Otras miradas

Feminismo y tinta de calamar

Luisa Posada Kubissa

Filósofa y profesora de la Universidad Complutense de Madrid

Nan Orchefsky, Squid.
Nan Orchefsky, Squid.

Cuando Nuria Alabao nos plantea el pasado 22 de junio en ctxt "Qué carajo es la Teoría Queer y por qué importa tan poco" hace un verdadero ejercicio de eso que se resume como "echar tinta de calamar". Así asimila lo que llama el feminismo esencialista con la Iglesia, que vendrían a comulgar -nunca mejor dicho-en el rechazo a la "desnaturalización" del sexo. Para afirmar más adelante que con el cuestionamiento queer del sujeto político "No es que se 'desdibuje' a las mujeres, es que se amplía la posibilidad de hacer alianzas entre distintas luchas para un feminismo que exige profundas transformaciones sociales". Con lo que, dicho sea de paso, al hablar de alianzas entre luchas, reconoce que hay luchas que son distintas de la feminista. Y que, por tanto, se tratará de sumar, no de suplantar.

Pero mi intención aquí no es dedicarme a contra-argumentar detalladamente este artículo reciente, cosa que ya empieza a resultar harto cansina. Y además creo que la mejor valoración del mismo la hace un comentario espontáneo en el hilo del Facebook con el que yo coincido plenamente. En ese comentario se pone de manifiesto cómo para la autora, quienes no compartimos su entusiasmo por la teoría queer, somos todas blancas, acomodadas y hegemónicas, que "no solo somos tránsfobas, también racistas, aporófobas, capacitistas, putófobas y todas las fobias que se nos puedan ocurrir con tal de no perder nuestros 'privilegios cis'".

Esta manera de echar tinta de calamar no merece, a mi juicio, ulteriores comentarios, excepto uno: en esta operación de enturbiar todo para que nada sea visible con claridad sí me parece necesario al menos registrar el uso y abuso que el transgenerismo queer hace de las reclamaciones y del sufrimiento del colectivo transexual. Nada mejor que invocar el prefijo trans para subsumirlo todo ahí sin discriminación. Pero permítanme la sospecha -avalada por conversaciones con alguna persona transexual cercana- de que todas estas personas, o al menos algunas de ellas, se sientan cómodas con el papel de bandera u objeto transaccional en que se las quiere convertir. El sentimiento de pertenecer al sexo opuesto al biológico y el consiguiente deseo y necesidad vital de cambiar su identidad sexual nos es asimilable sin más a la teoría queer, que importe poco o mucho, no podría compartir esas aspiraciones identitarias binarias y sus reivindicaciones y, por tanto, desde sus propios supuestos, difícilmente puede ser quien para representarlas.

Cuando Clara Serra se pregunta en El País del pasado 26 de junio "¿Qué está pasando en el feminismo español?" la respuesta de esta colega filósofa parece estar impregnada de una lectura teleológica. La teleología filosóficamente es esa visión, muy del gusto del idealismo, que entiende que todo suceso y devenir en la historia y en la naturaleza existe para un determinado fin. Y también es otra forma de echar tinta de calamar. Así, la lectura con la que nos encontramos de la genealogía reciente del feminismo español no es la de la pluralidad y la diversidad de debates y desencuentros teóricos y políticos que caracteriza un movimiento vivo, sino -remontándose y reinterpretándolo desde el feminismo estadounidense- la lectura de un despliegue histórico guiado por el enfrentamiento de dos, y solo dos, posiciones ideológicas. Posiciones, por cierto, externas al propio movimiento feminista autónomo, pues aun cuando se asevera que "La disputa entre PSOE y Unidas Podemos explica parte de lo que vemos, pero esto no va solo de un conflicto entre partidos", lo cierto es que más de la mitad del artículo está dedicado a ese conflicto. Y a cómo ambas formaciones entienden y disputan la cuestión feminista. Con lo cual, dicho sea de paso, desaparece de ese "ejercicio de memoria y genealogía feminista" que propugna toda referencia al movimiento feminista autónomo y su nada insignificante relevancia en la sociedad española.

El artículo de Serra tiene un tono de pretendida objetividad, cosa que es incompatible con esa factura teleológica con la que, insisto, lo que pretende describir objetivamente está ya condicionado a la finalidad de la que parte. Una finalidad que se traduce en que no hay feminismo "viejo" y feminismo "nuevo", pero sí lo que cabe entender como un feminismo "bueno" y un feminismo "malo". Al menos eso puede leerse entre líneas cuando la autora apela a un feminismo "más libertario" en lo referente a la sexualidad – o, dicho de otro modo, menos puritano-; un feminismo más "interseccional" – o, en otras palabras, menos discriminatorio-; un feminismo "menos esencialista" – o, en otros términos, más constructivista-; un feminismo, en fin, que sirve de "vacuna" -término por cierto muy mediático en nuestra actual realidad pandémica-. ¿Una vacuna contra qué? Y concluye asertivamente "contra las derivas identitarias que inundan nuestros contextos políticos, que están intoxicando la lucha feminista y pueden empezar a hacer lo mismo con la lucha trans".

Si hablamos de las "derivas identitarias" de las luchas trans -utilizando de nuevo el prefijo grosso modo - habría que convenir en que, efectivamente, al feminismo le preocupan, y mucho, las reclamaciones que las promueven al hablar de "identidad de género": si el constructo socio-político, o sea de poder, que es el género pasa a ser una identidad, sentida o expresada, desde luego no saldremos del fango esencialista. Por supuesto, al feminismo le preocupa también la discriminación múltiple –lo que en terrenos más académicos se maneja como paradigma de la interseccionalidad-. Ya desde los 80 se reconocen múltiples ejes de opresión que lógicamente diversifican los intereses de las mujeres según su relación con cada uno de ellos (el género, la etnia, la clase, la discapacidad, la orientación sexual, la religión, la edad, la nacionalidad, etc.). Y el feminismo abre su mirada a esa "múltiples diferencias que intersectan", en expresión de la filósofa Nancy Fraser. También le preocupa al feminismo que una concepción más "libertaria" de la sexualidad –que no más libre- pueda significar primar la supuesta libertad individual en el juego del libre mercado. Lo que en el caso de las mujeres se traduce en legitimar la explotación sexual de las más vulnerables.

Todas estas preocupaciones, y más, son frentes de lucha del feminismo. Reclamar para afrontarlos un sujeto colectivo no es esencialismo: es resistir a la operación que consiste en disolver toda lucha política fragmentando y disolviendo su sujeto colectivo. Disolverlo en aras a una pretendida diversidad que, en realidad, confluye en un individualismo incapacitado para cualquier lucha (como muy bien lo desarrolla Daniel Bernabé en La trampa de la diversidad, 2018). Esto el neoliberalismo del capitalismo tardío lo sabe muy bien y lo lleva practicando con éxito los últimos decenios. Pero le falta por finiquitar el sujeto político feminista, se le está resistiendo ese sujeto colectivo de lucha que somos las mujeres, todas las mujeres feministas, con nuestras diferencias. Y eso a pesar de encontrar paradójicos aliados y aliadas en ese camino trazado para borrarnos entre tanta tinta de calamar.