Otras miradas

Odiémonos

Carlos Saura León

Profesor de Filosofía

Pixabay.
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El día 6 de agosto, Kate Tempest, una de las raperas más genuinas y originales del panorama musical mundial decidía cambiarse el nombre a Kae. Su imposibilidad de identificarse como mujer u hombre, con todas las implicaciones que eso conlleva, la llevó a tomar esa decisión. Asimismo decidió que ya no era he o she sino que al no poder encajar en la estructura binaria de género, quería que se refirieran a ella como they, que en inglés es un pronombre sin género y que podría traducirse en español por ellos, ellas o elles. Lo que en un principio fue simplemente una decisión personal de la cantante comunicada en Twitter, generó todo tipo de comentarios negativos desde el feminismo fundamentalista (siempre acompañado de la ultraderecha), como si Kate, ahora Kae, hubiera sucumbido a la teoría queer promovida por el neoliberalismo, cuya máxima es que el género es una construcción social. De esa decisión se extrajeron todo tipo de conclusiones precipitadas e infundadas. Por ejemplo, que Kae está siendo víctima de una ideología que quiere borrar de la historia a la mujer y su realidad biológica, o que justifica el alquiler de vientres. Nada más lejos de las intenciones de una cantante que simplemente no se siente como algunas decretan que debería sentirse.

La misma semana, un sector del feminismo, acompañado también, aprovechando la insólita oportunidad, por la extrema derecha, montaba una campaña en contra de una de las ministras más feministas que ha tenido España, Irene Montero. La acusaban de intentar, prácticamente, "exterminar" a la mujer, hacer desaparecer su realidad biológica y provocar todo tipo de agravios hacia las mujeres siguiendo también la teoría queer. Ésta última no niega la realidad de la mujer, pero sí pone el énfasis en la construcción social del género, que desemboca en las jerarquías y estructuras de género existentes. Esta campaña, fraguada desde un "feminismo" que huele a iglesia y que es funcional a los objetivos de la derecha y la extrema derecha, se vio acompañada por cuentas afines a VOX. Qué extraño momento, ese que une a cierto feminismo con la extrema derecha en el hashtag #IreneMonteroDimision.

Estos dos hechos, que se han producido la misma semana no son casualidad. Y forman parte de un ambiente, de un contexto, que se está generalizando en el mundo de las redes debido a causas muy concretas que intentaré analizar en este artículo.

Parece que cada vez nos odiamos más. El odio va ganando terreno en la sociedad. Mediante una cultura de la sospecha y la desconfianza, seguimos el camino para convertirnos en una de las sociedades más juzgadoras de la historia. Comparable a la sociedad victoriana en Inglaterra o la del Imperio español del siglo XVI con la Santa Inquisición como abanderada. Hoy en día decretamos constantemente, emitimos juicios excelsos e individualizados, y decimos lo que las cosas y las personas deberían ser. Hallando incoherencias de todo tipo en personas y hechos, acusando y llevando al tribunal de la plaza pública a personas por errores (o no) del pasado, por decisiones determinantes o por ocurrencias del momento, sin haber criterio ni fundamento para tales acusaciones. Porque cuando nos convertimos todos en sospechosos, todos somos suceptibles de ser el enemigo en esta sociedad de todos contra todos y contra todo. La banalidad del mal de la que nos hablaba Hanna Arendt se impone en una comunidad de intermediarios y burócratas del odio, donde demasiada gente participa de una manera u otra pasando revista, linchando y apoyando campañas que no buscan entendimiento alguno, sino un juicio rápido para poder tener a alguien a quien odiar.

Y es que han sido años de cultivo de un individualismo intensivo en redes sociales. Y en esto han tenido mucho que ver los algoritmos, que buscan generar serotonina y dopamina en nuestros cerebros potenciando nuestro ego al calor de likes, retuits, likes, favs y follows. Nos enfadan y desquician cosas que aparecen (no por accidente) en nuestra pantalla. Interactuamos así en el paraíso de la economía de la atención, un edén de superlativos egos que luchan simple y llanamente por el reconocimiento en un scroll infinito hacia el odio. Esta lucha por la supervivencia en el desierto virtual ha generado grietas en movimientos emancipatorios con gran fuerza transformadora. Es el caso de ciertos sectores de la lucha LGTBI, del feminismo y el antirracismo, que partiendo, en un principio, de un contexto en el cual se promovía la igualdad desde la diferencia, han acabado por convertirse en reivindicaciones de identidades fuertes, donde la diversidad no es el hecho diferencial desde el cual construir la igualdad, sino el punto de partida para erigir muros y fronteras. Identidades rígidas y cada vez más fragmentadas y dispersas se otean en un horizonte demasiado cercano. La enemistad y el desacuerdo vende, y todos estamos formando parte de este show de prensa amarilla generalizada.  Si no es una conspiración, debería serlo.

