Otras miradas

ERC-JxC: ¿judo, Pressing Catch o kickboxing?

Miguel Guillén Burguillos

Politólogo

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, y la portavoz de Junst per Catalunya, Laura Borràs, en una comparecencia en la Sala de Prensa del Congreso de los Diputados. E.P./Eduardo Parra
El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, y la portavoz de Junst per Catalunya, Laura Borràs, en una comparecencia en la Sala de Prensa del Congreso de los Diputados. E.P./Eduardo Parra

Gabriel Rufián, líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso de los Diputados, atacó duramente a Junts per Catalunya (JxC) en el pasado debate de la propuesta de estado de alarma que tuvo lugar el pasado miércoles en la cámara baja. Si bien es cierto que el desamor entre ambas formaciones es público y notorio desde hace tiempo, en los últimos meses los reproches y los cruces de acusaciones se producen sin disimulo ni necesidad de mensajes velados. En su intervención del miércoles, Rufián no pudo ser más claro. En referencia a las críticas recibidas por miembros de JxC ante la abstención de ERC en la votación de la última prórroga, el diputado se defendió, no sin razón, argumentando que "habla y decide Esquerra Republicana, desde Bruselas hasta Martorelles, pasando por el Congreso hasta el Parlament de Catalunya; no somos los criados de nadie". También afirmó que su partido trabaja por el interés del ciudadano de Catalunya, "y a éste solo le sirven los hechos, no la magia", en clara alusión a una afirmación que ya hizo en septiembre de 2018 en un programa de TV3 con mucho seguimiento entre el electorado independentista, cuando dijo que había que "pinchar la burbuja del independentismo mágico y decir la realidad", algo que le acarreó no pocos ataques airados por parte del nacionalismo catalán más excitado e inflamado.

En su intervención de este pasado miércoles, Gabriel Rufián sacó pecho de los logros de ERC en su negociación con el gobierno de Pedro Sánchez, presentándose como una opción útil que hace política en beneficio de la ciudadanía, algo de lo que siempre había hecho gala históricamente Convergència, el histórico partido ya liquidado y duramente condenado por corrupción, cuyos miembros ahora forman parte principalmente de las filas de JxC. Rufián reivindicó los logros de ERC en estas últimas semanas y meses, llegando a afirmar, en clara referencia a JxC, que "a quien le parezca poco esto, que se vaya a la cola de un banco de alimentos". El líder republicano fue meridianamente claro a la hora de diferenciar la forma de trabajar y pactar de su partido con la que tenía la antigua Convergència, la archiconocida política del "peix al cove" (algo así como "pájaro en mano" en castellano): "a mí no me consta que Pujol fuera independentista, nosotros sí; a mí no me consta que Pujol fuera de izquierdas, nosotros sí; a mí no me consta que hayamos investido a Aznar, Convergència sí". Eso sí, Rufián obvió en su intervención que su partido sí ha investido a presidentes de Convergència y JxC, desde Pujol a Torra, pasando por Mas y Puigdemont. En su réplica, la diputada de JxC Laura Borràs se mostró claramente enfadada ante las palabras del diputado de ERC, afirmando que "hay cosas que nos molestan como el discurso innecesario, ofensivo y que sólo mira al pasado del señor Rufián. Miremos al presente y al futuro y dejemos de atacarnos a nosotros mismos en lugar de apuntar a quien trata de impedir que podamos sobrevivir como nación". Una vez más, una dirigente de las derechas nacionalistas catalanas reclamaba la unidad del independentismo, una unidad que a nadie se le escapa que a algunos les va de fábula siempre y cuando esté liderada por su partido y sus miembros, apellídense Mas, Puigdemont o Torra. Y parece que en las filas de ERC comienzan a estar hartos de este chantaje según el cual quien se atreva a romper la sacrosanta unidad independentista será acusado de traidor, botifler y quién sabe cuántas cosas más. Políticos como Aragonès, Torrent o incluso Rufián han probado recientemente en sus propias carnes como se las gasta la turba ultranacionalista en las instituciones, en las redes sociales y también en la calle. Rufián recordará perfectamente como el pasado mes de octubre fue increpado en una manifestación en Barcelona por personas que le gritaban "botifler" y "vete a Madrid".

Pues bien, a nadie se le escapa que en Cataluña se vive en una continua campaña electoral, donde la hegemonía dentro del independentismo sigue siendo una de las grandes batallas a librar. ¿Alguien duda que el Procés, entre otras cosas, es sobre todo una lucha por el poder, los cargos y los sueldos generosos que dependen de la administración de la Generalitat, y no sólo de ésta? Y si bien es cierto que ERC ha ganado recientemente importantes comicios, lo cierto es que se le sigue resistiendo la pieza de caza mayor: las elecciones al Parlament. Todo parecía indicar que en diciembre de 2017 por fin le iba a tocar la hora de liderar la Generalitat, pero al final, como suele pasar, el gen convergente del que a menudo habla Enric Juliana se acabó imponiendo en la contienda, en unas elecciones que, no lo olvidemos, ganó por primera vez en la historia un partido no catalanista (Ciudadanos). Juliana también suele hablar del eterno combate de judo existente entre ERC y JxC (nombre actual de la Convergència de toda la vida), una expresión muy gráfica para entender lo que ocurre o ha venido ocurriendo en los últimos años: hay contacto, se lucha, se utilizan llaves para desestabilizar al contrario, pero nunca se le llega a golpear. Pues bien, parece que ha llegado la hora de pasar del judo a otro tipo de lucha donde sí se utilizan los golpes. La cuestión, a mi modo de entender, no es si se elige el boxeo o alguna otra arte marcial en la que se pueden utilizar todas las extremidades. El problema no es si se opta por un deporte más o menos noble. Intentaré explicarme.

