Otras miradas

La monarquía declinante y la república posible: cómo la derecha acabará de hundir a Felipe VI

El rey Felipe VI, junto a su padre, Juan Carlos I. - EFE

Empecemos directos como George Best corriendo por la banda: la Casa Real atraviesa su peor momento desde 1978 como así demuestra la encuesta inédita publicada por diferentes cabeceras asociadas a la Plataforma de Medios Independientes. Para ser precisos, de hecho, más que un momento es ya una tendencia declinante, como la de los jugadores de póker a los que, tras haber acumulado demasiadas deudas, nunca les sale ya una buena mano.

Toda ruina tiene un inicio y la de los Borbones comenzó a conocerse el 14 de abril de 2012, aniversario de la proclamación de la II República: a veces la historia es una crupier irónica. Tres días antes, en Botsuana, un pobre elefante se cruza en la mira del rifle calibre 170 y cae abatido, el jefe del Estado anda de cacería. La madrugada del día 13 el monarca sufre una rotura de cadera y tiene que ser repatriado para ser operado en España.

El país, en esos momentos, sufre una profunda crisis que hará que el recién formado Gobierno de Rajoy esté ya preparando la intervención en Bankia, imprescindible para pedir el rescate a la UE, que vendrá acompañado de durísimos recortes. Los sindicatos han librado en marzo la primera Huelga General del año, los indignados son una fuerza potente y la prima de riesgo no para de subir. En ese contexto la caída regia es recibida por la opinión pública como un mazazo.

Lo primero, porque se conoce que el Rey está acompañado por su pareja, que no es su mujer, sino una comisionista llamada Corinna Larsen. Lo segundo, porque en una profunda crisis no se entiende cómo el jefe del Estado puede andar de safari. Lo tercero, porque, para rematar la jugada, al hospital van a visitarle la infanta Cristina e Iñaki Urdangarín, ya salpicados por el caso Nóos. El "Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir", frase que Juan Carlos pronuncia, compungido el día 22, se demostraría, con la distancia del presente, una mera excusa vacía.

El estupor no sólo cunde entre la gente, sino entre las altas esferas del país, que ven al monarca como alguien incontrolable y peligroso para sus intereses. Un rey debe ser ejemplar, pero no sólo. Debe ser el parapeto de una estructura de clase que, simulando neutralidad, quede por encima del juego político. Lo que Larsen anda ahora vendiendo como una conspiración contra el monarca no fue más que la constatación del fin de la confianza del mundo del dinero en Juan Carlos. Si el rey no cumple su cometido, representar el poder para que el verdadero poder quede a salvo, hay que darle boleto. La corona sólo vale como símbolo si todos la miramos con reverencia y respeto, esto es, si nos creemos la metáfora.

Es entonces cuando, las grandes cabeceras de la prensa nacional, que hasta entonces han mantenido un pacto tácito para cubrir las espaldas a Juan Carlos nos cuentan quién es. La sucesión no sólo ha de entenderse, sino verse como impostergable. Aunque los cronistas oficiales nos cuentan la buena disposición del monarca, lo cierto es que no se le deja otra salida. Hay que dejarle caer para que su hijo, Felipe VI, pueda llegar a regir. En junio de 2014, con un Podemos que despunta en las elecciones europeas, se produce la abdicación y la coronación. Las imágenes de la Gran Vía, semidesierta, al paso del coche de Felipe VI, son trágicas. Al nuevo rey se le recibe con frialdad y banderas tricolores. Los morados, en momento populista, se quedan al margen de las protestas. Izquierda Unida se queda sola. En julio, Pedro Sánchez llega a la secretaría general del PSOE. Aún es sólo PDR, aún es un buen chico tutelado por la sombra de los barones.

Felipe VI tiene su momento cumbre en la crisis catalana del otoño de 2017. El Estado, no sólo el Gobierno de Rajoy, ve la intentona independentista como un momento excelente para cimentar la restauración que acabe con todos los años de protestas, con la pujante izquierda. Hay que vengarse de los años en los que la camisa no les llegaba al cuello. La crisis catalana sería el 23-F de Felipe VI. Y lo fue pero, a diferencia del acontecimiento que legitimó a su padre (para algo sucedió), sólo fue recibido con alborozo por una parte del país, esa que gritaba el "a por ellos", esa que se constituyó en el otoño rojigualdo, el 15-M de la derecha, que dió posibilidad de existencia a los ultras de Vox y de la rama dura del PP.

Pandemia, 15 de marzo de 2020, mientras que el país, en shock, entra en el confinamiento, mientras que escuchábamos aquello de que íbamos a entrar en las semanas más duras de nuestra vida, sucede lo inenarrable. Nos enteramos, por la prensa británica, un día antes, que Juan Carlos tiene sociedades para evadir un dinero que presuntamente podría proceder de comisiones por la construcción del AVE a la Meca. Felipe VI era beneficiario de esas sociedades, pero Zarzuela asegura, en una escueta nota, que el monarca no sabía nada y que se desvinculó en abril de 2019, informado a las autoridades. El rey renuncia, simbólicamente, a la herencia de su padre.

¿A qué autoridades avisó Felipe VI? ¿Tuvo conocimiento el Gobierno de Rajoy, a punto de perecer por la Gürtel de estos hechos? ¿Cómo era posible que la Casa Real no estuviera al tanto de que el jefe del Estado apareciera como beneficiario de unas sociedades en paraísos fiscales donde se ocultaba dinero negro? ¿Por qué la Casa Real sólo informa una vez que la prensa británica ha destapado el caso, es decir, cuando no tiene más remedio? La protesta, esta vez, resonó desde las ventanas, las cacerolas aún eran dignas. Todo pasó a un segundo plano entre la conmoción y el pavor del coronavirus.

