Otras miradas

¿Está todo preparado para la tercera ola del coronavirus?

Una mascarilla quirúrgica tirada en el asfalto, en un calle en Barcelona. REUTERS/Nacho Doce
Una mascarilla quirúrgica tirada en el asfalto, en un calle en Barcelona. REUTERS/Nacho Doce

Entre todo el alboroto y caos de declaraciones contradictorias, donde una parte de la sociedad ya no sabe ni qué pensar, hay algunas certezas claras y varias coincidencias científicas.

La tercera ola está en camino. Esta semana, la viróloga Margarita del Val ha recordado que esto no es la segunda ola que existe en Europa ahora mismo. Lo nuestro es aún la ola de verano, que ha sido la única registrada en toda Europa. Ola que solo se ha producido en España por la falta de medidas a tiempo cuando comenzaron los rebrotes. Del Val calcula que la segunda ola que ahora está en otros países del norte llegará a España en unos quince días. Por lo tanto, será una tercera ola que no puede juntarse, como ella advierte, con la que ya tenemos.

La segunda ola se pudo evitar. La investigadora Helena Legido-Quigley advertía ya en agosto, por ejemplo, que el plan de rastreo de Madrid basado en voluntariado no sería efectivo. Decía en aquel mes que YA íbamos tarde. Las medidas más duras en Madrid no han llegado hasta dos meses después, en octubre. No es lo mismo tomar medidas cuando hay 50 casos por cada 100.000 habitantes (como en Alemania) que diez veces más, 500 casos por cada 100.000 habitantes, como ha ocurrido aquí.

La misma experta en Salud Pública ya ha descrito en infinidad de ocasiones, junto con otros compañeros y compañeras, que lo fundamental era haber abierto tras tener controlada la transmisión con los sistemas de vigilancia listos, sin externalizar los rastreos y teniendo presente las ciencias del comportamiento. Si algún responsable político no le gustan los confinamientos, que actúe antes de que los contagios se disparen. "Es mejor hacer intervenciones duras y cortas porque eso es lo que ataja realmente el problema que andar tonteando a medias", decía en una entrevista el virólogo Luis Enjuanes. El reto está en que descendamos hasta los 100 o 150 contagios por cada 100.000 (muy lejos de la cifra de Alemania), pero que bajemos en la gráfica, no que se mantenga y permanezca una meseta estable sin fin.

Cómo nos comportamos. Nuestros hábitos, el cómo somos, el cómo nos relacionamos es algo fundamental. En este punto, más allá de los contactos en el hogar o el que fuéramos más o menos afectuosos al saludarnos, hay un aspecto muy nuestro. Margarita del Val o Pilar Serrano ya han apuntado a los bares o restaurantes. No es baladí porque España es el país con más bares y restaurantes en todo el mundo. Insisto, en todo el mundo. Hay uno por cada 175 habitantes. Más que rastreadores por habitantes, por supuesto.

Mientras en nuestra desescalada las normas para bares y restaurantes fueron mucho más laxas que en Nueva York, por ejemplo, o mientras en París cierran bares y cafeterías en su segunda ola… en España este tema parece intratable. Claro que detrás hay muchos puestos de trabajo, pero ya hemos visto que sin salud no hay trabajo, que las medidas débiles retrasan la recuperación de la economía y que las restricciones deben cumplirse sí o sí. Del Val apuntaba: "Si los bares y los restaurantes en el exterior no garantizan distancia entre los comensales de cada mesa, no vale para nada porque el contagio sin mascarilla es muy probable en gente que está tan cerca". Imaginen en interior...

¿Está todo preparado? Ahora los titulares se centran en las medidas tomadas en Madrid, pero la pregunta es… ¿y después? ¿Está todo preparado para cuando venga la tercera ola, la de invierno? Hace unos días leía a la patronal de las residencias decir: "no estamos preparados, nos faltan manos". Lo mismo, en boca del personal sanitario. Lo mismo, en boca de una parte de profesorado abandonado por Educación de las comunidades. Mientras transcurren estos días, Gobierno y Comunidades deberían hacer todo lo posible porque puede, quizás, entenderse errores la primera vez, pero no dos o tres veces, porque entonces el error pasa a ser intención pura y dura.

Hablan del coste de los cierres pero es que ese dinero en prevención no es un coste sino una inversión. Se bajaría en gasto sanitario porque además de la atención y del coste de UCIS, hay que sumar el coste de las patologías crónicas que deja la enfermedad en muchos pacientes y el daño y coste añadido a todo aquello que no es Covid, desde otras enfermedades crónicas a retrasos de diagnósticos y cirugías.

Queda mucho por hacer porque hay quienes no han hecho casi nada antes. Reforzar atención primaria, controlar los contagios, PCRs, rastreadores, mejoras de transporte público, teletrabajo en los casos en los que se pueda, mejorar condiciones de vida, no cerrar jardines o fomentar peatonalizaciones… Y algo importante, pensar en los cambios sociales que deben aplicarse tras concretarse el contagio por aerosoles. ¿Este impacto se está teniendo en cuenta en cómo modificaría las rutinas diarias?  ¿Hay recursos?

No hacer todo esto sí que provoca el colapso de la economía, sí que provoca que no vengan turistas, sí que da mala imagen exterior, sí que provoca caos sanitario, provoca paro, provoca hambre, provoca desinformación. ¿Está todo preparado? Tengo la sensación de que no, y esa es la mayor de las inquietudes. Quizás porque algunas y algunos irresponsables prefieren la crispación y el enfrentamiento. Que nos enfrentemos entre nosotros mientras esconden la cabeza bajo tierra.