Cuando yo era niño, en los primeros años de las cadenas de televisión privadas, recuerdo que en Telecinco se hizo muy popular el programa "Pressing Catch", en el que se emitían combates de lucha libre norteamericana (WWF) que no eran más que puro teatro, un espectáculo de ficción con actores musculados y hasta las cejas de anabolizantes: Hulk Hogan, el Último Guerrero, el Enterrador, Macho Man, Terremoto Earthquake, André el Gigante, Mr. Perfecto, el Marinero Tarugo... Aquellos personajes causaron furor entre muchos niños de mi generación. Años después, en mi primer viaje a Estados Unidos, pude comprobar que se trata de un fenómeno de masas en ese país. Pues bien, aquellos combates eran memorables, porque se producían todo tipo de golpes, llaves y artimañas antirreglamentarias, pero resulta que todo era mentira, estaban actuando. Recuerdo que cuando lo supe me llevé una gran decepción, porque yo creía que todo era real. Esto es lo que, a mi juicio, espero que no acabe pasando con esta actitud cada vez más desacomplejada de los dirigentes de ERC a la hora de huir de la tutela de la actual JxC. Porque a la hora de la verdad, en demasiadas ocasiones el histórico partido de Macià, Companys y Tarradellas ha acabado sucumbiendo a los temores de ser señalado como el traidor o el botifler que impide que Cataluña llegue a ser independiente. ¿Es todo un teatro para diferenciarse del rival y después pactar igualmente tras las elecciones? ¿O estamos realmente ante un cambio de rasante en la política de pactos de ERC, también en la Generalitat? ¿Estamos hablando de Pressing Catch o realmente podemos decir que se está produciendo un combate de kickboxing?

Cierto es que ERC, a lo largo de su historia reciente, ha protagonizado diversos episodios desafortunados y ha mostrado una trayectoria errática que hacen que para mucha gente sea difícil confiar en ellos. En 1980, justo hace ahora 40 años, optaron por hacer President a Jordi Pujol en lugar de apostar por una mayoría de izquierdas, cosa que impulsó una hegemonía convergente que duró (y dura) muchos años. Tras muchos años de travesía en el desierto, Carod Rovira supo volver a situar a ERC en la centralidad política. En 2003, después de muchos titubeos y de mantener con el corazón encogido a buena parte de las gentes de izquierdas durante muchos días, esta vez sí, apostaron por un gobierno progresista, mandando a CiU a la oposición. Pero su actitud en los gobiernos de Maragall y Montilla dejó bastante que desear, protagonizando sonados episodios polémicos que dificultaron mucho la cohesión de aquellos ejecutivos, por decirlo de forma elegante. Capítulo a parte merece su apuesta por el "no" en el referéndum del Estatut celebrado en junio de 2006. Lo acontecido en los últimos años es por todos conocido: ERC ha apostado por una estrategia de unidad con CiU y sus mutaciones que aún a día de hoy se mantiene en el gobierno de la Generalitat, llegando incluso a compartir listas electorales, como pasó con la de Junts pel Sí en las elecciones al Parlament de septiembre de 2015. El objetivo de la independencia era el gran objetivo, la única prioridad, y todo debía sacrificarse en su favor. Incluso cuando Puigdemont estaba decidido a convocar elecciones, en aquella fatídica noche de reuniones del 25 al 26 de octubre de 2017, Marta Rovira, dirigente de ERC, fue una de las personas que más apretó a Puigdemont para que no lo hiciera y declarase la independencia, mientras que Junqueras, fiel a su estilo, no se mojó y dio la callada por respuesta. El desenlace lo conocemos bien: Puigdemont, aterrado ante la idea de pasar a la historia como un traidor a la patria, desestimó la idea de convocar elecciones y el 27 de octubre Carme Forcadell, presidenta del Parlament, leyó aquella esperpéntica declaración de independencia "sin efectos jurídicos", después de ser votada favorablemente por una mayoría de diputados. Dos días después, Puigdemont y algunos de sus acólitos huyeron del país, mientras que otros consellers, como el propio Junqueras, se quedaron y fueron detenidos y encarcelados. Una vez ha quedado claro que la independencia no llegará próximamente, pero una vez también sabemos que su reivindicación no es un suflé y su base social es ciertamente robusta, la estrategia de ERC, como bien sabemos, ha virado sensiblemente en los últimos tiempos, apostando por el pragmatismo en aras de conseguir el objetivo de Junqueras de "ampliar la base" (asumiendo así que no hay una mayoría suficiente de catalanes favorables a la secesión), en lo que se prevé un camino de larga distancia en la llegada a su particular Ítaca. JxC, como sabemos, apuesta por un discurso basado predominantemente en la identidad, la propaganda y el sentimentalismo, ciertamente agresivo contra todos aquellos que no comparten sus posicionamientos, entre los cuales cada vez queda más claro que se encuentra ERC.

