Opinion · Otras miradas

Lo territorial pasa tanta factura al PSOE como la crisis

María Llanos Castellanos

Doctora en Energía Eólica, exconsejera de Administraciones Públicas de Castilla-La Mancha y exdirectora de Política Local del ministerio de Política territorial.

La pérdida de votos del Partido Socialista es un hecho general en todo el país y no parece que toda la culpa se le pueda echar a la crisis. Tras la debacle de mayo de 2011 estas últimas elecciones nos muestran que en las Comunidades históricas se confirma un fenómeno de dilución de los votos del PSOE entre las apuestas de un nacionalismo de izquierdas frente al monopolio en la derecha del Partido Popular. Tanto en País Vasco como en Galicia y por lo parece en Cataluña, el Partido Socialista ha sufrido o probablemente sufrirá una pérdida de apoyo popular que debería poner de los nervios a los responsables de la marca.

La pérdida de votos en el Partido Socialista se ve por muchas voces como una consecuencia indeseada e inevitable de la crisis, el último cheque pasado al cobro de los que se firmaron en la época de Zapatero, que no sólo carbonizó su prestigio personal sino que cogió prestado y malgastó mucho el del propio partido. Sin embargo, a la vista de la experiencia gallega y de la deriva que está adoptando la cuestión catalana, algunos señalamos que tanta responsabilidad tiene la cuestión territorial en el desastre socialista como los errores que se cometieron en la gestión de la crisis. No nos engañemos, la hegemonía socialista en la política española se ha correspondido no cuando las circunstancias económicas eran favorables (se ha toreado en muchas plazas y algunas eran casi tan malas como éstas) sino mientras que el Partido Socialista ha tenido en la cabeza qué hacer con España y como organizar las piezas del puzzle para que casaran y formaran una única imagen reconocible y viable.

En los años 80, Gregorio Peces-Barba, Felipe González y Tomás De la Quadra-Salcedo apostaron por la creación de un Estado federalista (llamado autonómico) que posibilitara velocidades distintas con atribuciones diferentes, pero teniendo siempre como objetivo último (y así se veía desde el Informe de la Comisión de Expertos en materia autonómica) que la estación término sería un Estado altamente descentralizado y con Comunidades que habrían conseguido cuotas similares de competencias y de bienestar. Mientras esa creencia era parte del patrimonio compartido por los socialistas, la sociedad les confiaba la gestión de lo común, frente a un Partido Popular, que en un primer momento renegaba del proceso autonómico y que después con Aznar quiso frenar en seco.

El problema ha venido cuando estando casi todas las Autonomías en situación homogénea (dentro de las numerosísimas asimetrías de nuestro sistema), una de ellas ha vuelto a decir lo que ya es una reivindicación histórica: que lo que sirve para todos, a ella no le sirve. Que solo el reconocimiento de la diferencia supone un bálsamo para su reivindicación nacional. Ante esta petición y ante la ausencia de postura clara y compartida con la sociedad ha llegado el actual descalabro.

Así el Partido Socialista no logra expresar con claridad cuál es el modelo territorial por el que aboga, frente a un Partido Popular con un discurso en antena respetuoso con el Estado Autonómico pero “dentro de un orden””, que convive con peticiones sotto voce de recentralización y de devolución de competencias al Estado. Por cierto, discurso éste que seduce a sectores de la población muy conservadora y muy crítica con el sistema.

El Partido Socialista tendrá que decidir si opta por un modelo autonómico con Comunidades iguales en competencias y posición institucional, tengan 0,3 o 9 millones de habitantes, tengan lengua propia o no, aún a costa de que ese afán igualitario pueda suponer la salida de una parte del territorio. O apuesta por el reconocimiento de singularidades, al estilo de la Gran Bretaña, en un modelo cerrado y no de inacabable indefinición en un intento de cohonestar el deseo de singularidad de algunas regiones con la unión de todas las Comunidades bajo la marca España. Y esto no tiene o no debe significar privilegios de unos frente a otros y menos en lo económico.

La solución de engranaje y cohesión que siempre había proporcionado el PSOE en lo territorial no se aprecia en su oferta a la sociedad. Se opone a los recortes en educación y en sanidad, que está bien y es muy importante, pero no le cuenta a la gente cual es el modelo de España y de organización el Estado que se tiene en la cabeza. Mientras no se tenga y mientras no se cuente, el PSOE no ofrecerá una vía de solución para el encaje de algunas Comunidades en España y para el bienestar del resto dentro del proyecto común, solución necesaria para enfrentar sólidamente los retos que tenemos pendientes.