Otras miradas

Menos Abascales y más Ainas Vidales

La diputada de Unidas Podemos Aina Vidal, que vuelve al Congreso tras recuperarse de un cáncer, durante su intervención en la segunda y última sesión del debate de moción de censura presentada por Vox, en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal
La diputada de Unidas Podemos Aina Vidal, que vuelve al Congreso tras recuperarse de un cáncer, durante su intervención en la segunda y última sesión del debate de moción de censura presentada por Vox, en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal

La moción de censura de los posfascistas de Vox, como era de esperar, ha sido derrotada en el Congreso de los Diputados y no ha conseguido más votos que los cincuenta y dos del grupo parlamentario liderado por Santiago Abascal. Ni el PP la ha apoyado, y ese es un dato a tener en cuenta. Derrota sin paliativos. Pero ha servido para poner de relevancia, si es que no lo teníamos claro ya, que la ultraderecha de nuestro país ha perdido todos los complejos que podía tener, escondida antaño en las filas del PP, para presentarse como una alternativa de país amenazante, peligrosa y agresiva, y mucho me temo que no haríamos bien los demócratas en tomarnos a guasa la cutrez característica del ultranacionalismo más rancio y alcanforado que representa Vox, por mucho que esta semana Abascal haya hecho el ridículo. Por eso hay que confrontar y hacerlo decididamente, pero con argumentos, seriedad y solidez, huyendo de ese supuesto antifascismo folclórico de salón que a veces, más que ser útil, hace que no se nos tome en serio. Por eso creo que hay que saludar el manifiesto en favor de la democracia que se ha presentado esta semana y que firman PSOE, Unidas Podemos, ERC, JxC, PNV, EH Bildu, Más País, CUP, Compromís y BNG. Mi aplauso para todas y cada una de estas fuerzas políticas, porque en este asunto han demostrado altura de miras, cosa no del todo habitual. Porque en la lucha contra el fascismo no valen medias tintas. El texto es claro al respecto: "reiteramos nuestro compromiso en la lucha contra los discursos y las actitudes de odio, que de ninguna manera deben quedar impunes, así como en el rechazo a cualquier tipo de apoyo de la extrema derecha, especialmente cuando afecte a la gobernabilidad de las instituciones, ya sea por activa o por pasiva". Nos jugamos mucho, más de lo que nos podamos pensar. Compromesso storico.

Han sido varias las intervenciones destacables de diferentes diputados durante la moción de censura, pero me voy a quedar con la que ha hecho en la mañana de este pasado jueves Aina Vidal, del grupo confederal de Unidas Podemos-En Comú Podem-Galicia en Común. Porque sinceramente pienso que hacen falta menos Abascales y muchas más Ainas Vidales en nuestra política y en la sociedad en general. Recuperen su discurso de catorce minutos, porque vale la pena escucharlo.

Como sabrán, Aina Vidal reaparecía en el Congreso después de unos largos y duros meses de lucha contra el cáncer, y ha sido recibida en el hemiciclo con un cálido aplauso por parte de los diputados y diputadas de todos los grupos parlamentarios. De todos menos uno, lógicamente. Porque ni ante la enfermedad y el sufrimiento los miembros de la bancada de Vox son capaces de sentir empatía, humanidad o solidaridad. Necesitamos empatía y emotividad, como humanos que somos, y la política también precisa de ellas, pero además, hace falta más que nunca trenzar un discurso bien elaborado, basado en argumentos, valores y hechos que sirvan para confrontar eficazmente contra el odio, la mentira y la miserabilidad que representa la ultraderecha. Y desmontar, en la medida de lo posible, esta espiral de odio que se expande por el mundo de forma espectral y desenfrenada.

Decía Vidal en su intervención que se respiraba odio en el hemiciclo y que la moción de censura no la había planteado Vox para buscar un cambio de gobierno, sino para crear ruido, confrontación, crispación y caos. A estas alturas a nadie le debe de quedar ninguna duda al respecto: se buscaba protagonismo a costa de polarizar (aún más) nuestra sociedad, incluso utilizando la pandemia, la enfermedad y la muerte, algo que por desgracia ya se hacía años atrás, cuando las muertes las provocaba el terrorismo en vez del coronavirus. Curiosa manera de defender la que dicen que es su patria. Una patria basada en banderas, símbolos y monarcas, pero nunca en las gentes que pueblan y hacen funcionar honradamente nuestro país.

