Otras miradas

Trumpie, Bo Jo, charlatanes y maléficos

Luis Moreno

Profesor Emérito de Investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Operarias del Museo Madame Tussauds, de Londres, dan los últimos retoques a las figuras de cera que representan a Boris Jonhnson y a Donald Trump, antes de su reapertura el pasado verano, tras el cierre por la pandemia del coronavirus. AFP/Tolga Akmen
Operarias del Museo Madame Tussauds, de Londres, dan los últimos retoques a las figuras de cera que representan a Boris Jonhnson y a Donald Trump, antes de su reapertura el pasado verano, tras el cierre por la pandemia del coronavirus. AFP/Tolga Akmen

"Talkers are no good doers"
(William Shakespeare, 'Richard III', Act 1, Scene 3).

Quien no hace bien, hace mal. Quizá la traducción de la cita de Shakespeare reproducida sobre estas líneas sea demasiado libre y refleje una extrema polarización. Pero así ha sucedido con los apoyos y oposiciones generados por los dos populismos anglosajones más representativos en tiempos recientes, personificados en Donald Trump y Boris Johnson. Vaya en descargo de tan ‘radical’ interpretación la utilización del antónimo de good-doer como malhechor o maléfico.

En realidad ambos líderes han hecho --están haciendo-- mal a sus países. Se nos corregirá que ambos gobernantes fueron --han sido-- elegidos democráticamente por la ‘mitad más uno’ de sus electores. Ciertamente la democracia es nuestro sistema de gobierno legítimo. Pero sabido es también que la elección democrática de un representante ciudadano no es garantía de su bondad y, menos, de su acierto al frente de las instituciones. Para eso las elecciones, como bien insistía Karl Popper, posibilitan la alternancia y su recambio. La propia acepción de ‘democracia mayoritaria’ se ha traducido especialmente en los países de raíz anglosajona en la regla malévola del ‘ganador todo se lleva’ y la política del arramble.

Trumpie y Bo Jo (permítasenos el empleo de estos apelativos populares repetidos en algunos medios de sus países).comparten el verbo fácil de parlotear e incluso insultar cuando se presenta la ocasión y se les calienta la boca. Por encima de cualquier otra consideración, son grandes mentirosos que han sabido utilizar hábilmente la propagación de las fake news o noticias falsas para acrecentar su ventaja populachera. No han dudado en distorsionar los hechos para anular propuestas alternativas en las dura peleas mediáticas. Baste mencionar la alusión de Boris Johnson al revólver de la UE en las negociaciones del post-Brexit. En la ruleta rusa negociadora entre Reino Unido y la Unión Europea, Bo Jo mentía diciendo que el revólver comunitario estaba cargado y preparado para disparar y romper al país británico.

De Trumpie son miríada las fake news pronunciadas durante su mandato, las cuales permanecen en sus tuits como un material valioso para articular un tratado de filosofía antropológica populista. Y retratan a un personaje sin escrúpulos que ha tenido el botón rojo nuclear a su disposición. Su llamada a la subversión popular por los votos ‘ilegales’ en las pasadas elecciones es ciertamente peligrosa. Mejor pensar que tales bravatas tratan de compactar a los miles de representantes republicanos al frente de sus cargos administrativas y gubernamentales. Es la metáfora conocida por el pork barrel politics, o clientelismo político practicado localmente o dentro de la estructura orgánica de los partidos. De forma libérrima también puede ser traducida como la pugna y preservación de los sillones institucionales por encima de cualquier otra consideración. En el caso que nos ocupa, tales conductas se mantendrían hasta que el derrotado presidente abandonase la Casa Blanca y se conformasen nuevas alianzas e intereses en el seno del Great Old Party.

Un caso ilustrativo es el de Mitch McConnell, todopoderoso líder de la mínima mayoría republicana en el Senado, quien se ha alineado con buena parte de otros cargos republicanos en Washington y el resto del país para justificar el rechazo de Trumpie a reconocer su derrota. Ya se sabe que los que no han seguido los deseos del Presidente ‘killer’ (véase el muy recomendable documental, La elección 2020: Trump vs. Biden) han sido fulminantemente cesados de sus cargos. Esperan a que el multimillonario neoyorquino abandone la política --¿lo hará?-- para reposicionarse dentro de las filas republicanas.

El sistema político estadounidense, con sus controles y contrapesos (checks and balances), forjó la constitución de la primera gran república democrática de la modernidad. Se pretendía, en suma, que hubiese un sistema de reglas iniciales de tal manera que no hubiese abusos, o se neutralizaran entre ellos. La historia posterior ha puesto las cosas en su sitio mostrando que el sistema es falible con malhechores como Trump, el cual ha concentrado su acción de gobierno en procurar y aumentar el enriquecimiento de unos pocos y forzar la polarización social de la desigualdad entre los subordinados y los haves y have-nots. Así el análisis de la distribución del voto en EEUU el pasado 3 de noviembre puede reducirse a que la mayoría demócrata se ha concentrado en las votantes mujeres, los jóvenes, las clases trabajadoras y, sobre todo, en las minorías étnicas y raciales. Territorialmente la decantación entre lo rural y urbano se ha mostrado profunda y generalizada.

Tras la derrota de Trump, y reclamando la sacrosanta soberanía británica, su buen amigo Bo Jo se lo está pensando. El extravagante Premier y sus secuaces del Partido Conservador persiguen un escenario futuro en el que haya una menor interferencia gubernamental, ninguna regulación y más mercados irrestrictos para las ganancias de unos pocos --el mantra neoliberal--, y favorecer los designios de Wall St y la City en el concierto mundial de los capitales peregrinos. Pero la vida siempre es contingente, y lo es más durante grandes períodos de incertidumbre como el provocado por la pandemia del Coronavirus. Quizá sea hora de reevaluar las posibilidades hegemónicas del capitalismo anglo-norteamericano. Algo tendrá que decir la UE para reconstruir una alianza que no pocos añoran a ambas orillas del Atlántico. Una alianza cuyos alfa y omega en cualquier negociación y acuerdo asegure el Modelo Social Europeo y su institución más legítima y emblemática: el Estado del Bienestar.