Otras miradas

Fantasías iconoclastas orientales

Pixabay.
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El enfrentamiento entre iconódulos e iconoclastas es una de las causas del rosario de geografías de alambre de espino y muros fronterizos que proliferan como costuras mal cerradas. Las barreras no están ahí solo por cuestiones económicas, sino por un conjunto de factores como la historia, la sociedad, el modo de concebir la economía o la religión. Esa inmensa fractura la vemos en las dos vertientes del mediterráneo.  Están ahí, silenciosas, densas e impenetrables.

En diferentes tradiciones religiosas se reproducen parecidas contradicciones: emperadores, monjes y obispos (siglos VIII y IX) guerreaban en Bizancio a causa de la filia o la fobia hacia los iconos. Protestantes y católicos argumentaban parecidos motivos en las guerras de religión europeas, y en el islam, árabes, turcos o persas, polemizan por la cultura de la representación iconográfica y la legitimidad dinástica, basada en antepasados míticos, lo que es una forma de culto racial y étnico en sustitución del iconográfico.

Una parte del puritanismo religioso rechaza las figuraciones de vírgenes, cristos, o santos, al considerar que la divinidad no se contiene en un trozo de mármol o yeso. La materia limita el espíritu, y es tan elevado lo representado, que resultan infantiles estas figuras humanizadas. Sin embargo, no han podido desterrar esa supuesta herejía. Parte del pueblo sueña con encarnaciones de ídolos reales, en vez de puras abstracciones conceptuales.

Entre los campeones de la iconoclastia tenemos a los salafistas y wahabíes. La negación del icono y su representación choca con una monstruosa realidad; su negación furiosa deviene en una representación de espanto centrada en la decapitación. El icono del profeta es una abstracción sagrada que no conviene mancillar con ninguna caricatura.

Los representantes de la salafiyya, rama literalista del islam que pretende remontarse a los tiempos del profeta, son un buen ejemplo de iconofobia, por eso en Siria o Irak destruyen mausoleos islámicos e Iglesias. Esta pretensión anicónica está patrocinada desde países del Golfo como Arabia Saudí. Sin embargo, esta aprensión hacia la figuración y la pintura presenta contradicciones evidentes. En efecto, en el 2017 un supuesto intermediario de Mohamed Bin Salman (MBS) compró el Salvator Mundi, supuesta obra de Leonardo Da Vinci. Se dice que el icono cristiano flota en el yate Serene, una de las embarcaciones más preciadas del mundo. La reliquia costó 450 millones de dólares, lo que no impide a MBS brindar sus dineros a la facción iconódula de Oriente Próximo.

En realidad, el culto al icono es de lo más común; multitud de figuras pueblan los medios. El egotismo es patrimonio universal. En ocasiones, los ególatras se asocian a una raza, una lengua y una mitología. Y eso es algo muy frecuente entre los arabizados, pero no exclusivo de ellos. Si bien es cierto que en el islam predomina una clara iconoclastia, ésta es sustituida por el culto a la letra (lengua) y a un pasado filo árabe, del que se ocuparon eruditos como Hisham ibn al-Kalbi (821), o el hispano godo Ibn Hazm (1064). Tanto interés despertaban los orígenes, que según Pierre Guichard "los indígenas" adoptaron la moda de la poesía beduina, hasta recitar los versos del poeta preislámico Antara, un mulato de bajo estatus en medio del orgullo racial árabe.

Incluso en Al Ándalus, el fervor arabizante alcanzó algunos pueblos cordobeses, donde "se ignoraba la latiniyya".

Las causas para vincularse con un falso pasado tiene que ver con el prestigio y el dinero. En Genealogía y conocimiento en las sociedades musulmanas, comprendiendo el pasado, Zoltán Szombathy cuenta que un hombre asentado en Kermán se ufanaba de ser pariente de uno de los linajes más importantes de La Meca. Sin embargo, ese supuesto ancestro murió cuando era tan solo un bebé. Un literato llamado Abu Tahir se decía hijo del famoso poeta al-Khubzaruzzi, conocido homosexual que no dejó descendencia. Ibn Khabaz, se remontaba a la línea del quinto Imam shi’a (Musa Al Kadem), aunque este supuesto vínculo no aparece en las obras genealógicas. Hoy representan a los alidas (miembros de la casa del profeta Muhammad) en Omán.

Varias estrategias son utilizadas para mostrar la relación con los antepasados "de los primeros tiempos". Entre las más empleadas está el emparentarse con aquellos que fallecieron sin dejar descendencia.

Las dinastías buscan legitimarse. Por ejemplo, los emires almorávides se remontan a las tribus del Himyar, en el sur de la península arábiga. Entre el Yemen actual y el Magreb median miles de kilómetros. Los antepasados árabes seducen a persas, pakistaníes, indios, malayos o indonesios. Así manifiestan "su superioridad racial" sobre sus colegas más desfavorecidos. Fue algo común en Al andalus o en el Shams (Gran Siria). ¡Qué decir del norte de África! Son iconos abstractos y raciales asociados a una supuesta etnia, genealogías construidas con un fin político, de prestigio y diferenciación respecto a los "paganos".

Incluso en el reino nazarí, Ibn Al Jatib escribió que "casi todos los linajes de Granada eran de origen árabe": ¡qué extraordinaria conversión!; cientos de miles de nazaríes procedían de una prolífica Arabia.

Sin embargo, Henry Munson señala que, al igual que los burgueses compraron los títulos nobiliarios en el siglo XIX, otros fabricaban su genealogía árabe. Tiempo después, aquellos descendientes de judíos y musulmanes buscaban zafarse de los Estatutos de limpieza de sangre peninsulares. En realidad, la comunidad política y nacional es un consenso sobre quién o quiénes reúnen el pedigrí para gozar de bienes y recursos.

El racismo árabe, sea del color político que sea, tiene puntos de contactos con la pretensión de vincularse a un antepasado pío y glorioso. Los ultras en Europa hacen un juego similar; en realidad, estas ideologías copulan cuando anochece.