Otras miradas

Pensar en las próximas navidades

Diana López Varela

Una mujer coloca decoración navideña en el escaparate de una tienda de
Una mujer coloca decoración navideña en el escaparate de una tienda de "souvenirs" del centro de València. EFE/Biel Aliño

Hace unos días pasé mi primera noche sola desde que empezó la pandemia y nos confinaron a todos, pero incluso la soledad ha adquirido un significado diferente en estos tiempos raros. Estar sola no es solo no estar acompañada, sino que ahora tiene la magnitud de los terrores nocturnos infantiles. En la calle ya nadie camina a partir de las 23, y a las 2 de la madrugada -la hora a la que me despierto siempre desde hace varias semanas- las aceras son un páramo y las familias se recogen en sus viviendas. Pero yo estaba sola y las familias eran un espejismo: hace ocho meses que no puedo abrazar a mis padres. Además, es probable que ningún vecino viniese a hacerme compañía, aunque lo necesitase. Demasiado riesgo para consolar a una desconocida. Mi pareja o, mejor dicho, mi conviviente, se pasó varias noches fuera y yo me sentí como si me hubieran abandonado en un cesto con dos días de vida delante de una estación de tren de Michigan en el día de Acción de Gracias. No tengo ni idea de cómo celebran Acción de Gracias en Michigan, pero siempre pasa algo así en las pelis de Antena 3 el domingo por la tarde y también en las series de Amazon Prime, que para ciertas cosas siguen funcionando las fórmulas magistrales.

En mi familia, igual que en muchas otras, el bicho ha entrado (de manera benévola y sin molestar demasiado) pero nos ha asustado lo suficiente para restringir los afectos. Me da miedo este mundo en el que la gente desconfía de sus congéneres y la profilaxis se impone como norma relacional pero evidentemente, me da mucho más miedo el coronavirus. Negar la evidencia científica y la realidad en los nichos y en los hospitales es cosa de bobos. Por eso asumo que no es un drama hablar con mis padres a través del hueco de las escaleras o en el jardín cuando voy a visitarlos a su casa, ni ponernos la mascarilla para compartir espacios reducidos. Que tampoco es un drama haberme perdido las pocas reuniones familiares de este verano, el banquete de la comunión de mi sobrina, los besos de mis tres sobrinos y los cafés y las tertulias con mi grupo de amigas. Que no es un drama no haber salido casi de mi provincia en meses, o haber comido fuera en tres ocasiones exactas y solo con mi pareja. No es un drama tampoco no haber visto a la mayor parte de mis amigos en persona durante estos meses y que, cuando lo he hecho, haya sigo fugaz y lejanamente.

Porque la verdad es que ni siquiera es un drama saber que estas navidades, mis primeras como madre, no van a ser cómo me lo esperaba. Que cuando nazca mi criatura las visitas serán a cuentagotas y que tendremos que asumir que ni sus abuelos podrán ejercer cómo a todos nos gustaría. Porque el drama son los que se han ido y los que están ingresados solos, sin saber qué será de ellos ni si podrán volver a abrazar a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos o a sus nietos. No son casos aislados: son miles de personas de todas las edades. Drama son los nietos que se han quedado sin sus abuelos demasiado pronto, y los abuelos que languidecen sabiendo que para ellos no habrá unas próximas navidades.

Ayer tuve mi última ecografía de embarazo y como siempre, fui sola. Como al resto de las ecografías, de las visitas a urgencias y de todas las consultas. Pero, por supuesto, tampoco esto es un drama. Hay que cuidar a quienes nos cuidan. Hay que proteger los hospitales y centros sanitarios, y hay que evitar que se acumule gente en zonas comunes ahora que sabemos cómo funcionan los aerosoles. Que si alguien necesita acompañamiento en los hospitales son las personas que van a recibir un diagnóstico complicado o las que no se valen por si mismas. Ni yo, por muy emocionante que sea ver una ecografía.

Tenemos que meternos en el cogote que no podemos seguir así. Que debemos renunciar a la compañía constante en lugares públicos en donde podamos poner en peligro a otras personas, que debemos renunciar al ocio y a las relaciones sin mascarilla en todas sus formas, dentro y fuera de la familia. Que debemos aparcar todo cuanto conocíamos acerca de la vida social y, sobre todo, que no podemos hacer un drama mientras miles de vidas se nos quedan por el camino.

Por eso yo tengo mi propia fórmula para surfear esta ola y las que nos queden: pensar en las próximas Navidades. Pensar en la recompensa de hacer las cosas bien, pensar en los besos y en los abrazos que nos debemos y en el próximo diciembre brindando por estar todos a la mesa. Pensar en las comidas sin agobios y en las cañas sin distancia. Pensar en que si a alguien hay que acompañar es a los que están solos de verdad, sin convivientes ni cuidadores que alivien sus miedos y ejerzan de contrapunto a este año difícil. Que no tomar cañas, ni comer con la familia, o pasar algunas noches solos es un drama. Que ninguna pandemia se resolvió en unos meses y que nuestro estilo de vida despreocupado y nada comunista es la gasolina que está llenando de muerte y desesperación España y Europa entera, con demasiados puntos en común como la dejó un saldo de muertos de entre 100 y 200 millones hace menos de un siglo. Que la única forma de evitarlo es pararlo todo de una vez y cuánto antes. Que no tiene sentido reivindicar la economía cuando no quede nadie a quien comprar ni a quien vender, y que la única estrategia sensata es echar el cierre lo antes posible. Que es mucho más rentable compensar a hosteleros y empresarios que gastarse el dinero público construyendo grandes hospitales de campaña y contratando a funerarias que recojan nuestros cadáveres a la hora del vermú. Lo único que nos importará las próximas Navidades es haber vivido para contarlo.