Otras miradas

Cuerpos que hacen más cosas que gestar

Pixabay.
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La maternidad es un tema central en la agenda feminista. En realidad, no podía ser de otra manera. A las mujeres cis y probablemente a muchos hombres trans nos han educado con la maternidad como meta. El feminismo ha luchado siempre por lograr que ese destino fuera, simplemente, una opción. Muchas mujeres en todo el mundo, aquí y allá, han sido madres sin reflexionar sobre ello o, peor, lo han tenido que ser tras decir que no era eso lo que querían para sus vidas y para sus cuerpos. En cualquier caso, la maternidad ha definido y define nuestra vida como mujeres*. Bien porque decides apostar por esa opción, bien porque decides no hacerlo y te enfrentas así a infinidad de comentarios, especulaciones y preguntas. Algo debe tener eso de ser madre maravilloso. No me atrevo a cuestionarlo porque, entre otras cosas, muchas de las mujeres más potentes que conozco han tomado esa opción y se muestran orgullosas. Es cierto que la maternidad sigue sin pertenecernos y que es completamente necesario que las madres se armen de herramientas para decidir cómo y cuándo tienen que maternar, cómo quieren que sean sus partos o de qué manera quieren criar a sus criaturas. Faltaría más. Sin embargo, últimamente parece que las feministas no hablamos de otra cosa. Bueno, sí, a ver, de transfobia hablamos mucho, pero, joder, de maternidad también. Entre las críticas feministas de los 70 a la maternidad y la oda a la maternidad que encontramos ahora, ¿se podrán generar más discursos, verdad? En cualquier caso, este no es exactamente el tema de esta columna. A mí lo que me preocupa es ver cómo todavía hoy los cuerpos de las personas con capacidad de gestar siguen siendo vistos por la medicina como eso y sólo eso: cuerpos con capacidad de gestar. En cualquier consulta ginecológica, si tienes cualquier problema hormonal o si te enfrentas a un cáncer, por poner sólo algunos ejemplos, tu capacidad para gestar siempre es un tema de conversación recurrente. Qué hartazgo, de verdad.

Me han detectado una malformación en el útero. Bueno, en realidad, lo que me han detectado es que tengo dos úteros. Parece ser que es una posibilidad, sí. Teniendo en cuenta las listas de espera y el desmantelamiento de la atención primaria, todavía no sé mucho más. Una ginecóloga de una consulta privada me dio la noticia y ahora toca esperar a que me hagan más pruebas. En principio, esto no supone ningún problema. Digo en principio porque resulta prácticamente imposible encontrar información si no está relacionada con la gestación. Parece ser que sí que puede ser un problemilla si quieres ser madre gestante. No es mi caso, pero me interesa mi salud sexual. Querría saber qué otras implicaciones puede tener esta malformación, si puede afectarme en mis relaciones sexuales o en mi menstruación. No sé, saber algo. Es prácticamente imposible encontrar información accesible. Eso sí, puedo saber qué me pasaría en infinidad de supuestos si lo que quiero es gestar a una criatura y tengo dos úteros. A mí en realidad lo que me encantaría es haber tenido cuatro ovarios, pero eso no sé si es posible.

Los cuerpos de las mujeres siguen siendo una incógnita para la medicina y para nosotras mismas. En los libros del colegio resulta prácticamente imposible encontrar alusiones a nuestra anatomía y, si aparecen, suele estar para explicar cómo funciona eso de la reproducción humana. Nosotras crecemos sin conocer nuestro cuerpo, sin entender bien qué es la menstruación ni cómo puede afectarnos en el día a día. El cuerpo de las mujeres*, ese gran desconocido. Teniendo en cuenta que somos algo más de la mitad de la población mundial es bastante sorprendente lo poco que se conoce de las enfermedades que nos afectan especialmente a nosotras. Hace unos meses hice un reportaje sobre los problemas de tiroides y me quedé tristemente sorprendida al descubrir que apenas hay información con perspectiva de género. Lo supe durante la investigación y lo supe cuando me escribieron decenas de mujeres agradeciéndome que hubiese escrito ese texto. En realidad, lo hice para entender qué me pasaba a mí y qué le pasa a la que entonces era mi compañera. Nadie era capaz de explicarnos con exactitud qué nos pasaba ni nos daban más alternativas que tomar una pastilla de por vida. No es que tenga ningún problema con eso, es que tiendo a querer entender qué me pasa.

Carmen Valls, probablemente una de las voces más reconocidas cuando hablamos de la salud de las mujeres, denunciaba en la revista Mujer y Salud que "la salud de las mujeres se ha estudiado y valorado sólo como salud reproductiva y este enfoque ha impedido abordar la salud de las mujeres desde una perspectiva integral". Recuerda, además, que ya en 1981, un estudio demostró que las demandas de un 25% de las mujeres que acudían a atención primaria eran atribuidas a problemas psicosomáticos. En el caso de los hombres, esa cifra se reducía hasta un 9%.

No sólo no se estudia nuestro cuerpo sino que se ignoran nuestras quejas. Seguimos bien jodidas.