Otras miradas

¿Dónde están los rastreadores?

Un sanitario con los informes de unas pruebas de antígeno de la enfermedad por coronavirus, frente a un centro de atención primaria en el barrio madrileño Orcasitas. REUTERS / Sergio Perez
Un sanitario con los informes de unas pruebas de antígeno de la enfermedad por coronavirus, frente a un centro de atención primaria en el barrio madrileño Orcasitas. REUTERS / Sergio Perez

Desde el anuncio del nuevo estado de alarma, en todas las tertulias ha habido un tema que parece que preocupa mucho a la sociedad (porque le han dedicado minutos y minutos): debatir sobre si el estado de alarma es la herramienta jurídica idónea frente a la estrategia política del PP de reformar la ley de Salud Pública de 1986. Podemos pasarnos horas llamando a jueces o abogados a las tertulias (obviando que el estado de alarma no ha sido objeto de polémica en otros países europeos como Italia) pero, realmente, supongo que a las personas nos importa poco el instrumento jurídico y nos interesa saber más si nos podemos hacer una PCR, cuánto tiempo se tarda en los resultados, que nos llame alguien para rastrear los contactos si hay contagio, que nos atiendan en el centro de salud al menos por teléfono, o saber si retrasarán una operación o prueba pendiente.

En esa misma rueda de prensa y a posteriori se ha hablado, y mucho, de temas políticos, jurídicos, de competencias de comunidades y de si la restricción de movilidad o el toque de queda puede ser efectivo. Pero poco, muy poco, de lo que es clave para controlar la pandemia. Parece que esto es una epidemia sin solución pero la hay si existe voluntad política conjunta. Científicas expertas en Salud Pública, como Helena Legido-Quigley, nos hacen mirar hacia países asiáticos como Taiwán, Vietnam o Nueva Zelanda, donde los brotes son bajos y están muy controlados. The Lancet publicaba la fórmula de éxito en estos países: test con resultados en 24 horas, rastreo con una capacidad del 80% y un mensaje claro hacia la sociedad, justificando la importancia de intentar no permanecer en espacios cerrados, apostar por abiertos y usar la mascarilla. Con esta apuesta decidida bajan los contagios y sube la recuperación de la economía. Porque sin salud no hay economía que se recupere, que parece que aún no lo hemos aprendido aquí.

Parte de la solución, como vemos, es sencilla. ¿Se habló de algo de esto desde el pasado domingo? No.

¿Frente a los test con resultados en 24 horas... qué tenemos aquí? Centros de atención primaria saturados, llamadas de teléfono que nunca tienen respuesta, laboratorios desbordados y respuestas que tardan bastante más de 24 horas. A cambio se puede dar espacio a la apertura de un hospital de pandemias que ya significa que es un fracaso porque si hacen falta hospitales es que todas las medidas anteriores de prevención y atención no han existido. A eso, le sumamos la situación de desigualdad previa y de trabajo precario o en B de muchas personas para las que esperar cinco días los resultados de su PCR puede terminar en un despido, el riesgo de vivir en viviendas con varias personas o las empresas que hacen oídos sordos a todo, evitan el teletrabajo o permiten trabajar sin mascarillas. Todo eso son problemas añadidos que no se pueden esconder.

¿Frente al rastreo con una capacidad del 80%... qué tenemos aquí? Según datos del Ministerio de Sanidad, la media de contactos estrechos identificados por contagio es de...TRES. Solo tres personas. Eso es lo mismo que no tener rastreo, eso no sirve de casi nada. Eso también hace que tengamos que coger con pinzas los datos sobre los lugares de los brotes. Nos dicen que la mayor parte se dan entre la familia y en el contacto social (superiores al 20%) frente a restaurantes o transportes públicos, pero también es probable que sean los que registran mayores índices porque son los más fáciles de rastrear y de contactar… Sabemos que el virus llega a casa y ahí contagiamos a los nuestros, pero no sabemos con certeza desde qué espacios llevamos el virus hacia nuestras casas porque ahí no hay control. La aplicación Covid-19 para el móvil es como si no existiera. En otros países registran, por ejemplo, los nombres de las personas que acuden a un restaurante… algo muy lejos de lo que ocurre aquí. De esta forma, seguir el rastreo de los contagios es muy complicado y concluir cuáles son los focos más peligrosos también. 

¿Frente a una estrategia de comunicación pública que haga consciente a la sociedad de la importancia de las medidas y de su responsabilidad individual… qué tenemos? Por un lado, políticos que dicen una cosa y la contraria en la misma rueda de prensa y abandonan la asistencia primaria y los rastreadores porque prefieren vivir de la polémica para cubrir su incompetencia. Por otro, unos medios de comunicación cuyos programas con más audiencia son aquellos que dan voz a una científica china que dice que el virus fue creado (con un informe financiado por Steve Bannon), a los reportajes de los antimascarillas y a todo aquel que ponga en entredicho el estado de alarma y cualquier medida de salud pública porque todo eso es "dictadura". Y, a la vez, tertulias mañaneras donde el debate más importante no se centra en si tenemos o no rastreo y pruebas, sino en si tendremos o no Navidad y hasta qué hora tienen que abrir los bares y restaurantes. 

Frente a todo esto tenemos una media de 100-200 muertes a diario por la Covid-19. Y no, el virus no podemos pararlo porque existe pero sí que con esas tres estrategias (rastreo, test y mensajes claros de salud pública) se hubiese frenado la transmisión sin alcanzar las cifras que tenemos. Cada día mueren unas 100-200 personas, casi igual que si  un avión se estrellara cada día. Esos accidentes a los que las cadenas dedican informativos especiales y portadas completas para ver qué ha ocurrido. Pero no, aquí lo importante es debatir sobre la naturaleza jurídica del estado de alarma, y sobre frivolidades de qué pasa con mi Navidad y de las horas de los bares mientras la gente se muere o se contagia. ¿Rastreadores? ¿Test? Nada. Así nos va, que en lugar de una ola, como esto siga creciendo, nos vendrá un tsunami. Y, como siempre, será ya tarde.