractas, lo siguiente para hacernos mayores puede ser aprender a  gestionar la rabia.

Se trata de un parásito, que vive en las tripas de lo peor de cada cual y que se apodera de su anfitrión, si no se le mira a la cara. Este bicho necesita reconocimiento para estar tranquilo y quedarse en su sitio. Hay que sacarle a pasear cuando está nervioso. Dejarle que se exprese e, incluso, escucharle un poco, antes de devolverle a su cueva. Porque si no se es consciente de su presencia puede adueñarse de nuestro corazón y, lo que es peor, de nuestras entendederas.

Con las emociones inflamadas, como inevitable efecto secundario del miedo, contenido o no, el cerebro tiene menos sitio para los pensamientos y se encuentra asustado y encogido agarrado a sus colores, buscando aliados, desesperadamente, para huir de la soledad y el desconcierto. Ése es el terreno mejor abonado para que la ira prenda y se haga con el control. La cólera se cuela por la herida, cuando estamos más indefensos, y busca una guerra porque la prefiera a estar perdida. Sin enemigos sobre los que lanzarse, la rabia es más ridícula todavía.

Mirarse en el espejo cuando te ha poseído es un ejercicio de plena consciencia que puede doler y causar asco de uno mismo, pero también puede despertar compasión y devolvernos la clarividencia y la paciencia necesarias para acariciar a nuestro monstruo; para apaciguarle con piedad y con argumentos: pareces yo, podrías serlo, lo has sido en más de una ocasión, pero podemos ser algo mejor que eso.

En esta España nuestra, con la ira bien alimentada y desatada, fuera de su sitio y falta de reconocimiento, nos lanzamos sobre los responsables políticos como hienas. Les adjudicamos intencionalidades abyectas. Para unos, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias nos mandaron al matadero el 8 de marzo (lanzando a la muerte también a sus mujeres, madres e hijas) y nos siguen asesinando con sus políticas; para otros, es Ayuso la asesina mataviejos; para unos, la policía es maléfica por exigir material sanitario de protección, mientras los trabajadores de los centros de mayores tienen el derecho de ser protegidos;  para otros, la protección de la policía está por encima de todas las cosas;  para unos, hay que parar los bulos incontrolables a cualquier precio;  para otros, parar los bulos es acabar con la libertad de expresión y podríamos continuar con esta lista hasta el infinito.

Si no nos cuidamos estaremos sintiendo más que pensando. Por eso llamó tanto la atención el discurso de Rita Maestre en la Asamblea de Madrid, de la semana pasada. Supongo que Maestre hizo, antes del pleno, lo que dicen los expertos que hay que hacer cuando el bicho se pone grande y puede hacerse con nosotros. Conviene tirar unos cojines al suelo y liarse con ellos a puñetazos, dejando que el animal se exprese sin hacernos daño, que nos salga espuma por la boca y sapos y culebras y todas esas exageraciones que el dolor necesita que digamos.

Ni las privatizaciones sanitarias, ni los recortes en los centros geriátricos, ni las compras desesperadas en China, ni los retrasos en medidas evidentes, ni siquiera los errores de bulto que pueden haber provocado más muertes, fueron intencionados.

Nadie se esperaba el Apocalipsis y ante él, la ira no ayuda. Lo único que rema a favor es  apoyar a quien le ha tocado gestionarlo para que lo haga mejor, mientras inventamos un futuro diferente.