Hasta que llegó el verano. Si al rey demérito ya se le había dejado caer en una ocasión, ahora era el momento de sacrificarlo: quemar al padre para que no ardiera el hijo. Y de ahí el sainete trágico, con Juan Carlos huido y en paradero desconocido. Millones de dólares en manos de Corinna. Cuentas en Suiza. Conversaciones grabadas con Villarejo: el rey de las cloacas buscaba un seguro de vida. La Zarzuela, el palacio, no podía tener un nombre más apropiado. Vergüenza y oprobio. Esta vez, como en 2012, el país asistía, harto y perplejo por la trapisondada real, en medio de una severa crisis provocada por la covid. Y por arte de magia apareció Calvente, al abogado despechado de Podemos, soltando por la boca lo que se necesitaba: fuego de cobertura.

Por todo esto la monarquía española declina, se agosta como una flor de lis carente de brillo. Porque sus altezas se comportaron con bajeza: el cuñado en la cárcel, el padre con abaya, la amante con ganas de darle uso a la lengua. ¿Peligraría en otro momento el reinado de Felipe VI? No. Porque, por muy dura que sea la historia que hemos leído, la apisonadora catódica de las Ana Rosa, el simple paso del tiempo, la tiranía seleccionada de la actualidad, taparían poco a poco las grietas en la línea de flotación. De ahí que a Juan Carlos se le invitara a marcharse: aquello se pensó, y se ejecutó, como el presunto inicio del fin de la gran tragedia borbónica. Pero en tiempos volcánicos los planes suelen perecer entre lo inesperado.

Y lo inesperado ha sido que la derecha, que sería la primera interesada en que todo volviera al sopor del olvido, ha decidido capitalizar a Felipe VI. Como Casado, Abascal y ese Estado de toga azul mahón y uniforme pardo no admiten el resultado de las urnas, han decidido aplicar de nuevo el esquema de 2017 y apostar al choque de trenes con el Borbón como maquinista. El problema, para el rey, es que si su padre perdió la imagen de profesionalidad, él está perdiendo la imagen de neutralidad, y eso, para un rey en España, es el camino más rápido a Estoril.

La narrativa, la narrativa para incautos de baba o gente con la cara más dura que el cemento armado, es que la monarquía se ve amenazada por los conspiradores republicanos del Gobierno "socialcomunista". Y para asentar este cuento chino no se les ocurre mejor idea que arrejuntar a una colección de momias y publicar un vídeo bajo la batuta de Cayetana, marquesa de Báthory. Justo un día antes de que el 12 de Octubre, fiesta nacional, a la que Zapatero intentó edulcorar diversity mediante, a la que la gente miraba sin entusiasmo pero sin mal gesto, vaya a ser capitalizada por la ultraderecha motorizada y sus locos cacharros. Ojo, las narrativas, en las cabezas trastornadas de los salvapatrias, pasan del "viva el rey" a "viva Hitler" en 48 horas.

Este ambiente pregolpista busca unir a las tropas reaccionarias, pero también soliviantar a la izquierda, a la del Gobierno y a la social: que saque la tricolor, que grite por la república, que aparezca delante de la mayoría de la gente como la causante del caos cuando el caos sólo es culpa de quien tenía una máquina de contar dinero en palacio. El verdadero motivo es que la derecha sabe, y teme, que la llegada del dinero de Europa, bien gestionada por gente como Yolanda Díaz, puede empezar a cambiar el país, a romper el mecanismo de la corrupción con el que se han financiado. Los cambios reclaman más cambios, la gente puede ver que hay otra manera de hacer política: por eso se desgañitan en el "todos los políticos son iguales", por eso el ABC publica un informe que habla de España como un "Estado fallido" que no puede recibir los fondos europeos, por eso Casado se reúne con los embajadores de los países de la UE. Patriotas de pulserita de día, saboteadores encapuchados de noche.

Si la política de utilidad social se impone al caos neoliberal y el histerismo reaccionario, habrá posibilidad de república. Si todo queda en una confrontación identitaria, el miedo a una aventura en tiempo de incertidumbre cimentará a Felipe VI. Dejen que Zarzuela se embandere y encanalle. Cuanto más, mejor. Dejen que Felipe VI sea adoptado por Lesmes, Casado y Abascal. Cuanto más, mejor. Dejen que el PSOE sea acusado de republicano. Cuanto más, mejor. Dejen que la monarquía y la derecha se metan en un laberinto del que les sea imposible salir.

La tercera república española es ya posibilidad, no sólo sueño. Pero no puede llegar, como llegaron las dos primeras, por oposición al derrumbe monárquico, sino como proyecto cívico, autónomo, justo e ilusionante. La tercera empezará a nacer si se nacionaliza Alcoa, ejerciendo soberanía nacional sobre una multinacional norteamericana. Si se elimina la reforma laboral, creando empleo en sectores emergentes más allá del ladrillazo. Si la política fiscal vuelve a ser redistributiva y no extractiva a las rentas del trabajo. Si nuestra posición en la UE pasa de periferia a un país autónomo tras los nuevos equilibrios post-brexit aún no digeridos. Si se busca un nuevo pacto territorial, no sólo con las nacionalidades históricas, sino sobre todo entre la España vaciada y la demasiado llena.

Hay que construir república, antes, mucho antes, de pensar en himnos, banderas y nomenclaturas. Vincular el progreso tangible, la certeza social, la seguridad general y el civismo constructivo a la república. Oponer los principios de Riego a la barbarie de Fernando VII. Acabar con 200 años de infamia. Prefigurar un futuro diferente.