Otras miradas

Contra el género

Toño Abad

Activista por los derechos humanos y LGTBI

Una pareja de lesbianas, durante el desfile del Orgullo.- EFE
Este es un grito de auxilio, de emergencia y de preocupación. Es un grito de desesperación ante la brecha que avanza, imparable, con las primeras y más importantes aliadas de nuestra causa, las feministas. Este es el grito desesperado de quien observa como la distancia se acrecienta mientras nosotras, las personas LGTB, no reaccionamos ante la emergencia del momento.
El activismo ha iniciado una deriva ideológica preocupante que ha dado origen al principal problema al que ahora nos enfrentamos. Con nuestra aquiescencia hemos contribuido, sin clarificar el marco y los términos, a la confusión generalizada que reina. Dejando estar aquello que se nos imponía importado de la cultura anglosajona, de teorías y abstracciones, que la Academia con tanto ahínco ha incorporado.
Desde hace mucho tiempo tenemos pendiente repensar los problemas del activismo LGTB, que siempre fue crítico con el mundo que nos quería borrar. Un debate que la paulatina burocratización y aburguesamiento de las entidades LGTB, las más importantes e influyentes, ha ido posponiendo sin fecha y que el surgimiento nuevas entidades, al abrigo de la moda prodiversidad, ha ido postergando. Hoy, más que nunca, hay que repensar nuestro activismo, y solo cabe hacerlo desde la visión de los derechos humanos, que pasan necesariamente por los derechos de las mujeres, la mitad de la población mundial. Sin la visión de ellas, nuestra causa se hunde.
El matrimonio igualitario supuso, hace 15 años, la culminación de un proyecto social de reconocimiento de derechos y la satisfacción de muchas expectativas
de lesbianas, gais, bisexuales y personas trans. Así mismo la ley 3/2007 de cambio registral facilitó la vida a muchas personas trans, que merecían el reconocimiento de sus derechos y el acceso a la igualdad de trato, todavía muy mejorable. Pero también supuso un paulatino vaciado del proyecto sociopolítico para el movimiento LGTBI que, protagonista de lo que estaba sucediendo, moría de éxito. Una vez aprobado el matrimonio, la mayor conquista de nuestra historia, nuestra agenda ha ido dando tumbos, de un lado a otro, vaciándose de contenido y buscando siempre el beneplácito de la hegemonía impuesta, la misma que con una mano nos acepta y con la otra nos agrede.
La inoculación tóxica del liberalismo, veneno para lo colectivo, ha ido corriendo dentro de los principales espacios LGTB que deberían ser un muro contra el individualismo que se nos impone. Hace exactamente un año algunos activistas, hartos de la falta de posición política de nuestras representaciones LGTB, nos opusimos a los vientres de alquiler. Y entonces se dijo que había que tomar posición en asuntos clave que nos unen y dignifican en luchas compartidas. No hacerlo cuando alertamos ha sido un error del que hoy somos culpables y víctimas a la vez.
La situación ahora no puede ser más desesperante. Mientras hacemos oídos sordos al grito de alarma lanzado desde el feminismo, somos incapaces de reaccionar ante sus postulados, que con toda lógica se están convirtiendo en exigencias y que, de no ser atenidos, en diferencias irreconciliables que nos arrastrarán a la deriva de nuestras propias contradicciones. El activismo LGTB debe tomar posición, urgentemente, en contra de la construcción de un mundo, a través de un discurso absurdo y abstracto, que consagra el género como un elemento fundamental de diferencia social, política y humana, envuelto en un lazo de modernidad que hemos comprado sin leer la letra pequeña. No hay otro camino que no pase por la abolición de un constructo social dañino y deshumanizador como el género, por más que se intente solapar otra solución. Tanto es así que no hay debate interno porque se sabe desde hace tiempo que la única solución posible es eliminar esa opresión, contra la que hemos trabajado incansablemente a lo largo de nuestra historia. ¿Por qué entonces no se dice de manera clara? ¿Qué miedo impide decir que nuestra causa es contra el género, como la antirracista es contra la raza?
Y a pesar de la señal alarma, sabemos, siempre hemos sabido, que el género nos ha traído hasta aquí, hasta donde estamos. Y las teorías que lo consagran, nos han destrozado interna y externamente. Y aún con todo aceptamos una ley que no ha sido revisada con la debida perspectiva ¿no es una obligación legal elaborar los textos normativos contemplando la perspectiva y el impacto de género para eliminar cualquier sesgo machista y patriarcal?
Hemos dejado, en el seno de nuestras entidades sociales, hablar de "pornografía", "trabajo sexual" y "maternidad subrogada" como si estas prácticas fueran inocuas, sin reconocerlas como instrumentos del patriarcado y la desigualdad para someter a mujeres y niñas. Hemos aceptado sin rechazo ni oposición la pornografía, la explotación sexual como forma de vida y de trabajo, y la reproductiva como expectativa para cumplir nuestros deseos, convertidos en derechos por obra y gracia del capitalismo más atroz. Hemos permitido que se nos imponga una nueva tipología de lenguaje en la que no somos seres humanos, sino "vulvoportantes", "gestantes" y "eyaculantes", como si solo fuéramos genitales y aparatos reproductivos y parideros. Nos deshumanizamos usando un lenguaje impuesto, sobre el que no se nos ha permitido alegar ni enmendar. Ante esto no podemos seguir callando. Tiene que haber ley que nos proteja, sí, pero será conjugando nuestra tradición anti opresión y nuestra exigencia del reconocimiento de derechos, sin pisar los de nadie.
El Orgullo es crítico por definición, pero desde hace tiempo no celebramos el Orgullo que queremos y que nos representa, celebramos el de otros, el de las empresas y las marcas, y no el de la clase obrera, las precarias, las personas más jodidas y machacadas por el sistema. Nos alegramos de que grandes multinacionales saquen sus carrozas, pero no denunciamos que sus empresas nos despiden, explotan y precarizan, y a quien lo hace le apartamos como si apestara. El orgullo ha sido la herramienta más transformadora que poseemos, pero se la entregamos a otros para que hagan su propio escaparate, incluidos los explotadores, como ocurre cada año con las pancartas pro subrogada.  Me pregunto desde cuándo la cobardía se ha apoderado de nosotras, las personas LGTBI. ¿Cuándo renunciamos a hablar, pero sobre todo, a escuchar y a tomar posición ética en asuntos clave?
Debemos luchar por una ley que contemple el impacto en otras luchas, o al menos, las atienda debidamente. Sabemos que el género, como constructo social, nos diferencia, nos somete y nos perjudica. Nos oprime. No nos deja desarrollarnos libremente, pero, ante todo, nos obliga a cumplir estrictas normas que a su vez nos penalizan si nos salimos de ellas. Esa es la historia del colectivo LGTBI, la historia de nuestra lucha y la historia de cada una de las formas de violencia que sufrimos, de cada paliza y de cada desprecio. Por eso necesitamos, más que nunca, escucharnos, escuchar a nuestras aliadas y sobre todo repensar el futuro en clave feminista, antiracista y crítica con el capitalismo. O eso, o desaparecemos como movimiento social organizado.