Otras miradas

¿Nos extraña la pornografía entre los 6 y 12 años?

Un jóven con un móvil. SAVE THE CHILDREN
Un jóven con un móvil. SAVE THE CHILDREN

7 de cada 10 adolescentes consume pornografía, y reconocen verla entre los 6 y 12 años. El último informe de Save The Children muestra lo que las feministas llevan tiempo advirtiendo: que cada vez se consume antes porno. Las feministas no lo dicen por ese falso mito del puritanismo, que no tiene ni pies ni cabeza, sino por las consecuencias. ¿Cuáles?

No saben qué es el sexo. La falta de educación afectivo-sexual no puede ser sustitudida por un producto falso y violento que vende como sexo lo que no es. Hay dos problemas directos. Uno, aprenden a que les excite la violencia sobre la mujer, la normalizan y cada vez se enganchan a una dosis de mayor violencia. Cuando esa dosis de violencia no se cumple, llegan los problemas de disfunción eréctil.

Dos, crea falsas expectativas. Creer que siempre termina el sexo en la cama como en ese vídeo, que ellas disfrutan, que ellos también disfrutan cuando no, que las penetraciones son directas, que el único placer es la penetración, que el sexo anal es obligatorio, que coger del cuello y asfixiar mola, que el orgasmo siempre llega, que nunca hay disfunción, que hay que tener pronto sexo para que ser más macho, que tengo que tener pronto sexo para que no me digan que soy una sosa y fría, aprender a callar, aprender a dejarse hacer, que no hay que ponerse condón, que no hay enfermedades de transmisión sexual…  Todo eso aprenden a través del porno y cuando llega la hora de la verdad descubren que no saben nada. Y cuando llega la hora de la verdad hay chicas que entran por urgencias con desgarro vaginal o anal porque es lo que han aprendido. "Si tú estás así normalito y te ponen un vídeo en el que están azotando a una pava pues eso es lo que te va a poner cachondo", dice uno de los encuestados por Save The Children.

"Los menores condenados por delitos sexuales aumentan un 28% el último año". Tal vez este titular no nos extrañe cuando sabemos el consumo cada vez más temprano de pornografía. No hay estudios científicos que lo avalen como única causa directa, pero sí como uno de los motivos. Cientos de profesionales de la psicología se encuentran con la frase de "lo vi en el porno" cuando hablan con agresores sexuales y con sus víctimas.

Si hay hombres que aprenden que la violencia excita, si hay hombres que aprenden que solo con la violencia sexual son "machos", terminan por normalizar tanto la violencia que luego se limpian las manos cuando agreden. Cuando te "educas" con violaciones grupales vídeo tras vídeo, cuando lo más buscado en las páginas porno son las gangbang, cuando las bukakes las ves con tus colegas partido de risa, cuando las mujeres son categorías de búsqueda como "Adolescente, Maduras, Asiáticas, Negras, Pelirrojas, Pechos pequeños, Lesbianas, Niñeras",… llegan declaraciones como las de los miembros de La Manada cuando decía que aquello era sexo consentido y que no era violento y que "ellas se dejan". Son las mismas generaciones que aprenden que pueden compartir vídeos privados de sus ex parejas, aunque ellas se suiciden, porque esos tipos saben que además tienen impunidad de la justicia.

No te olvides de la industria. El porno no es aislado, es una industria global que se relaciona con la prostitución y redes criminales y con la hipersexualización de los cuerpos. Igual que no hay puta para tanto putero y la trata cubre la demanda, no hay "actrices/actores" (como dicen en la industria) porno para tanto pornógrafo, así que hay que obligar. El porno es también el que graba a mujeres siendo violadas, el que coge a víctimas de tratas y las obliga a ser penetradas y grabadas, el que capta a jóvenes adolescentes prometiendo todo tipo de lujos hasta que acabe su "fecha de caducidad" y ya no les sirvan (vean el documental Hot Girls Wanted y las redes persuasivas de captación), el porno es el usa mujeres refugiadas para grabarlas siendo violadas a cambio de un plato de comida, el porno es dinero, el porno es hacer caja, el porno es industria por encima de todo, el porno crece a demanda. Y, al igual que en la prostitución, donde hablan más las supuestas "putas empoderadas" que las supervivientes de trata porque sus testimonios muestran lo criminal del sistema, los medios dan voz a las "actrices y actores que dicen que el porno es guay" en lugar de la cantidad de jóvenes a los que ha destrozado sus vidas.

Recuerdo un Salvados de Jordi Évole donde las chicas decían que estaban preocupadas por "si les iba a doler" y ellos en "cómo disfrutar más". Donde ellas asumían que "como está disfrutando pues dices 'tira para adelante’. Tienes miedo a decirle al chico que no quieres, es tan normal que ya te tiene que gustar". Donde lo habitual era escuchar frases como "acabas haciendo algo que no te apetece". Y donde llega el maltrato: "acabó con una orden de alejamiento, me trataba como una puta y una guarra". Ese es el resultado de lo "revolucionario, moderno y transgresor" del porno. Unas generaciones que ni saben qué es el sexo ni disfrutan del sexo.

Vivimos en una sociedad donde cada vez consumen antes porno y a la vez nos encontramos con absurdeces como cerrar páginas que muestran un pezón en Instagram o que hablar de la regla sigue siendo algo "asqueroso" o tabú, donde nos enseñaron a pasarnos una compresa o tampón de mano en mano como si fuera un objeto de contrabando. No queremos una generación de personas reprimidas, queremos que es sexo sea no violento y libre, y que el placer sea real. Y eso pasa por más educación y menos pornografía.

La lección final que aprenden es que en la cama hay una jerarquía de poder. Por eso no me canso de decir que podemos acudir a cientos de manifestaciones, escribir libros, dar conferencias, pintarnos la cara de morado y aprobar leyes que nos respaldan, pero el verdadero cambio feminista está cuando cerramos la puerta de casa. Una buena parte de la revolución feminista está en la cama.