Otras miradas

De mascarillas y techos altos

Las mascarillas que ha comenzado a repartir la Comunidad de Madrid en las farmacias. EFE/Rodrigo Jiménez
Las mascarillas que ha comenzado a repartir la Comunidad de Madrid en las farmacias. EFE/Rodrigo Jiménez

Al fin llegó el cargamento de mascarillas FFP2 a la comunidad. Tan solo tenían un problema. No iban destinadas a quienes más lo necesitaban. Quizá por fines electoralistas partidistas o algunos que se nos escapan al común de los mortales, no serían los sanitarios quienes pudieran ponérselas. Los sanitarios eran quienes más se estaban contagiando de ese extraño virus mortal. Muchos de ellos, cuando llegaban a casa, no abrazaban a sus seres queridos por miedo a que el hecho de tocarles pudiera al mismo tiempo acabar con ellos. Sobre el tema de las mascarillas, había mucho desconcierto generalizado, como con casi todo lo que rodeaba al virus y a la situación actual ¿Pero, cómo puede ser? Se preguntaban con asombro desde la sociedad civil. Nadie parecía tener la respuesta porque los políticos de esa comunidad hacía tiempo que no hablaban a su pueblo y la gente iba actuando como buenamente podía, queriendo protegerse de la manera más eficaz posible.

Si no nos las dan a nosotros, no podremos seguir curando a la gente porque caeremos en cama. Bolivariano comunista, respondió uno de los tertulianos, a modo de insulto. Como si esas palabras, en algún lugar del raciocinio pudieran aportar algo, salvar a alguien o acaso consolar en estos duros momentos.

Podemos donarlas, pensó alguien del público. Ya, pero ¿cómo? Cuestionó otra persona. Además, al parecer tampoco quedaba claro que estuvieran homologadas. Pero ¿cómo puede ser? El clima social se llenaba de más y más preguntas y ninguna respuesta. La ciencia quedaba al alcance de unos pocos sabios y al resto solo les quedaba confiar y esperar.

Quizá sea peor ponérselas y sea peor el remedio que la enfermedad, dijo la vecina del segundo.

¿Entonces se las donamos a los sanitarios? Ellos son los que más las necesitan, dijo la del tercero. Pero si están defectuosas, ¿no será mejor que nos las quedemos nosotros? Cuestionó otra persona, que se encontraba en el edificio de en frente.

En las televisiones, las informaciones eran contradictorias y las peleas y ruidos impedían entender con claridad. En las portadas de algunos medios nacionales, aparecían portadas de los líderes políticos posando de manera extraña, sin responder a los intereses generales. Esto no es la vida real, esto es una distopía, no está ocurriendo realmente, se dijo la del sexto.

El estrés postraumático que sufrirían algunos de los sanitarios, iba a tardar mucho tiempo en sanar. Eso comentaba uno de los tertulianos expertos en la materia. Quizá mucho más tiempo de lo que duraría la vacuna en llegar. La vacuna acabaría con la pandemia, pero las secuelas mentales y sociales serían más complicadas de reparar. Porque aún no existía vacuna para todo ello, la ciencia no había llegado tan lejos en ese sentido.

Los pocos sanitarios que aún quedaban contratados (al resto les habían despedido al mes del pico más alto de contagios) no entendían el porqué de esta decisión y mandaron una carta a la presidenta de la Comunidad.  En las residencias de personas con discapacidad también veían la noticia con estupor. Ellas habían estado trabajando durante toda la pandemia sin protección y no entendían el motivo de esta decisión, ni sabían cuando iban a poder tener ese material. Al parecer, y según fuentes consultadas, habían estado trabajando con mascarillas defectuosas durante todo este tiempo.

La presidenta de la Comunidad no respondió ninguna de las dudas, ni tampoco ayudó a los sanitarios que le preguntaban sobre las mascarillas. Justo ese día tenía un acto con otros presidentes y personas trajeadas a las afueras de uno de esos hospitales. Era un minuto de silencio por todos los fallecidos de la Comunidad, que ya ascendían a 8.552.

Los micros se acercaron a la presidenta para conocer su opinión sobre el tema que ocupaba la agenda. La gente debe estar tranquila, los techos altos son muy importantes para sanar, los enfermos pueden pasear por los largos pasillos.

Los vecinos miraban estas últimas declaraciones desde sus salones. Entonces ¿qué hacemos con las mascarillas, nos las ponemos o las donamos a los sanitarios?, preguntó el del primero. Que cada cual haga lo que considere oportuno, dijo el vecino del quinto. Finalmente, el vecino del octavo colgó la bandera y comenzó a aporrear la cacerola magullada.