Otras miradas

Punto y aparte

Juan José Laborda

Miembro del Consejo de Estado. Fue senador en 1978 y presidente del Senado (1989-1996).

Hannah Arendt, en su obra magna sobre el pensamiento totalitario, caracteriza esas ideologías como la indetenible producción de argumentarios, justificaciones y consignas. El debate político de nuestros días posee algunos rasgos totalitarios. Creo que no es ciertamente un debate democrático, con los rasgos clásicos del parlamentarismo de respeto por las ideas del otro, sino que se acerca a las definiciones de Carl Schmidt de la política como lucha para acabar con los enemigos.

A diferencia del pensamiento conservador, liberal o socialdemócrata, que necesita cada cierto tiempo detenerse para autoanalizarse corrigiendo sus ideas, el pensamiento en lucha de los llamados argumentarios está siempre moviéndose pues su objetivo no es llegar a conclusiones, sino estar siempre condenado a destruir las ideas del adversario y al adversario mismo. Es una condena de Sísifo que el debate sea arrastrar piedras sin llegar a lugar alguno, pero Arendt, y algunos grandes analistas de las democracias, como Isaiah Berlin, nos han advertido que cuando sucede esto, como ahora, la primera víctima es la verdad, y sin posibilidades de alcanzarla, los sistemas constitucionales degeneran y terminan agotados.

Me temo que el debate que se traen el Gobierno y la oposición sobre la situación actual son la triste demostración del agotamiento de su política. La opinión pública quiere acuerdos, el consenso es imprescindible dados los tremendos problemas económicos y sociales que se abren ante nosotros, y además, nuestro sistema constitucional no funciona si no es mediante pactos que resuelvan dilemas existenciales para nuestra vida democrática, y sin embargo todo sigue igual, como si el paso del tiempo no existiera para nuestros dirigentes actuales.

¿No es vital que ahora los dirigentes de partidos identificados con la Constitución hagan punto y aparte en sus enemistades,  y se decidan a poner a salvo nuestro sistema político, y a salvarse ellos mismos como fuerzas políticas del futuro?

Se ha citado los Pactos de la Moncloa de 1977 como solución a nuestro presente. Lo que se puede retener de los Pactos de la Moncloa es que el consenso fue el método con el que se empezó a trabajar en 1977, y si se consiguió que fuese el punto de llegada, ese final se logró gracias únicamente a la confianza surgida de un trabajo político compartido entre adversarios (que dejaron de verse como enemigos). Esta consideración va dedicada al PP, que ha pretextado siempre estar en contra de las reformas sino se le precisan los  términos de llegada.

Los pactos de la Moncloa, gracias a Adolfo Suárez en primer lugar, pero también a sus demás firmantes, arrancaron de raíz la semilla de la polarización entre izquierda y derecha. Suárez pudo formar una mayoría con Fraga Iribarne, pero optó por entenderse en primer lugar con Santiago Carrillo, el comunista de la Guerra Civil, y ese entendimiento precipitó un gran acuerdo con todos los demás, pues nadie quiso aparecer quitándose de en medio en un momento tan serio y crucial como el de hoy.

Ocurre que el presidente Sánchez tiene difícil lograr el consenso pues lo que entonces representaba Carrillo está hoy en el Gobierno. Pablo Iglesias es vicepresidente por decisión de Sánchez, pero en esa opción también tuvo que ver la reacción de Pablo Casado negándose a sentarse a negociar con Sánchez, dicho en la misma noche electoral.

Lo que nos preocupa a muchos, hasta la angustia, es ver que el Gobierno más débil tendrá que enfrentarse a la mayor crisis de los últimos cuarenta años. Estamos pasando de la política virtual y de marketing al túnel oscuro y real de una recesión económica y del deterioro, quizá irreversible, de nuestra democracia avanzada.

¿Podemos confiar, como en 1977, en la ayuda de nuestros amigos del mundo? No: Estados Unidos agrava más que ayuda en esta pandemia, la ONU y las relaciones multilaterales están eclipsadas, y la UE se ha declarado incapaz de aprobar soluciones mínimamente ejemplares.

¿Ni siquiera con este panorama de peligrosa incertidumbre serán nuestros representantes incapaces de poner punto y aparte a una reciente mala historia de estériles enfrentamientos? No es seguro que podamos salir bien de esta prueba. O habrá una solución global, o las democracias atlánticas entrarán en dificultades. Pero siempre será mejor para el futuro, sea cual sea este, que España haya intentado buscar soluciones por acuerdo.