Pero, si bien el pasado hay que tenerlo en cuenta, conviene mirar hacia adelante, ser generosos y tener voluntad de acuerdo. Y las opciones de izquierdas en su pluralidad probablemente tienen más cosas en común de las que pueda parecer a priori y, sobre todo, después de todo lo que ha pasado en los últimos años. Hay mucho en juego, y será más necesario que nunca tener altura de miras, teniendo en cuenta que la crisis del coronavirus abre un futuro incierto y muy complicado, especialmente para las clases populares. Cada vez son más las voces dentro de ERC que reclaman un giro en las alianzas del partido, exigiendo además que Torra convoque elecciones lo antes posible. La intención de JxC ahora, por lo que parece, pasa por alargar al máximo la legislatura, intentando que ERC se queme en la gestión de sus conselleries (no en vano ostentan, por ejemplo, las de Economía, Salud, Trabajo y Educación) y sacar toda la artillería disponible para atacar la supuesta debilidad de los republicanos en la reivindicación independentista. Joan Tardà es un claro exponente de estos dirigentes de ERC que hablan claramente de explorar la posibilidad de pactar con partidos de izquierdas, ganándose las antipatías del ultranacionalismo conservador más exaltado, convirtiéndose en los últimos tiempos en una de las bestias negras de determinados sectores del independentismo. Ver para creer: un independentista de toda la vida atacado por personas radicalizadas (politizadas incluso) en los últimos años que ahora se dedican a repartir carnets de patriota.

El escenario que se abre ante las nuevas elecciones al Parlament parece indicar que situará a ERC en el centro del tablero, porque tendrá la llave de la nueva mayoría de gobierno, siempre y cuando sea la fuerza independentista más votada, que eso también está por ver (el gen convergente sabemos que siempre es competitivo y ganador). Es bastante probable que ERC tenga la opción de poder pactar con JxC o cambiar la estrategia de los últimos años y apostar por una mayoría de izquierdas. Algo difícil, teniendo en cuenta que las relaciones entre ERC y el PSC son muy malas y ninguno de los dos partidos parece estar por la labor de pactar con el otro. Aquí, el papel de En Comú Podem se antoja fundamental, pudiendo actuar de "pegamento", aunque no se puede caer en la ingenuidad en este espacio político: las ganas de entrar en la Generalitat de la mano de ERC puede transmitir una sensación de subalternidad ante los republicanos poco recomendable a la hora de pedir el voto a muchos catalanes y catalanas, fundamentalmente de los barrios obreros de la zona metropolitana, muy mayoritariamente contrarios al proyecto independentista. Si en el pasado había quien acusaba a ICV de muleta del PSC, ahora puede pasar lo mismo con los Comuns y ERC. Por eso, sin perder nunca de vista la realidad y la correlación de fuerzas, En Comú Podem debería presentarse como una opción claramente autónoma, con voluntad de gobernar pero no a cualquier precio. Y recordar que en 2015 y 2016 fue la más votada en Cataluña, dato importante para presentarse ante la sociedad como una fuerza potencialmente ganadora. Algún día, tanto ERC como el PSC deberán dejar a un lado los rencores y huir de los vetos, a sabiendas de que en los últimos años han pasado muchas cosas y es difícil normalizar las relaciones, en ambas direcciones. La libertad de los presos se me antoja como condición necesaria para poder acercarnos a una normalidad que probablemente tardará mucho en llegar, si es que llega. Debería ser posible, y la llamada "Vía Asens" se presenta como la mejor opción: reformar el Código Penal para modificar el delito de sedición de forma retroactiva. La ocasión es única, con un gobierno español de izquierdas. Muchos, sin ser independentistas y siendo muy críticos con la manera de actuar de quienes están en la cárcel, pensamos que no deberían estar encarcelados, mucho menos por el delito de sedición.

Volviendo al tema principal de este artículo, parece que esta vez sí va en serio y ERC sale a ganar con una actitud menos acomplejada ante JxC. Veremos, de todas maneras, qué ocurre cuando se acerquen las elecciones al Parlament, porque a veces hasta al mejor de los jugadores le tiemblan las piernas cuando tiene que saltar al césped del Camp Nou, del Bernabéu, o a la pista del Madison Square Garden, no se me enfaden los aficionados al baloncesto. Se acerca la hora de la verdad y un gobierno de izquierdas, si bien aún puede parecer lejano, está un pelín más cerca. Permítanme ser un poco ingenuo.