Otras miradas

Morricone, el genio que decía que no

Al venerable Ennio le ha pasado en el fondo lo que nos gustaría a todos. Se ha muerto sano. Un día estaba de gira por Europa y al otro se rompió un fémur y se fue para siempre. ¿Quién de nosotros no firmaría un final así? ¿Y a los 91 años?

No puedo concebir una vida más plena que la de aquellos que se han dedicado a dar placer a los demás. Ennio llevaba haciéndolo desde los 17 años. Primero como trompetista en las orquestas que grababan las bandas sonoras de los 50. Aprendiendo el oficio desde abajo. Dalla gavetta – como solía decir él. Luego como arreglista de canciones en la RCA. Allí nos regaló auténticas joyas. La orquestación de Sapore di sale, por ejemplo. Con sus disonancias de piano y su ostinato de bajo, tan rompedores hoy como hace 50 años. O la de Guarda come dondolo, del gran Edoardo Vianello. Para Mina compuso una canción que quedó para siempre: Se telefonando. Vendió un millón de copias en el 66. Morricone contó alguna vez que la melodía de tres notas del estribillo se la había sugerido una sirena de policía que había escuchado en Marsella. El Maestro era así. Encontraba la inspiración hasta debajo de las piedras. El tema principal de Sostiene Pereira, por ejemplo, lo concibió tras oír a unos manifestantes coreando: ¡Li–ber–tá, Li–ber–tá!

El sonido Morricone se fraguó a partir de su colaboración con Sergio Leone. ¿Y en qué consiste ese sonido? Es la mezcla del pop de calidad con la música sinfónica. O clásica. O seria, como la queramos llamar. Morricone llegó a la música ligera con una formación muy sólida, adquirida tras sesudos estudios en la Academia Santa Cecilia de Roma. Tan sesudos, que las primeras bandas sonoras las tuvo que firmar con seudónimos: Dan Savio o Leo Nichols. Porque no quería que sus profesores del Conservatorio pudieran decirle: te has prostituido, hijo mío. No te enseñamos armonía y contrapunto para que musicaras un duelo del oeste.

Cuando Sergio Leone se disponía a filmar Por un puñado de dólares, le hablaron de Morricone. Habían coincidido en el colegio, pero se le había despintado su cara. Leone se escuchó un par de bandas sonoras y las detestó cordialmente. Luego, alguien le hizo oír el arreglo de Pastures of Plenty y exclamó–: ¡Éste es mi hombre! Leone fue importantísimo. Le animó – mejor dicho, le obligó– a meter el pop en el cine.

Eso no quita para que el viejo Ennio explotara su formación clásica en cada partitura. Primero con su técnica compositiva, que era de primera. Sabía fragmentar un tema y explotar sus recursos tan bien como Vivaldi. Pero además hacía citas textuales de los clásicos. En La Batalla de Argel, por ejemplo, los títulos de crédito están basados en el Ricercare Cromatico de Frescobaldi. Un motivo del Siglo XVII para ilustrar un drama colonial del siglo XX. ¿Se puede ser más cultureta? En La Muerte tenía un precio, introdujo órgano y motivos bachianos. Seguramente porque el duelo tenía lugar en una iglesia abandonada.

–Hay tres tipos de directores – le contó Morricone a Joaquín Soler Serrano en el A fondo que grabaron en 1980 en TVE–. Los que me dicen: no tengo ni puta idea de música, haz lo que creas que le va a la película. Luego están los colaboradores. Tienen ideas pero me dejan trabajar. Y finalmente están los listillos, que se creen que saben más música que yo. Y no solo te dicen lo que tienes que componer, si no que le exigen a la partitura cosas absurdas.

Morricone siempre recordaba su anécdota con Luciano Salce en el rodaje de La Cucaña.

–Necesito un fragmento que sea muy triste, pero además muy alegre, muy irónico, muy tierno y muy erótico. Pero ojo, Ennio, que en la escena hay un muerto en la habitación contigua y la música lo tiene que reflejar.

Morricone se fue a la tumba arrepentido de lo que le obligó a componer aquel insensato. Por si fuera poco, tuvo que expresar esa sarta de incongruencias emocionales en ocho segundos y medio.

A pesar de que que conocía el oficio mejor que nadie, Morricone temblaba con cada nuevo encargo. –Me pesa tanto la responsabilidad – decía –, que mi primera reacción en cada proyecto es decir que no.

Es lo que le ocurrió, por ejemplo en La Misión. Los productores le invitaron a Londres a ver la película ya montada y las escenas le parecieron tan sublimes que al principio se echó para atrás. –Solo puedo estropear esta joya– les dijo–. ¡Tengo que declinar el encargo!

Superadas sus reservas morales, que implicaban una lucha consigo mismo a la altura de un conflicto kantiano, empezaban a fluir las ideas. Con suma facilidad. Morricone era tan rápido ante el pentagrama como Clint Eastwood con el revólver.

Con su muerte, se pasó de rápido. Qué lástima que nos haya dejado. Y qué rabia que no pueda venir ya a Oviedo a recoger el premio Princesa de Asturias.

Bueno, él se lo pierde.

No hay ser más entrañable que un camarero asturiano ni comida más contundente que un platazo de chorizo a la sidra.