Otras miradas

"A mí no me va a pasar": ¿qué nos lleva a incumplir las normas covid-19?

Rebeca Bautista Ortuño

Profesora del Departamento de Psicología de la Salud de la UMH. Área Psicología Evolutiva y de la Educación., Universidad Miguel Hernández

Carlos Enrique Falces Delgado

Profesor del Departamento de Psicología de la Salud. Área Psicología Social., Universidad Miguel Hernández

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Desde el inicio de la pandemia por COVID-19, son muchas las recomendaciones y normas formales que se han establecido para aumentar la autoprotección y dificultar los contagios.

Algunas de ellas son el lavado frecuente de manos, el uso obligatorio de mascarillas, la obligación de mantener la distancia interpersonal, la limitación de reuniones sociales o la imposición del confinamiento.

La cuestión que se plantea es cómo conseguir que estos u otros comportamientos se adopten de forma rápida y eficaz por parte de la población.

Cuestiones éticas y sanciones

Si echamos un vistazo a los medios de comunicación durante los últimos meses, parece que seguir o no estas pautas depende de cuestiones éticas (egoísmo, irresponsabilidad, falta de empatía) y de la imposición de sanciones a quienes incumplen estas normas.

Desde el puto de vista psicológico, este enfoque responde al principio intuitivo que sostiene que el temor a un castigo o a las consecuencias negativas de nuestros actos es un potente motivador para controlar el comportamiento.

Un ejemplo de la aplicación de estos aspectos lo vemos en uno de los vídeos de la campaña #EstoNoEsUnJuego, lanzada en España por el Ministerio de Sanidad. Sin embargo, aunque es cierto que el miedo juega un papel muy importante en nuestra motivación, lo que muestra la ciencia es que, en casos como el que nos ocupa, la disuasión y el miedo tienen un alcance limitado y no siempre en la dirección esperada.

Lo que dificulta los comportamientos preventivos

A continuación, vamos a repasar algunos factores psicológicos que dificultan la adopción de comportamientos preventivos. Este eje de análisis pasa por considerar la dificultad para controlar o incorporar conductas sencillas, la forma en que pensamos acerca del riesgo y la fuerza del entorno social para influir sobre nuestras decisiones.

  1. La dificultad de lo sencillo. Las recomendaciones de prevención son conductas simples y fáciles de entender, aunque su cumplimiento supone un esfuerzo psicológico mayor de lo que podríamos esperar.
    Todos podemos comprender que mantenerse en cuarentena sin salir de casa durante un periodo indeterminado puede resultar un reto costoso. Otros, como no tocarse la cara o mantener un protocolo de higiene de manos, no deberían suponer mayor problema, salvo la voluntad de hacerlo.
    Sin embargo, ambos ejemplos implican inhibir o controlar acciones que tenemos altamente automatizadas.
    Dejar de hacer algo que surge de manera automática es especialmente difícil en situaciones en las que nos encontramos cansados, con altos niveles de estrés, o bien desinhibidos debido a los efectos del alcohol u otros factores.
    En línea con esta hipótesis del esfuerzo psicológico, en una encuesta que lanzamos durante el confinamiento a la población general española los autores del presente artículo y cuyos resultados aún no han sido publicados –1 015 participantes de todas las comunidades autónomas españolas; 37,3 % hombres y 62,7 % mujeres entre 13 y 80 años– el grado en que las medidas se consideraban molestas se asociaba a un mayor grado de incumplimiento informado.
    Incluso el personal sanitario, que entiende y está altamente motivado para seguir el protocolo de higiene de manos, tiene serios problemas para cumplirlo.
    Con frecuencia, los estudios realizados en hospitales de todo el mundo señalan un cumplimiento de alrededor del 30 %, habiéndose convertido la mejora de la higiene de manos en un objetivo prioritario para la OMS durante los últimos 15 años.
    Entre otros motivos, lavarse las manos antes y después de visitar a cada paciente, supone una interrupción que puede olvidarse con más facilidad en la medida en que se realicen largas jornadas de trabajo o aumente el número de pacientes a los que atender.
  2. Nuestra forma de pensar. También afecta y puede dificultar la adopción de pautas de prevención. Un ejemplo es el llamado sesgo optimista, la creencia de que lo malo es más probable que les pase a los demás que a uno mismo.
    Aunque pueda tener sus ventajas para el bienestar psicológico, cuando se trata de prevenir riesgos puede resultar contraproducente. En multitud de encuestas y estudios realizados durante los últimos meses, las personas muestran un menor temor y riesgo percibido de que la enfermedad afecte a su salud o situación económica que a la de los demás.
    Este factor puede contribuir a que se ignore o subestime la importancia de seguir las recomendaciones y, lo que es más problemático, a mantener la falsa percepción de que, en general, cumplimos más que el resto de la población, y que si no se mejora es debido al incumplimiento de los demás.
    Por ejemplo, en nuestro estudio, además de la menor percepción de riesgo y temor a las consecuencias personales de la enfermedad, la mayoría de los participantes creía poder cumplir con estas medidas más y durante más tiempo que el resto de la sociedad.
  3. El contexto social. Es otro elemento que determina el éxito en la implantación de medidas de protección frente a la enfermedad. Por ejemplo, lo que percibimos que hace la mayoría, o norma descriptiva, y lo que consideramos que es aprobado o preferido por los demás, o norma prescriptiva, afectan a nuestras decisiones.
    Si creemos que todo el mundo cumple con las recomendaciones sanitarias y se rechaza el incumplimiento, es más probable que hagamos lo mismo. En nuestro estudio, estos factores se asociaban significativamente al cumplimiento informado, mientras que el miedo al contagio, las consecuencias económicas o las posibles sanciones por incumplir no presentaban ninguna relación.
    Por otra parte, la percepción de que los demás no cumplen con las recomendaciones o que no existe acuerdo respecto a su conveniencia abre la puerta a que nos relajemos en el esfuerzo o a que podamos justificar nuestras propias transgresiones.
    La identidad social es otro factor que condiciona los efectos del contexto. Así, lo que piensan y aprueban los demás nos afecta más si nos percibimos como parte de un mismo grupo que es importante y significativo.
    En nuestro estudio, la relación entre el cumplimiento del confinamiento y la norma descriptiva referida a la gente en general no era significativa, mientas que sí lo era cuando esa norma descriptiva se refería al grupo de referencia. Por otra parte, las personas mostraban mayor cumplimiento en la medida en que consideraban que su país o su grupo inmediato eran importantes para su identidad.

Aunque existen multitud de factores que pueden incidir en la eficacia con la que se implementan estas medidas de protección, la consideración del tipo de conducta, la forma en pensamos sobre ella y el contexto social en el que ocurre, pueden ayudarnos a diseñar intervenciones que mejoren el cumplimiento, más allá de los efectos disuasorios de las sanciones.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation