Otras miradas

¿Regreso al futuro? El mapa político gallego tras el 12-J

Xosé M. Núñez Seixas

Catedrático de Historia y Premio Nacional de Ensayo 2019

Alberto Núñez Feijóo. EFE/Lavandeira jr

Los resultados de las elecciones autonómicas del 12 de julio en Galicia ofrecieron algunas sorpresas. Pero para quienes tienen memoria, se antojaron a una vuelta al futuro: a las elecciones de 1997, las terceras con mayoría absoluta de Manuel Fraga, donde también tuvo lugar un sorpasso del BNG, con un carismático Beiras al frente, y un calamitoso resultado de la coalición entre PSdG, una escisión de Esquerda Unida, y Os Verdes. Una consolidación del nacionalismo de izquierda como oposición a un partido conservador hegemónico.

La mayoría absoluta del PPdG no constituye sorpresa alguna. La engrasada maquinaria electoral del partido y la campaña de su líder, explotando su aura (real o no) de moderado gestor, escondiendo las siglas del PP y priorizando su identificación con el territorio, dieron frutos. El PPdG ganó en la Galicia rural y, con menos holgura, en la urbana. Sólo empeoró resultados significativamente en Vigo, donde el PSdG cosecha su mejor resultado gracias al tirón alcaldesco del tío del candidato, y en la comarca de Verín, cuna de las protestas contra los recortes sanitarios. Pero el partido de Núñez Feijóo fue también capaz de mantener votos centristas, moderadamente galleguistas, y absorber el espacio posible de Vox y Ciudadanos: desde conservadores muy gallegos hasta el gremio de cabreados por el gallego, que en eso Vox y Cs son iguales.

Que el BNG subiría era igualmente de esperar. Que lo haría en esta medida, superando el techo de escaños obtenido en 1997 (aunque un 1% menos de porcentaje de voto), sí fue sorprendente. Como también lo fue el hundimiento espectacular del espacio electoral de Galicia en Común (etc. etc.), cuya desaparición parlamentaria (efecto del umbral del 5%) reforzó de rebote la mayoría del PPdG. El BNG consiguió ilusionar a casi una cuarte parte del electorado en proporción inversa a la profunda decepción que causaron entre sus votantes las peleas internas de Galicia en Común (etc. etc.), entre Podemos y sus diversas facciones, Esquerda Unida, Anova, las Mareas y alguno/a que me olvido. Como ha escrito X. M. Pereiro, para navajazos y peleas, el electorado prefirió las que tienen sello de autoctonía. 

El BNG apostó por un liderazgo joven y femenino, con una líder experimentada, sin grandes alharacas retóricas, pero que inspira credibilidad; y es fiel a la vieja guardia de la UPG, partido marxista-leninista que se quedó con las riendas del frente nacionalista. Una nueva vieja guardia, que puso un mayor acento en las reivindicaciones sociales y feministas (ya presentes en su repertorio, aunque algunos divos crean que las inventó Podemos), las consecuencias de la crisis económica y la pandemia, e hizo menos alarde de soberanismo. Los resultados, desde luego, han sido óptimos. Los menores de 40 años, los nuevos electores, las nuevas clases medias parecen, como en 1997, haber impulsado el crecimiento electoral del Bloque. Si será capaz de fidelizar ese voto, lo que no consiguió tras 2001, es la gran pregunta. Un voto joven que en una sociedad crecientemente envejecida cada vez tendrá menos influencia.

Que el PSdG subiría algo, era igualmente de esperar. Pero se suponía que lo haría en mayor medida. El viento en la popa del Gobierno central, del sanchismo, no funcionó esta vez. Ciertamente, el desgaste de la gestión de la crisis sanitaria por el ejecutivo central le afectó. Pero también fue difícil visibilizar qué ofrecía el PSdG, cuál era su alternativa real, más allá de esperar que de Moncloa viniese la salvación. Una vez más, un partido impulsado por baronías urbanas (algunas en declive) y un liderazgo poco convincente se ha quedado en posición subalterna para dirigir la oposición. Y de esta vez ni siquiera las áreas rurales y semiurbanas le ofrecen un cierto colchón: el BNG le supera en dos tercios de los ayuntamientos galaicos. 

