Otras miradas

Nada de esto fue un error, uo-ooh

Los aviones C-101 de la Patrulla Águila, la unidad acrobática del Ejército del Aire durante el acto organizado con motivo del Día de la Fiesta Nacional. E.P./ José Oliva
Los aviones C-101 de la Patrulla Águila, la unidad acrobática del Ejército del Aire durante el acto organizado con motivo del Día de la Fiesta Nacional. E.P./
José Oliva

Tengo un garganta profunda en el Cuartel General del Ejército. Y me cuenta que la supuesta metedura de pata con humo blanco de la Patrulla Águila no fue un error. Fue adrede.

Para los que no lo vieron. Siete aviones C-101 de la Fuerza Aérea Española sobrevolaron el pasado 12 de octubre el patio de armas del Palacio Real, y en vez de dibujar la rojigualda sobre el cielo de Madrid, fueron y, con dos cojones, pintaron la albiroja. O mejor dicho, la albirojalba, porque una de las franjas rojas de los extremos también les salió rana y blancuzca.

Parece ser que desde hace semanas, el Consejo de Jefes de Estado Mayor venía dándole vueltas a cómo convertir el desfile del Día de la Raza en algo imposible de olvidar. Ya saben, como en el anuncio de Paco Rabanne: hacerlo inolvidable es cosa tuya. Lo tenían difícil, porque a causa de la pandemia, hasta Pacoli, que así se llama ahora la cabra de la legión, había decidido escaquearse y no participar en esta gran farra castrense. Y entonces un general se acordó del paracaidista colgado de la farola en 2019.

–Todos los desfiles son iguales – dijo el militroncho–. Visto uno, vistos todos.  Excepto el del año pasado, que fue la hostia, nunca mejor dicho. No se nos olvidará en la vida. ¿Por qué no volvemos a meter la pata, pero esta vez adrede?

–¿Quieres decir que hagamos un Carmen Sevilla? – dijo otro general.

Desde que Carmen Sevilla cantaba el telecupón de la ONCE, se viene denominando con su nombre a cualquier metedura de pata voluntaria. El zorro de Valerio Lazarov, al darse cuenta de que cada vez que a la folclórica se le iba la olla subía la audiencia, la animaba a que porfiara en el error.

–¿Qué se te ocurre? – preguntaron todos.

–Vamos a por la rojigualda. No nos queda otra – dijo el que había tenido la idea.

Y así llegaron los botes de humo blanco hasta los aviones.

Mi fuente me asegura que además de llamar la atención, nuestro Estado Mayor busca con estos desatinos subir la moral de la ciudadanía, un tanto maltrecha por la pandemia y la crisis económico-sanitaria que nos está asolando. Estas gansadas del Día de la Hispanidad desatan la carcajada general y provocan una lluvia de memes, que dura varios días. Nada mejor que la risa para que los españoles se vengan arriba, cuando más hundidos están.

¿Qué nos espera en los próximos desfiles? Vitruvio (donde está el Estado Mayor de la Defensa), es un hervidero de ideas. Me consta que se ha contactado incluso con El Preparao, para que sirva de gancho en una broma. Y que se lo está pensando. Sabe que necesita recuperar la popularidad perdida. Y que si la patochada sale bien, se convertiría en el puto amo. Se habla de que en 2021, los que lleguen al desfile no sean Felipe VI y Letizia, sino Juan Carlos ¡y Corinna! Como si tal cosa.

Otros dicen que ahora hay que ir a por el himno. Ya nos hemos reído de la bandera, ahora le toca el turno al otro gran símbolo patrio.

–Con sacar a Marta Sánchez otra vez cantando el himno –dice un coronel que no quiere revelar su nombre–, nos lo llevaríamos de calle. ¿Os acordáis de qué risas en 2018, en el Teatro de la Zarzuela? ¡Esas uves convertidas en efes cuando la tía decía fifir en vez de vivir eran de partirse la caja!

–Pero eso ya está visto, mi coronel – le replica su ayudante–. Yo apuesto por los Hermanos Calatrava.

–¿Pero aún fifen? Quiero decir, aún viven?

–Están mayores, pero siguen en la brecha. Si soltamos su versión en el patio de armas, la cosa puede estar a la altura del sketch de la empanadilla de Encanna. Además, están en horas bajas y nos harán buen precio.

La propuesta más osada hasta ahora es sin duda la de la Fundación Francisco Franco. Solo que ellos lo proponen en serio. Quieren sacar a Hermann Tertsch, con esos pantalones de tirolés con los que posa a veces en homenaje al Führer, recitando un herpppposo poema a la bandera del que se le atribuye la autoría.

Cuando jures la bandera,
acercándote a besarla,
piensa que pones tus labios
en la mejilla de España.
Será tu beso más limpio,
tu caricia más honrada
porque al besar la bandera
estás besando a la patria.

Con la ventaja de que a la bandera no le puedes contagiar nada con un beso. Ni siquiera si estás tan podrido por dentro como está Hermann Tertsch.