Otras miradas

QuesejodaPedroSánchez

Marta Nebot

Periodista

Es un apretón espectáculo, uno que suele incluir palmadas fuertes en la espalda entre gente sin mascarilla, que se conoce pero que, aún echándose de menos lo que fuera, no se achucharían así si no fuera ilegal y temerario. Sí, podríamos llamarlo el abrazo "quesejodaPedroSánchez";  ése que en estos días se ve con cierta frecuencia en las terrazas de los territorios adelantados. 

Los testigos oculares que han descubierto este nuevo tipo de "cariño" revelan que suele ir acompañado de una atención específica a que su gesto sea visto a kilómetros de distancia, que no cierran los ojos para concentrarse en la intimidad del contacto físico o se miran para verse de cerca como parte de la presunta muestra de afecto, si no que, más bien, miran altivos por encima del hombro del más o menos amigo para decirle al público con la mirada:  "sí, éste es un abrazo revolucionario",  aunque solo parezca reaccionario.

Y es que, como pasa con las manifestaciones más o menos legales de estos días, pareciera que el confinamiento ha devuelto a muchos a etapas adolescentes en las que llevar la contraria, aún haciéndose daño, es el único propósito.

La rebeldía ibérica es legendaria y en estos momentos tan difíciles no podía faltar quien la jaleara desde el Parlamento. Partiendo de la incongruencia infantil que es estar en contra del estado de alarma –sea como sea– sin apechugar con que, en realidad, lo que votan es un desconfinamiento más rápido con el peligro que entraña, la derecha tira la piedra y esconde la mano. Seguramente, también influye el hecho de que la multa por poner en riesgo grave la salud pública es de 600.000E, en estos momentos.

Pablo Casado, por ejemplo, en la tribuna del Congreso, disimuló su llamada a la revuelta con un "los ciudadanos tienen el derecho a criticar y el deber de hacerlo en condiciones de seguridad", a la vez que afirmaba que en las calles lo que se grita es "libertad". ¿Acaso se ha derogado la libertad de criticar lo que a cada cual le de la gana? ¿Quién no ha podido criticar a este Gobierno, atacado por tierra, mar y aire –youtube incluido? ¿Acaso alguien ha –siquiera– insinuado la prohibición de las caceroladas desde los balcones o algo parecido? Durante el confinamiento hasta ahora la consigna ha sido "protestas, todas; manifestaciones, ninguna", incluida la negada a los sindicatos, el pasado uno de mayo, por el día de los trabajadores. Si no podemos ir a ver a amigos ni padres, si no podemos reunirnos ni acercarnos ¿cómo vamos a poder ir a manifestaciones en plena emergencia sanitaria? 

Abascal, disimuló menos y habló directamente de "revuelta" y de que es "imparable" y añadió, para apuntillar que no es cosa de ricos: "como fracasó la lucha de clases, ustedes se han inventado la lucha de barrios". Abascal olvida –pensando bien–  que su rebelión nació en Núñez de Balboa porque en ese barrio rico no encajaron bien que la policía les parase una fiesta el 10 de mayo, como había hecho con otras cuatrocientas, por todo Madrid, ese mismo fin de semana. Claro que la suya era al son del himno de España. Pareciera que los vecinos del barrio de Salamanca se creen de una pasta (la suya debe valer más) menos multable que las de otros distritos menos patriotas. Quizás es que ellos son más de la idea de Warren Buffet, el multimillonario, pero sin su propósito de enmienda. Buffet reconoce que sigue habiendo una lucha de clases y que "los ricos la estamos ganando".

Después, a la revueltilla kaleburberry se le sumó el bombo y platillo mediático, el azuce de algunos líderes y las militancias de sus partidos –que ciertamente tienen sedes en muchos barrios–, los jueces que entienden que el derecho de manifestación está por encima del de ver a tus padres o amigos y el cansancio y la rabia acumulados durante el encierro porque, aunque sea por nuestro bien, hemos estado encarcelados. Y es que todos tenemos sapos y culebras en nuestras gargantas, votemos lo que votemos, después de más de dos meses de arresto domiciliario, de muchos errores, de más de 27.000 muertos, de un desastre económico en ciernes y el ya consumado y tanto miedo como incertidumbre y dolor, compartido o no. 

En ese contexto es tan fácil sacarnos a las calles, a unos y a otros, en contra de lo que llevamos preservando dos meses con nuestro aislamiento, escenificando a la España cainita empeñada en la autodestrucción. Ya ha caído el primer golpe en Moratalaz. ¿Cuántos más caerán por no esperar un mes para manifestarnos?

Para terminar este relato sobre el nuevo–viejo abrazo español, adjunto dos vídeos que dicen más que estas palabras. Tanto Casado como Abascal utilizaron a Julio Anguita para sus propósitos en el último pleno. "Se permitió el funeral multitudinario en Córdoba del líder de Izquierda Unida", dijo el primero. "¿Hay que tener carnet comunista para poder despedir a nuestros muertos?", se preguntó el segundo. El caso es que cuando vi las imágenes del funeral pensé que a Julio no le hubieran gustado, que él habría preferido el homenaje que se le hizo desde los balcones al peligro que pudo suponer que la gente se juntara para decirle adiós. Lo pensé, cuando lo vi, Julio; lo sentí más cuando lo utilizaron. 

Y, por último, estas declaraciones de un hombre que se echó a llorar por la calle cuando se encontró a 60 manifestantes, con cacerolas y banderas en mano, después de haber estado a punto de morir de Covid y haber perdido a su mujer, sin poder despedirse, de lo mismo. "Si hiciéramos lo que estos quieren (la Covid) sería el triple", dice entre lágrimas, casi sin querer pararse delante de la cámara.