Otras miradas

Lo llaman desescalada pero su nombre es riesgo

Lo llaman desescalada por no llamarlo por su verdadero nombre: asumir el riesgo. En eso consiste la nueva normalidad. De eso va y va a ir lo que viene, para quedarse no se sabe cuánto tiempo.

Porque, ¿es posible cumplir las normas que nos imponen? ¿Todo el mundo tiene el dinero (entre 70 y 115E mensuales por familia media) para cambiar de mascarilla cada ocho horas de uso? ¿Qué haces cuándo un conocido o desconocido o tu jefe te habla más cerca de lo que debe? ¿De qué te sirve si lo malo ya ha podido ocurrir antes de que te alejes? ¿Cómo se reúnen diez o veinte  personas en una casa a comer sin estar en ningún momento a menos de dos metros? ¿De qué tamaño tiene que ser el salón? ¿Y la mesa, aunque solo fueran cinco comensales? ¿A qué distancia se está sentando la gente en las terrazas en las mesas de siempre, sea el aforo el que sea? ¿Cómo se come o bebe con mascarilla puesta? ¿Cómo se paga cualquier cosa a la distancia que se debe, aunque sea con tarjeta? ¿Cómo convences a un niño de seis años de que la mascarilla no se toca aunque le pique?  ¿Cuánto tiempo vas a poder seguir imponiendo a tus hijos pequeños que no vean a sus amigos porque no son capaces de mantener unas distancias imposibles para jugar a lo que sea? ¿Y a los adolescentes? ¿De qué pasta hay que estar hecho para no darle un abrazo a tus padres después de tres meses de miedo –aunque sea con la mascarilla puesta y mirando cada uno al infinito opuesto–?

Con estas normas las autoridades lo único que consiguen con certeza es que si enfermamos la culpa sea solo nuestra o de nuestra mala suerte y es justo por la parte que nos toca y porque la vida sigue, venga el virus que venga.

Además, mi experiencia me dice que cuando nos reunimos cumplimos con todas las precauciones hasta el segundo vino o pasada media hora. Porque nos juntamos para estar juntos y para olvidarnos del bicho un rato, para dejar de temer por unos momentos. No se puede compartir casi nada a tanta distancia, ni disfrutar ni un poco con tanto miedo. ¿Y quién puede concentrarse en serio en el trabajo sin dejar de tener tantos cuidados todo el tiempo?

Es verdad que esos son los riesgos que nos toca asumir, pero también lo es que las instituciones tampoco tendrán excusa para cometer los mismos errores que cometieron.

El peligro que asumimos por orden del Gobierno es asumible si la sanidad de este país, esta vez, está preparada en serio para asumir la parte que le toca en este intento de convivir con el virus. Esta vez no pueden faltar camas, respiradores, epis, test, mascarillas o médicos. Alemania es la prueba palpable de que con el mismo virus y una sanidad mejor preparada se puede morir mucho menos.

Así que las comunidades autónomas, que tanto han criticado la prudencia del Gobierno central, ahora que toman el timón de la pandemia tendrán que demostrar que están a la altura del reto, que no nos están mandando al matadero con la excusa de que el error será nuestro. Si vuelve a suceder no habrá votante o juzgado que pueda justificarlo.

Porque la realidad es más que Dios; ella sí que está en todas partes y ha venido a buscarnos a nuestro aislamiento para recordarnos que no podemos escondernos del virus para siempre, que elmomentodelsolomiedo tiene que pasar porque ya está bien de ser cobardes para los que pudimos permitírnoslo. Ahora todos sabemos que nos toca ser valientes  pero también que, en estas circunstancias, los errores evitables serán imperdonables.