El futuro, obviamente, no está escrito. El rumbo político lo condicionará la evolución de la pandemia y sus efectos sociales y económicos. Pero los actores políticos tienen también la capacidad de escribir el guion de los acontecimientos. Las semejanzas con 1997 son tantas como las diferencias. Muchos piensan que se repetirá la historia: el BNG, un partido cuyos exmilitantes tri- o cuadruplican a sus militantes, será incapaz de asumir el reto de capitanear la oposición, preso de su cultura política, y acusará fracturas internas; el PSdG en algún momento volverá a subir y volverá a encabezar la alternativa; y el PPdG seguirá en su robusta posición de hegemonía política. Los optimistas estiman que la Galicia de hoy no es la de hace 23 años, que Núñez Feijóo en algún momento abandonará el timón, y que el empuje del BNG, con liderazgo renovado, una agenda social reforzada y un mensaje identitario modulado, puede suponer una auténtica alternativa y le otorgan margen de crecimiento. ¿Qué pensar? Hay argumentos tanto para el pesimismo como para el optimismo. 

A favor del primero estaría la acreditada capacidad del PPdG para mimetizarse con el territorio y captar las inquietudes de mucha gente, no siempre de la más visible. Pues si algo tuvieron en común PPdG y BNG (según más de un analista, los partidos más auténticamente "gallegos") fue centrar su campaña en Galicia y para Galicia. Soluciones territoriales y territorializadas. Por tanto, una salida de Núñez Feijóo, como la de Fraga, no tendría graves consecuencias a medio plazo, si no surge una fuerza (galleguista o no) capaz de disputarle votos del espacio de centro y centro-derecha. O que la abuela gallega de Abascal le inspire.

Igualmente, cabe la duda de si la modulación de mensajes e imagen en el BNG será capaz de influir en los modos, la cultura política y la capacidad de la organización para generar una dinámica sostenida a favor del cambio. Es decir, si el BNG acometerá una renovación política interna en la que desaparezcan viejos fantasmas, como el cainismo y el sectarismo. Hay mimbres para ello, pero a las palabras deberían acompañar los hechos. Y cabe pensar que, si la alternativa al PPdG pasa por un nuevo bipartito encabezado por el BNG, serán bastantes los que en el PSdG, y más en Ferraz, prefieran evitarse el mal trago y poner una vela a Pablo Iglesias (Posse) para que en cuatro años vuelvan a ser ellos quienes dirijan la alternativa, pues serían los únicos (altivez muy típica del partido) legitimados para ello. 

¿A favor del optimismo? Primero, que la geografía del poder en la Galicia de 2020 es mucho más compleja y variada que en 1997. A diferencia de los años noventa, el PPdG no copa todos los ámbitos institucionales: sólo cogobierna (con un sainetesco aliado) una ciudad de siete, mantiene las alcaldías de pocas villas, y sólo conserva una Diputación, la de Ourense. La oposición tiene mayor capacidad de incidencia e influencia en la sociedad gallega, y más experiencia institucional que en 1997. Además, a menudo son las astillas del mismo palo las que protagonizan los mayores cambios dentro de las organizaciones: tal vez los dirigentes jóvenes del BNG sean capaces de aprender de los errores de sus mayores, y  de mudar la cultura política del nacionalismo de izquierda: preguntarle a la gente hacia dónde va, y no de dónde viene, lo que podría convertir al BNG en una suerte de casa común del nacionalismo de izquierda. Y, en tercer lugar, tal vez el PSdG entienda que para sobrevivir también debe territorializar de modo creíble, y no sólo municipalizar, su discurso e imagen política. Para eso no basta con resucitar cada equis años propuestas federalistas que después se evaporan, sino tomarlas en serio. 

¿Qué escenario se impondrá? Lo veremos en cuatro años. Por ahora, deleitémonos con la segunda parte de regreso al futuro. En ella desaparecen actores sin duda valiosos; pero, quién sabe, tal vez asuman papeles distintos en el reparto.