Otras miradas

O nosotros o el caos

El discurso de Torra el lunes por la tarde, tras la confirmación de su inhabilitación por el Supremo, pretendía sonar, en tono y fondo, a los que se proclamaron en octubre de 2017 en el Palau de la Generalitat. Pero no. Por otro lado, ver a las tres derechas de Colón, incluida Ciudadanos, intentando apuntarse el tanto con la mirada del cazarrecompensas, causaba el mismo hastío. Algo así como esas secuelas de película de aventuras ochentera que tanto se estilan ahora, con todos los ingredientes para igualar la emoción de las primeras pero cargadas de artificiosidad. Decepción y bostezo: la inocencia infantil una vez que se pierde, rara vez se recupera.

Es del todo inusual que se inhabilite al presidente de una comunidad autónoma. Inusual si pasamos por alto que desde hace una década la excepción se ha hecho norma en España: reyes con querencia al escapismo, el escaño presidencial ocupado por un bolso de mano y operaciones para-policiales con sicarios disfrazados de curas. Lo normal. Los independentistas y los jueces, que se han hecho ya experta pareja de baile, complementan sus pasos con maestría. En las generales de abril de 2019, el president Torra colocó en el Palau unas pancartas y unos lazos amarillos, alusivos a los presos independentistas. La Junta Electoral Central, que con otro protagonista hubiera mirado para otro lado, le ordenó quitarlos y él se negó: cómo los voy a retirar si para eso los he puesto, le faltó decir a Torra. A finales de 2010, el TSJ de Cataluña le inhabilitó por tres años, a falta de la confirmación del Supremo de ayer.

El caso es que el único plan de los independentistas es este: bailar al ritmo de las sentencias. Lo primero porque el plan A, el de octubre de 2017, no conducía a ninguna parte, como se vió. Lo segundo porque no había plan B. La derecha nacionalista española, tal y cómo hizo en anteriores capítulos, acepta el escenario porque todo lo que sea envenenar el panorama con retos como el de Torra, de escaso recorrido en la aspiración soberanista pero de gran zarzueleo mediático, les vale para cohesionar a los suyos y evitar que se le vean las costuras a su desvencijado proyecto: todo para España pero sin España. Cuando Torra se situaba en su discurso como alternativa a Felipe VI, el rey, al que no le llega la camisa al cuello, suspiraba aliviado. Últimamente todo el mundo parece encantado de conocerse.

Nada más que hace falta mirar a Isabel Díaz Ayuso, esa señora que tiene todas las papeletas para poner fin al prolongado chotis obsceno del PP en la Comunidad de Madrid. Mientras Cataluña pretendía irse de España en aquel otoño de hace tres años, Madrid hacía mucho tiempo que se había marchado: el ménage à troi entre empresariado, Gobierno autonómico y conseguidores era más propio de Las Vegas que de La Puerta del Sol. Torra es el segundo presidente catalán que no acaba su mandato sin jaleo, el tercero si contamos la investidura fallida de Más. Ayuso, puede ser la quinta después de Aguirre, González, Cifuentes y Garrido. A Pujol el desasosiego le vino a posteriori, con los misales, que traducido al lenguaje de la Villa y Corte se dice mordida.

La situación en la Comunidad de Madrid la resumió el pasado viernes su exdirectora de Salud Pública, al subir a sus redes sociales un vídeo de la orquesta del Titanic acompañado de un lacónico "Buena suerte". El Gobierno central, desde la visita de Sánchez al territorio secesionista atravesado por él Manzanares, dispone las piezas para intervenir, porque, de comerse el fenomenal lío, que por lo menos se perciba que no les quedaba más remedio. Ayuso, o al menos los que la rodean, son perfectamente conscientes de que del desastre al abismo ya sólo queda un paso, pero anteponen el papel de heroína reaccionaria de la presidenta a la salud pública, confiando en no despeñarse porque, si no, lo siguiente es dejar la presidencia autonómica: Ciudadanos no se va a dejar arrastrar en la caída.

Y ahí llega lo grave para los populares, porque lo que ocultan las alfombras, armarios, falsos techos, entreplantas y tabiques del Gobierno madrileño puede ser antológico. Los 1500 millones que el central les transfirió en julio para atajar la Covid no se sabe dónde han ido a parar. Hace algo menos de un año la Universidad Rey Juan Carlos, que nunca pudo tener mejor padrino, estuvo a punto de conceder un crédito de 185 millones de euros a la Comunidad. Como detalle. Si el PP cae en Madrid, además, Casado, ese señor que te suelta que al rey Felipe le votaron los españoles mientras que a Garzón e Iglesias no, es el siguiente: carecer de brújula es algo habitual en la política española, mirar una de cartón y pensarla cierta no tanto.

Y mientras la gente con miedo en el cuerpo. Desengáñense: el ardor guerrero de Twitter no es la calle, donde llueve y la mayoría sólo quiere ponerse al lado del que tiene un paraguas. Sánchez lleva intentando jugar ese papel, con relativo éxito, desde hace meses, pero su crédito no es infinito, sobre todo si su cautela a la hora de meter el bisturí en Madrid es percibida como cálculo electoral. Una situación en Madrid y en Cataluña que el resto del país mira con hartazgo, que es lo que sucede cuando el desequilibrio territorial se vuelve desequilibrio moral. Y eso también lo sabe la derecha y los que están más allá de la derecha. De ahí que, justo cuando el bastión del aznarato peligra, de repente el populismo ultra tome la bandera de la antipolítica: son todos iguales.

Esto ya lo vimos en la anterior crisis, con aquello de los 52 millones de concejales con coche oficial y mariscada semanal en el despacho, o algo así. Puesto que no había por donde coger la patata caliente mejor darle una patada y sacar aquel invento de la casta, que ya circulaba entre el tertulianato de extrema derecha un quinquenio antes de que lo utilizara Podemos. En este sainete trágico que es España ya ni siquiera parecen tener peso en la opinión pública esos tertulianos con exceso de gomina, ahora el que dice lo de "ni de izquierdas ni de derechas, tecnocracia de expertos en la materia" es Iker Jiménez. Vuelven los fantasmas, nunca se habían marchado. O nosotros o el caos, grita el orador desde la tribuna en la célebre portada de Hermano Lobo. ¡El caos, el caos! Responde el público. Es igual, el caos también somos nosotros.