La ultraderecha sigue sin aceptar las normas democráticas ni asumir que en las reuniones del consejo de ministros hay miembros del PSOE y de Unidas Podemos. No otorgan legitimidad al gobierno de coalición, porque eso de mandar les debería corresponder a los de siempre, a quienes desde la noche de los tiempos han cortado el bacalao en España y en todos los sitios. Por eso, cuando no están en el gobierno ni tienen suficiente fuerza en el parlamento, utilizan todo lo que está a su alcance para seguir mandando: cloacas, lawfare, medios de comunicación... Y aquí es donde hay que librar la batalla, porque si su discurso de odio y confrontación sigue calando, nuestros barrios y pueblos serán más inseguros y el fascismo acechará en cada esquina, no únicamente en los pasillos del Congreso ni dentro del hemiciclo. Han empezado por acosar miserable y agresivamente a dirigentes destacados como el vicepresidente Iglesias o la ministra Montero y sus hijos, pero cuando una bola de nieve empieza a rodar por la ladera de una montaña es muy difícil de detener.

Hablaba Aina Vidal de nuestros miedos, de los legítimos miedos que podemos tener y sobre los que debemos mandar nosotros y nosotras. Y ante el miedo, las instituciones deben estar al servicio de la ciudadanía. Por eso las clases privilegiadas siguen diciendo que todos los políticos son iguales, que no nos hacen falta, porque los poderosos no necesitan las instituciones más que para extraer todos los recursos que puedan y ponerlos en sus bolsillos. Y no las necesitan porque ya tienen sus hospitales y colegios privados, porque casi todo pueden comprarlo. Por eso quieren inyectar odio y crispación en las instituciones, para desprestigiarlas y así poder campar a sus anchas dentro y fuera de ellas. Por todo ello hay que defender más que nunca, con uñas y dientes, unas instituciones al servicio de la gente común. ¿Se imaginan esta pandemia gestionada por un gobierno de coalición PP-Vox? ¿Se imaginan de ministra de Trabajo a Fátima Báñez en el lugar de Yolanda Díaz? ¿A Ana Mato o Alfonso Alonso en vez de Salvador Illa dirigiendo el ministerio de Sanidad? No, no todos son iguales, señores míos. Porque como bien recordó Aina Vidal en su intervención, no hay en estos momentos en España una derecha con sentido de país y de estado, porque la CEOE se encuentra sola negociando y dialogando.

Vidal ha tenido tiempo durante su discurso para acordarse de las personas que han sufrido y siguen sufriendo la enfermedad, para quienes han muerto a causa del covid-19 y para sus familiares, que no han podido despedirlos como se merecían. Ha reconocido el trabajo de aquellos trabajadores y trabajadoras esenciales, también del personal sanitario, que seguramente nunca habíamos valorado justamente. Ha hablado de los trabajadores de Nissan, que se movilizaron y lucharon por sus puestos de trabajo mientras los "Cayetanos" salían a la calle con palos de golf a decir que no estaban dispuestos a asumir la parte del esfuerzo que les correspondía para superar esta crisis. Porque como siempre, las castañas las deben sacar del fuego las clases populares, mientras los de arriba las siguen exprimiendo miserablemente.

Para Vidal, ningún país se puede construir desde el odio, y lleva razón. Porque ahora más que nunca necesitamos serenidad, diálogo, escucha, ciencia, industria, investigación, cultura... Y amor, como bien dijo también la diputada catalana de En Comú Podem. Para todo ello, necesitamos menos Abascales y más Ainas Vidales. Más mujeres y más hombres, más allá del partido o ideología que representen, comprometidos con los valores de la democracia y los derechos humanos, algo que parece básico pero que la historia nos demuestra que podemos perderlos muy rápidamente y que nuestros antepasados no los consiguieron de forma gratuita. Necesitamos más Ainas Vidales, más dirigentes políticos sólidos, con preparación y bagaje, independientemente de su edad (Vidal tiene tan sólo treinta y cinco años), que basen su discurso en el trabajo, la militancia y la formación. Porque no olvidemos de donde viene esta joven parlamentaria, curtida en muchas batallas en Comisiones Obreras e Iniciativa per Catalunya Verds, dos organizaciones fundamentales para entender la lucha obrera y de izquierdas en Cataluña y en las Españas. Una "estirpe de titanes", como dice Vidal. ¿O acaso es casualidad que una de las ministras mejor valoradas y reconocidas de la historia de nuestra democracia, en este caso Yolanda Díaz, tenga también su pasado y su presente en CCOO y el PCE? Algunos incluso se han sorprendido de que una persona preparada, dialogante y eficaz sea comunista. Observen, valoren y comparen, y no se olviden de los orígenes de unos y otros, porque la historia hay que conocerla. Mientras las gentes de izquierdas, singularmente aquellas que formaban parte de CCOO, el PCE o el PSUC, aunque no sólo de estas organizaciones, se jugaban la vida para traer la democracia a nuestro país, aquello que hoy representa Vox y también una gran parte del PP luchaba exactamente por lo contrario. Y hoy el mundo ha cambiado, qué duda cabe, pero nunca se debe perder de vista que el fantasma del fascismo siempre acecha, y esta batalla hay que darla y ganarla. Con determinación, pero con bagaje, seriedad y solidez.

¡Viva la vida! ¡Viva el amor! Gracias, Aina.