Otras miradas

Contra la extrema derecha: autocrítica y unidad

Una manifestación de la ultraderecha. EFE
Una manifestación de la ultraderecha. EFE

Los escaños de Vox, los mercenarios de la desokupación, las escuadras de Galapagar, las amenazas de muerte por redes, la propagación de pintadas neonazis, el ataque a los monolitos en recuerdo a los asesinados por el franquismo. Los fascistas están envalentonados y el hecho de que parte de la sociedad justifique sus actos evidencian una derechización de esta. Una derechización reactiva, instintiva, orgullosa y espontánea, entre cuyas causas está el fracaso del proyecto de la izquierda en la medida en que ha sido incapaz de apelar y atraer a las clases subalternas, de hacerles llegar su discurso, de compartir una idea de orden social que pueda ofrecer soluciones a sus problemas cotidianos.

Existe un nicho de voto, un caladero de pesca, un coto de caza que ha sido abandonado por las organizaciones de izquierda, y el mensaje que apelaba a la totalidad ha sido sustituido por unas políticas identitarias, en su mayoría fabricadas en universidades de sociales por académicos atiborrados de literatura, que no apelan a las condiciones sociales, sino que reivindican una suerte de culturalidades específicas.

Las políticas de identidad están empeñadas en remarcar todos los ejes de división salvo el de clase. Aunque para aquellos que nacieron en el ángulo subvertido de la identidad hegemónica, estos ejes de división suponen realmente una restricción a la hora de acceder al bien público, a la parte del pastel que les pertenece como supuestos ciudadanos; no se han considerado desde sus correspondencias socioeconómicas, sino desde la representación simbólica. Es decir, se adopta un lenguaje, una imagen, una coreografía de integración política ensayada y puesta en escena por las instituciones; pero las condiciones materiales de ciertos colectivos no cambian. Al contrario, el énfasis en las particularidades de los diversos grupos ha desembocado en la fragmentación de un sujeto político útil para diluir la desigualdad y todo tipo de discriminación basada en la identidad; un sujeto político que tenga por objeto construir la sociedad desde la igualdad social radical, ese es el único punto de partida posible para establecer la libertad política que funda la democracia.

El mensaje de la izquierda no puede ser, simplemente, la agregación de las minorías políticas, pero tampoco la apelación vaga y hueca de las "mayorías sociales". La política exige un claro razonamiento sobre la idoneidad de otra forma de organización social que sea plausible, comprensible para todos, y atada a las necesidades y aspiraciones que nos unen como sociedad por el simple hecho de habitar un espacio compartido.

Si en la actualidad los partidos de izquierda apelan a la identidad simbólica subalterna que sea capaz de acumular más opresiones: mujer/ negra/ lesbiana/ migrante/ funcionalmente diversa/ étnicamente exótica; entonces la extrema derecha apela a esa otra identidad huérfana de partido y percibida como reaccionaria en el plano simbólico, pero esta vez mayoritaria: varón, blanco, nacional, currela, persona de orden y adscrito a los usos hegemónicos. Así, la lucha social es sustituida por una confrontación de identidades para mayor gloria del orden económico neoliberal. Si se acaba imponiendo el marco ideológico identitario en la sociedad, la izquierda no tiene nada que hacer. Nada que decir.

Muchas de estas personas colocadas en la trinchera identitaria de la reacción, que existen realmente más allá de las categorías políticas que se les atribuyan por razón de su sexo o color de piel, han recibido una politización acelerada impartida por los medios de comunicación (para los medios, crear un contrapeso a Unidas Podemos era una imperativo constitucional), que las han predispuesto a rechazar cualquier aspecto social de la agenda izquierdista, por considerar que aquello que es bueno para quienes no comparten sus características identitarias, va en detrimento de sus intereses. Por lo tanto, la solución que encuentran a ese estancamiento social, o precariedad, o a la propia amenaza de pobreza que ha provocado solo y nada más que el caos económico neoliberal, es el desplazamiento de la culpa de esta situación hacia las mujeres, hacia el extranjero, hacia el otro, hacia la diversidad. Han asimilado el discurso que ha elaborado la extrema derecha a base de cargar contra el feminismo (por la Ley de Violencia de Género o las políticas paritarias), contra el migrante (por las "paguitas" y otras ayudas sociales), contra el sintecho (por la supuesta tibieza contra la ocupación de viviendas), contra la descentralización territorial (por los "chiringuitos autonómicos y el desorden competencial). El sentimiento de agravio de esos hombres (y mujeres) es absolutamente real, es un sentimiento que la extrema derecha manipula a base de retórica de pronunciamiento y que le permite instalar el marco ideológico que le dé acceso al poder.

Para estos votantes, las injusticias sociales que puedan padecer no se derivan de la crisis del capital ni de una injusta redistribución de la riqueza, sino que se encarnan en gente que está peor que ellos y es más susceptible de beneficiarse de las políticas de discriminación positiva. El enemigo es el otro, el que es pobre, el que es menos "ciudadano", el que no tiene casa ni trabajo. La lógica de su razonamiento es esta: Yo partiéndome el lomo y el otro viviendo de ayudas, los políticos derrochando el dinero de mis impuestos en chiringuitos feministas y para los nuestros no hay prebendas, a mí no me dan una mantita y un bocadillo porque soy español, etc.

Hace ya tiempo que el hombre, blanco, heterosexual, europeo, etc. dejó de ser un sujeto político privilegiado fruto de un análisis histórico más o menos válido y riguroso, para convertirse en una consigna que repiten como loros muchos propagandistas de la izquierda y se reproduce en los departamentos académicos de las ciencias sociales. Era de esperar que el hombre, blanco, heterosexual, europeo real se sintiera vilipendiado y su reacción fuera la reafirmación de una identidad maltrecha. La limpieza de su nombre que abandera la extrema derecha va incorporada al programa político de entreguerras que preconizaba el fascismo. Pero esta vez sin proteccionismo de Estado, esta vez en su programa va inserta la economía de libre mercado.

Es urgente sacudir el ajedrez político para que los dominadores y sus fuerzas de choque sean vistos como lo que son al margen de su color; y los peones, blancos o negros, vuelvan a estar del mismo lado.