Opinion · Otras miradas

Yo no soy Charlie

Toni Ramoneda

Miembro del observatorio de discursos y contra-discursos europeos de la Universidad de Franche-Comté y autor de Europa como discurso. Un ensayo de democracia real, RBA, 2014

Toni Ramoneda
Miembro del observatorio de discursos y contra-discursos europeos de la Universidad de Franche-Comté y autor de Europa como discurso. Un ensayo de democracia real, RBA, 2014

El miércoles 7 de enero me disponía a ir al funeral por la muerte de un amigo cuando escuché la noticia de un tiroteo en los locales de la revista Charlie Hebdo. Salí de casa inquieto, consciente de que había muertos y de que no se trataba de uno más de estos ataques que la revista ha sufrido en los últimos tiempos, pero era incapaz de imaginar la realidad de lo ocurrido. Y mi mente estaba en otra parte. Durante la ceremonia, laica, citaron el carácter crítico, libre, solidario e irreverente del amigo desaparecido y pensé en los números de Charlie Hebdo que seguramente había comprado, leído y compartido. Era una sensación extraña y un doble homenaje a la vez, como si el símbolo del periódico atacado se encarnara en el adiós que le brindábamos al amigo. Ya que tenía que morir, se merecía hacerlo con Charlie, llegué a pensar. Luego, mientras volvía a casa descubrí los nombres de los asesinados, Charb, Cabu, Wolinski… Firmas conocidas de todos y trazos reconocibles a los que tenía la mecánica costumbre de echar una mirada al pasar frente al kiosko.

Yo no soy francés pero trabajo en un instituto público de las afueras de Lyon. Uno de mis compañeros había hecho, de joven, unas prácticas en Charlie Hebdo, otra tiene en su casa pilas y pilas de la revista con sus portadas míticas irreverentes hacia todo y contra todos. El jueves por la mañana había lágrimas en la sala de profesores y también había las pegatinas “yo soy Charlie” y en las pantallas de información del instituto un imponente “somos Charlie” sobre fondo negro.

Esta ha sido una semana dura. El lunes, primer día de clase después de las vacaciones de navidad, descubrimos que la exposición sobre los judíos en Francia hecha por los alumnos del proyecto en memoria de la Shoa había sido lacerada a cuchillazos. Se recordó a todos los alumnos la gravedad de los hechos y todos pensamos también en aquellas pintadas que habían aparecido frente a la entrada del instituto el año pasado, de simbología fascista y con la frase “fuera los musulmanes de Francia”, que pese a las capas de pintura todavía siguen perceptibles sobre la piedra.

Yo no soy francés, ni musulmán, ni judío, ni tampoco lector de Charlie Hebdo, pero esta semana ha sido dura. El miércoles por la noche fui con mi hija a la plaza del ayuntamiento, el silencio acongojaba y la multitud era impresionante. Mañana iremos a la manifestación aunque sea difícil para una niña de seis años comprender lo que ocurre porque quiero que vea que en el mundo los extraños, desconocidos y anónimos son tan numerosos que siempre serán más fuertes y más reconfortantes que cualquier identidad conocida.

El amigo muerto, Charlie Hebdo, las pintadas en un instituto, el acto vandálico contra un trabajo sobre la Shoa, la manifestación en repulsa del atentado, mi propia vida que voy aquí desvelando, ¿qué significa todo esto? Nada. Nada más que este relato que trato de construir para que ustedes lo lean. Porque este ejercicio de recordar, relacionar, nombrar y construir es lo que hacemos diariamente los seres humanos. Y lo hacemos a partir de los hechos y de las palabras de nuestro entorno. Sin embargo, ahora mismo, “yo soy Charlie” es el enunciado que nos sirve para empezar cada uno de nuestros relatos. El jueves incluso fue la frase que a muchos nos ayudó a salir de la cama para ir al trabajo. Esta frase, para quienes vivimos en Francia, está presente en cada tienda y cada edificio oficial, en la entrada del museo que acabamos de visitar, en las paradas de autobús, en las redes sociales y hasta en la página principal de mi explorador de Internet. Hay algo inquietante en todo ello, en la ciudad repleta de carteles, pancartas y papelitos negros con una frase unívoca y exclusiva: “yo soy Charlie”. Es inquietante porque esta homogeneidad negra es el sueño (en las zonas de Syria e Irak controladas por Daesh es la terrible realidad) de todo totalitarismo.

Por eso estoy deseando que después de haber salido todos a la calle volvamos a casa sin ser nadie ni nada más que lo que somos y queremos ser y sigamos con nuestro relato, personal y colectivo. Para este relato habrá que encontrar las palabras: “guerra”, “lucha”, “terroristas”, “djihadistas”, “fundamentalistas”… Deberemos escoger, relacionar y construir discursos y relatos como este. Habrá que hacer frente al asco que nos producirán algunos, como ahora, cuando escribo al tiempo que Jean-Marie Le Pen dice “pues lo siento, pero yo no soy Charlie”. Utiliza mis palabras pero dice todo lo contrario. Pero la democracia tiene sentido porque vive en amenaza permanente y el día en que nos explican que sólo tenemos que defenderla es que ya hemos dejado de ejercerla.

Charlie Hebdo es el símbolo de este ejercicio constante y quienes fueron asesinados serían los primeros en gritar al unísono y con sorna que ellos no son Charlie y no sólo por humor, sino porque frente a la barbarie, frente a la dictadura ideológica, frente al miedo y a la dominación lo que más desearían, creo yo, es encontrar y compartir todos los relatos con los que construimos un mundo en el que cualquiera puede ser reconocido sin tener que ser ni dejar de ser.

Un mundo libre.