Otras miradas

Ventajas de perder el olfato

Un sanitario realiza la PCR a un hombre en un centro de atención primaria de la localidad madrileña de Móstoles. REUTERS/Sergio Perez
Un sanitario realiza la PCR a un hombre en un centro de atención primaria de la localidad madrileña de Móstoles. REUTERS/Sergio Perez

Tengo un amigo (bastante más joven que yo) que ha pillado el bicho. Llevábamos un buen rato chateando acerca del gran documental sobre Pavarotti que ha dirigido Ron Howard y de pronto me lo soltó: mañana me lo confirman, pero llevo una semana con 38,5 de fiebre y he perdido el olfato. Es lo que más me impactó: que había perdido el olfato. Fiebrones hemos tenido todos, pero perder uno de los cinco sentidos es como de novela distópica de Saramago. Ensayo sobre la anosmia. Y saben que el Covid es implacable: no es que tu capacidad olfativa quede atenuada. Es que te acercan a la cara una camiseta sudada de Santiago Abascal y no te enteras.

Además, perder el olfato es un dos por uno, porque cuando pierdes el olfato, pierdes también el gusto. Los sabores se perciben sobre todo por la nariz. Que se lo pregunten si no a los enólogos aficionados. Beber, beben muy poco, pero el vino se esfuma de la copa porque en la cata se lo esnifan enterito.

Pasé un día aterrorizado por los placeres a los que el puto virus me obligaría a renunciar al privarme del olfato. El olor del petricor después de la lluvia, que resucita a los muertos. El de la madreselva, al pasear en bici por la zona de chalets del barrio en el que vivo. El del humo de las chimeneas en cuanto empieza el frío, que me sumerge de inmediato en uno de esos retablos invernales de Pieter Brueghel (soy un cultureta sinestésico).

Pero tras estos momentos de terror, como de cuento de Edgar Allan Poe, me vino a la cabeza ese refrán español de ojos que no ven, corazón que no siente. Que hoy día ha degenerado en Ojos que no ven, Facebook te lo cuenta. Pero en el supuesto de que fuera posible seleccionar lo que te llega y lo que no, y dado que el mundo actual es cada vez más vomitivo, pensé:

¿Qué me ahorraría yo si me quedara sin olfato?

De entrada, el hedor a politiqueo barato que despide la relación entre Gobierno central y autonomías.

Lo explicaba el otro día Carlos Cué con meridiana claridad en Hora 25. En Italia sigue el estado de alarma. Lo han tenido que renovar hasta octubre y no ha habido problema. Y los italianos no se diferencian mucho de nosotros. Son solo un poco más guapos, llevan zapatos más chulos y nos levantan a todas las chicas cuando vienen a España, pero poco más.

En cambio aquí, los gobiernos autonómicos han considerado una ofensa política, un ultraje a su autoridad, el hecho de que Pedro Sánchez decidiera centralizar la lucha contra la pandemia. Que en un estado tan descoordinado como España, es la única manera de luchar contra un virus tan jodido. Harta de tantos ataques, La Moncloa ha soltado la patata caliente. Les ha encasquetado la crisis a las autonomías y encima ha sacado pecho, como si hubiera  salvado a la patria. Salimos más fuertes -dicen los tíos. Un eslogan mentiroso, nauseabundo. Me juego el cuello a que  es de Iván Redondo, ese mediocre jesuita que vive de vender humo a los tontos.  Ni hemos salido, ni somos más fuertes. Los contagios aumentan por doquier y España va a ser engullida por el Maelstrom de la desigualdad. Del cual es casi imposible salir. Desigualdad en la educación, porque solo podrán funcionar los centros privados que tengan medios. En la economía, porque a partir de septiembre, las pobres pymes españolas, corazón del tejido empresarial de nuestro país, van a empezar a caer como chinches. Y desigualdad en la sanidad, porque el virus se ceba sobre todo en los barrios obreros.

La política, que en el resto de la UE está sirviendo para aliviar los sufrimientos de los ciudadanos, en España se convierte en politiqueo y sirve para empeorarlos. Es asqueroso.

Sin olfato me ahorraría también el tufo a rancio del lenguaje político de la derecha. Nuestra única ancla es España y nuestra vela, la libertadsoltó el otro día el palentino. Y el escupeaceitunas se hizo sangre en las manos de tanto aplaudirle. Vamos, que no nos endilgó lo de mis arreos son las armas, mi descanso el pelear porque ya lo había pillado Cervantes para El Quijote. El campo semántico casadiano no lo superan ni los Reyes Católicos. Es una charca pestilente, en la que flotan, podridos, palabros viejunos, que reivindican mundos medievales, de los que creíamos habernos librado para siempre. Palabros que evocan la España de las vendas negras sobre carne abierta que cantaba Cecilia.  Palabros como ancestros, estirpe, hidalguía, broncíneo, linaje, alcurnia, acrisolado, acervo, bellaco, felonía, berroqueño, baladí, mesnada, yantar, cruzada, guantelete, hombría-de-bien, gallardía y seguramente, máster.

De este hediondo lenguaje también me libraría el Covid.

Por cierto, el que en el documental sobre Pavarotti (está en Movistar y en Filmin), no llore al final en el Nessun dorma, no tiene perdón de Dios.

Al olfato hasta podría renunciar por una buena causa, pero decidle al puto bicho que como me toque el oído con el que escucho a Pavarotti, ¡le corto las espículas!