Otras miradas

Nos volveremos a ver

Pablo Gómez Perpinyà

Portavoz de Más Madrid el la Asamblea autonómica

Dos niños juegan en la Puerta del Sol de Madrid, frente a la sede de la Presidencia del gobierno autonómico. REUTERS/Sergio Perez
Dos niños juegan en la Puerta del Sol de Madrid, frente a la sede de la Presidencia del gobierno autonómico. REUTERS/Sergio Perez

Para muchos el confinamiento está sirviendo para retomar amistades a través de videoconferencias, pasar más tiempo con la familia o charlar por primera vez con algún vecino desde balcón. También hay quién ha aprovechado para recuperar aficiones, limpiar armarios y cajones e incluso ordenar aquella vieja caja de zapatos que contiene los recuerdos de algún tiempo pasado. Por eso y porque por primera vez el Dos de Mayo no será el segundo mejor puente del año, el Madrid acelerado y tumultuoso quizás hoy necesite más que nunca detenerse, apartar por un día toda esa capa de centralidad, sobreexposición mediática y sobriedad institucional, y buscar su razón de ser.

Una provincia, que a la vez es ciudad y comunidad; la región más rica de España que a su vez es una de las más desiguales; un territorio que Felipe II eligió para ubicar la Corte y que, sin embargo, siempre tuvo muchos más arrabaleros que nobles; el símbolo de la centralización del Estado por los Borbones y a la vez aficionado a los motines contra los poderosos bien fuera para pedir pan o la bajada de los precios; un Madrid que se escribe "d" y se dice con "z" y que tan pronto se levanta en armas contra una invasión extranjera como aplaude la vuelta del tirano al grito de "vivan la cadenas". Una identidad solapada, temerosa de mostrarse, con el orgullo dañado, presionada por los cuatro costados y repleta de apasionantes contradicciones.

Tal y como sucedió hace doscientos años, Madrid hoy enfrenta un desafío inmenso. Si entonces fueron las clases populares las que se levantaron con lo que tenían en casa para defender su independencia, hoy vuelven a ser personas anónimas las que arriman el hombro para enfrentar una pandemia. Ese torrente de fraternidad entre los más golpeados que cuesta explicar pero que es tan real como la vida misma, ese sentimiento colectivo de responsabilidad con la situación, ese anhelo de superar la adversidad que nos conecta con las personas que tenemos a nuestro alrededor y que nos lleva a hacer cosas extraordinarias para defender lo común, es lo que convierte a seis millones y medio de personas en un Pueblo.

El futuro de nuestra región dependerá de que seamos capaces de afrontar con valentía los desafíos que el virus ha puesto sobre la mesa. Tendremos que elegir si imperará la ley del sálvese quien pueda o blindaremos nuestra sanidad, si queremos una comunidad basada en la competición o en la cooperación o si el coste de esta crisis volverá a recaer sobre las mismas familias que la pagaron en 2008 o buscaremos una fórmula más justa y equilibrada. Podemos elegir el rumbo de nuestra región y ojalá seamos capaces de hacerlo con la responsabilidad y el sentido colectivo que estamos demostrando estas semanas.

A algunos les gustaría pensar que el mejor homenaje a los Héroes del Dos de Mayo es el que se hace hoy en Real Casa de Correos con un discurso protocolario, frío y leído por una Presidenta rodeada de decenas de señores con corbata. Mi sensación es otra. Quizás haya muchos madrileños que pasen el día confinados en sus casas, conectados a un respirador o cuidando pacientes en las urgencias de un hospital. Seguramente muchos no sabrán quien fue Manuela Malasaña, Daoíz o Velarde, pero defendiendo lo común, cuidando del que tienen al lado, sin saberlo, estarán abrazando con más fuerza que nadie el espíritu de aquellos hombres y mujeres que dieron la vida por las generación futuras. Por eso desde Móstoles a Lavapiés, desde Guadarrama al Henares, de Vallecas a la Sierra Pobre, todo el mundo ya habla desde los balcones de un Madrid que por este Dos de Mayo ha vuelto a ser un Pueblo.

Más Noticias