Llevamos años sometidos a mecanismos por los cuales nos vemos impelidos a participar de un ruido atronador. Concurrimos a debates imposibles, en que los momentos de soledad colectiva van acompañados de un diálogo infructuoso que se ha convertido en una serie de monólogos sordos entre enemigos. Quien piense diferente, aunque esté en mi trinchera, es mi enemigo. Y todo esto no es casualidad. Los algoritmos, una serie de operaciones sistemáticas que calculan como hacer que pasemos más tiempo en las redes sociales para generar beneficios están explotando la economía de las emociones de forma muy preocupante. Somos tan solo campos de cultivo intensivos de donde sacar el máximo rendimiento. Y somos incapaces de predecir la repercusión que está teniendo en nosotros esta explotación y este sometimiento a operaciones matemáticas que interactuan cada día con nuestro cerebro. El emo-capitalismo se ha apoderado de nuestro universo mental y nuestra libertad ha sido atada a una estaca con una soga, que en nuestro cuello puede significar la muestra más flagrante de que cualquier noción de libertad individual es puesta en cuestión. Esta estaca, incapaz de matar a los vampiros que acechan en las noches solitarias en busca de nuestra intemperie anímica ha significado un antes y un después en cómo nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. ¿Decidimos nosotros participar de este teatro o nos empujan los cantos de sirena de nuestras pantallas a hacerlo? En esta competición de odio olímpico nadie se libra. Odiamos y nos odiamos.

Se está imponiendo una estructura deficitaria del yo carente y desconsolado que busca comprimir los instantes en gramos, tuitear contra todo y todos y postear discursos ladrados más que pensados. Y si en algún momento no vamos en contra de los demás, vamos a favor de nosotros mismos y nuestras deslumbrantes e interesantes experiencias vitales, en cuya acumulación nos ponemos siempre por encima de los demás. Parece que jugamos a encumbrarnos a nosotros o a pisotear a los demás. El temperamento necesario para estar siempre discutiendo, interactuando, expuesto a emociones negativas y a modelos de vida inalcanzables y discursos de odio confrontacional es el de un cinismo que se desentiende de los sentimientos que nos causan las discusiones en 280 caracteres. Jugamos a la performance permanente, generando ganancias monetarias y pérdidas de consuelo. Es necesaria la piel de una foca para enfrentarse al frío del ártico digital. Quien tenga la piel fina no puede jugar a este juego en el que todo parece estar permitido. En este contexto es en el que están surgiendo guerras intestinas en movimientos que tenían que promover otras maneras de relacionarse. La interseccionalidad en el mapa de las identidades sucumbe a la falta de cualquier empatía. La identidad se convierte en excusa para el odio que pretendemos eliminar entre razas, géneros y orientaciones. La etiqueta que ahora nos define traza líneas insoldables, en lugar de puentes de entendimiento. Buscamos las implicaciones de cada una de las palabras, de cada uno de los fonemas y gestos, tan solo para poder ejercer de dedo acusador. La definición, la autocensura y la censura de los demás y lo que dicen rompe con el universal que nos hace humanos: la sospecha es ahora la principal forma de relacionarse. ¿Cómo se relaciona todo un mundo que piensa que el de al lado tiene un cuchillo para clavarle en la espalda?

La feminista preocupada porque la persona trans quiere borrarla del mapa de la historia, tejiendo una conspiración en connivencia con las fuerzas telúricas neoliberales y queer, que pretenden perpetuar las diferencias de género. La antiracista que no participa en el 8M porque la negritud no está contemplada en el feminismo mainstream. La lesbiana que acusa al gay de tener muchos más privilegios por el hecho de ser hombre, como si eso fuera decisión de la persona gay concreta a la que se refiere la acusación. El izquierdista que se desentiende de la izquierda porque la izquierda en el contexto del marxismo cultural se dedica    a realizar todo tipo de acusaciones al que no está de acuerdo con sus preceptos en lugar de intentar convencer... cada día tenemos más ejemplos de como la dispersión, el odio y la fragmentación se apodera de las luchas más genuinas y con más capacidad movilizadora.

El neoliberalismo y el conservadurismo mantienen en el mundo a miles de millones de personas viviendo con menos de dos euros al día, en el frío más absoluto o en el calor más desgarrador. El heteropatriarcado somete a más de la mitad de la población (mujeres y LGTBI) a diferentes grados de opresión en todo el mundo. Sin embargo, en lugar de luchar por más derechos para todas las personas, nos miramos el ombligo. Durante la Guerra Civil española, el PCE intentó acabar con el POUM, los anarquistas, que había tejido alianzas con éstos últimos fueron también diana del odio y la incomprensión de los comunistas, asimismo los comunistas se llevaban a matar con los socialistas. Al final, la guerra la ganó el bando realmente enemigo imponiendo 40 años de dictadura fascista. Mientras en la izquierda y en el feminismo nos matamos en este divide y vencerás promovido por las redes, pero también por la falta de contacto físico y de miradas cercanas, se está generando un problema mucho mayor: Brasil, EEUU, Rusia, Polonia son solo algunas pruebas de ello. El fascismo está teniendo lugar a nivel mundial y parece que aquí, en España, olvidamos que la tercera fuerza del congreso es fascista. Es una desgracia para la izquierda que Pablo Casado acuse a la izquierda de querer dividir a la sociedad, y los diferentes movimientos que deberían ir todos a una le den la razón con estos episodios tan trágicos de desunión y fragmentación.

Pero en esta guerra, además de tuitear, todavía nos está permitido soñar. Yo sueño con un mundo en el que el género o la orientación sexual no nos determine jerárquicamente en la estructura social. Sueño con un mundo de amistades y no enemigos, donde el entendimiento abra paso a la solidaridad entre luchas. Donde nacer con una cosa u otra ahí abajo no nos defina. Donde la sospecha deje paso a la confianza. Y donde no nos dejemos manipular como en una pelea de gallos mientras los que nos lanzan a la brega aplauden viendo el mundo que viene. La ley de la selva, la ley del más fuerte, el odio, el miedo: el fascismo.