Otras miradas

Defender las condiciones materiales de nuestra libertad

Agentes de la policía dispersan a los grupos de más de seis personas que se encuentran en las calles de Logroño, tras los incidentes del fin de semana. EFE/Raquel Manzanares
Agentes de la policía dispersan a los grupos de más de seis personas que se encuentran en las calles de Logroño, tras los incidentes del fin de semana. EFE/Raquel Manzanares

Dice Alberto Núñez Feijóo que los disturbios se deben a "ultras que son extrema izquierda y extrema derecha a la vez". La falacia liberal según la cual "los extremos se tocan" acaba de sufrir una revolución científica. En política, Feijóo sería el nuevo Einstein, que acaba de eclipsar a un Newton anquilosado en el centrito cobarde e inaugurado un nuevo paradigma que ha provocado que el gato de Schrödinger se dedique a gritar "gora la eta" y "libertad" mientras utiliza el mobiliario de las terrazas para romper escaparates con objeto de denunciar la dramática situación de la hostelería y el comercio. A sujetos políticos nómadas y difusos, soluciones líquidas y performativas.

En serio: ya vale. No cuesta tanto detenernos un rato a poner una lupa sobre los disturbios de estos días pasados.

No todos son fascistas. Es cierto que los fascistas han calentado el ambiente. Que están intentando hacerse con el monopolio del inconformismo. Que están instrumentalizando estos hechos para azotar a la "dictadura progre y socialcomunista" que, en su mundo, representa el Gobierno del Estado. Pero ¿de verdad vamos a creer que VOX tiene la capacidad de organizar y coordinar todas estas protestas? Dios nos libre. Lo que sí tiene, desgraciadamente, es la capacidad estratégica de deglutir estupidez y regurgitar fascismo, en un contexto en el que existen verdaderas razones para el descontento.

La pérdida del trabajo en sectores como la hostelería, la cultura, el comercio, el turismo, el cierre de muchos pequeños negocios. Los desahucios que no cesan y mientras a unos nos recomiendan estar en casa, a otros los obligan a vivir en la calle. La imposibilidad de conciliar el trabajo con una vida. La situación extrema y peligrosa de los sanitarios por la falta de recursos y personal. La falta de profesores para poder respetar las distancias en las aulas, el cierre de los comedores escolares. La situación en las residencias, donde prima el beneficio de empresarios sin escrúpulos a la salud y el bienestar de los ancianos, y por eso mueren. Esas son las razones, las razones que afectan al colectivo, a la salud pública. Y también las que provocan el colapso hospitalario y, en consecuencia, la muerte de decenas de miles de personas solo en el Estado español. Mucha gente ha protestado y sigue protestando por ello, gente para la cual la protesta más que un síntoma del descontento, es una herramienta para la transformación social.

Por ellos y ellas, creo que es necesario trazar una línea y separar la lucha consciente del pataleo irracional. Entre quienes creen en un modelo social igualitario y los cayetanos, negacionistas, e imbéciles instrumentalizados por el fascismo que se han manifestado en Bilbao, Barcelona, Sevilla, Logroño, etc. media un abismo. El que separa la Dignidad del individualismo insolidario; la preocupación por lo común, de la concepción thatcherista de la libertad; la responsabilidad social, de quien antepone sus caprichos al bien colectivo; el conocimiento de la realidad, del pensamiento anticientífico. Unas y otras manifestaciones políticas van en sentido absolutamente contrario. Las protestas de unos están originadas por su respeto y cuidado del prójimo, por el apoyo mutuo; los otros son los mamporreros del Capital, los alumnos aventajados del trumpismo, la irrupción de la Escuela de Chicago en las calles, el ultraliberalismo ataviado con indumentaria inconformista. Son aquellos que no están dispuestos a ponerse una mascarilla hasta que el olor a muerto alcance sus narices. Tampoco es nada extraordinario: se trata del producto de una socialización posmoderna donde el fascismo populista y el liberalismo ultra convergen.

Tenemos la difícil tarea de combatir la estupidez, y al mismo tiempo, pelear por cambiar las cosas para construir una sociedad de iguales, porque ninguna libertad es posible si no están cubiertas las condiciones materiales de nuestra existencia. Ahora la condición urgente se llama salud pública.