Otras miradas

El virus del papiloma humano y su vacuna

Pedro Aparicio Alonso

Catedrático de Inmunología. Universidad de Murcia, Universidad de Murcia

Recreación en 3D del virus del papiloma humano (VPH). Shutterstock / Naeblys
Recreación en 3D del virus del papiloma humano (VPH). Shutterstock / Naeblys

Entre el 25% y el 50% de las mujeres menores de 25 años se infectan con el Virus del Papiloma Humano (VPH) tras mantener relaciones sexuales no protegidas. De hecho, se trata de la enfermedad de transmisión sexual (ETS) más frecuente en el mundo. Pese a que la población suele estar más preocupada por el riesgo de contraer sida, la infección por el virus del papiloma humano tampoco se debe tomar a broma. Sobre todo porque este virus ADN es capaz de inducir tumores. La buena noticia es que las vacunas frente al VPH previenen la infección y evitan sus demoledoras consecuencias.

El VPH tiene más de una cara. Concretamente se han identificado cerca de 200 tipos virales, que varían en la secuencia de la proteína de superficie L1. A cada uno de ellos se le asigna un número (por ejemplo, HPV16). Algunos tipos virales infectan a células de la piel, mientras que otros se ceban con las mucosas.

Más vale prevenir

Tras la infección se generan anticuerpos que se unen al tipo viral responsable de la infección. Lo malo es que no permanecen mucho tiempo en el organismo (como, desgraciadamente, pasa también en COVID-19), ya que las células plasmáticas que los producen desaparecen progresivamente, y con ellas los anticuerpos antivirales. Eso implica que ni los anticuerpos generados por la infección natural ni los generados por las vacunas son capaces de eliminar infecciones ya establecidas. Sin embargo, sí pueden prevenirlas (vacunas denominadas profilácticas).

¿Significa esto que es imposible eliminar una infección instaurada? En absoluto. En la mayoría de las ocasiones el virus se elimina de manera espontánea. Aunque aún no se conocen en detalle los mecanismos responsables de esta desaparición, los linfocitos T citotóxicos antivirales juegan un papel esencial al destruir las células infectadas.

Desgraciadamente, en algunas ocasiones se produce una infección duradera. Cuando esto ocurre, y los virus son de alto riesgo oncogénico, pueden producir lesiones premalignas que potencialmente evolucionan a tumores invasivos en cuello uterino (cérvix) o en otras mucosas (vagina, vulva, ano y pene).

Vacunas en la pubertad

El objetivo de las vacunas contra el VPH es generar células plasmáticas de vida media-larga que produzcan anticuerpos durante decenas de años. Por eso se prefiere vacunar antes de que se inicien las relaciones sexuales –la vía por la que suele contagiar el virus–, aunque los cánceres invasivos no se desarrollen hasta años después de una infección no resuelta.

¿Y se vacuna solo a las mujeres? En España, sí. Como explicaban en 2008 diversas sociedades científicas españolas en un acuerdo respecto a la vacunación del VPH, el objetivo final a largo plazo de las vacunas frente al VPH es la prevención del cáncer invasor de cuello de útero (CCU). Este tumor se diagnostica a unas 2000 mujeres en España y más de medio millón en el mundo cada año.

Sin embargo, recientemente algunos países dentro y fuera de la Unión Europea han ampliado la vacunación a varones entre 9 y 14 años Esta medida va encaminada a eliminar también otros cánceres relacionados con la infección por el virus del papiloma humano, alguno de los cuales afecta a varones. Además, favorece la inmunidad colectiva, reduciendo la probabilidad de propagación del virus.

Para crear las vacunas frente al VPH se usa una técnica que permite obtener agregados de la proteína L1, libres de ADN viral y de otros componentes virales y por ello no infectivas. Cuando se administra en piel a niñas de 9 a 12 años (dos dosis) se generan anticuerpos neutralizantes anti-L1 que llegan a los tejidos expuestos al virus y que permanecen en sangre y tejidos durante años.

Al igual que ocurre con otras vacunas, las del VPH pueden alcanzar concentraciones de estos anticuerpos antivirales superiores a las observadas en la infección natural. Los anticuerpos generados contra un determinado genotipo puede que no se unan a otros virus del papiloma humano cuya secuencia en L1 sea diferente (ausencia de reacción cruzada entre genotipos diferentes). Por ello todas las vacunas comercializadas actualmente contienen los genotipos de alto riesgo oncogénico más frecuentes en la población (genotipos 16 y 18) que son los causantes de aproximadamente el 70% de los cánceres de cuello de útero a nivel mundial.

Algunas de ellas incorporan, además, genotipos de bajo riesgo responsables de las verrugas genitales o de alto riesgo que han sido identificados en una menor proporción de tumores.

¿Cómo de eficaz es la vacuna?

El largo periodo de tiempo entre la infección y la aparición de tumores hizo que, en el momento de la aprobación del uso de estas vacunas, solo se dispusiera de datos que demostraban que las vacunas prevenían el desarrollo de infecciones prolongadas y de lesiones premalignas de bajo o alto grado (indicadores surrogados).

Pero hace solo unas semanas llegaba nueva información. Se publicaba el primer artículo en el que se demostraba que el riesgo de sufrir cáncer de cérvix en niñas vacunadas en Suecia antes de los 17 años se reducía un 88%. Aunque son datos muy importantes, es necesario continuar analizando si esta protección dura más de los 10 años analizados. Y también si sigue protegiendo 20-40 años después de haber sido vacunada, el momento en donde la incidencia de estos tumores es mayor.

Son seguras

En cuanto a su seguridad, no está en duda. Las vacunas tienen una característica que las hace diferentes al resto de medidas terapéuticas, y es que se administra a personas (en la niñez o en la edad adulta) sanas. La aparición de síntomas en los días posteriores a la vacunación hace que sea intuitivo asociarlos al uso de la vacuna. Por ese motivo, la seguridad de las vacunas se vigila de una manera más rigurosa que la de muchos otros fármacos.

Los análisis de organismos nacionales e internacionales han mostrado reiteradamente que la seguridad de la vacuna del VPH es similar a la de otras de uso ya asentado cuando se adoptan medidas adaptadas a la edad de la vacunación (permanecer sentadas o tumbadas un corto periodo de tiempo tras la vacunación).

Todo apunta a que el análisis de los nuevos datos que aparezcan en el futuro permitirá conocer la eficacia real de las vacunas en la prevención de tumores en cuello uterino. Así como el coste / beneficio de su extensión a adolescentes varones en todo el mundo. Lo que parece indiscutible es que una disminución de su precio y una transparencia en la fijación del coste de medicamentos facilitaría su uso y ampliaría su impacto en la salud de la población.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

The Conversation