Otras miradas

Europa, ¿un actor pacificador?

Diana Riba

Eurodiputada por Esquerra Republicana de Catalunya

Misil nuclear en su silo. REUTERS
Misil nuclear en su silo. REUTERS

Noventa y dos millones de personas podrían morir en las primeras cinco horas de un hipotético conflicto nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Sí, lo habéis leído bien. Esta es la proyección que realizó un estudio de la Universidad de Princeton motivado por las crecientes hostilidades internacionales y por el hecho que las principales potencias nucleares estén abandonando importantes tratados de control de armas. Los daños, evidentemente, no se limitarían sólo a las personas. Según Naciones Unidas (ONU), los efectos de una guerra de este tipo con el actual nivel tecnológico (las bombas de hoy en día pueden llegar a ser miles de veces más potentes que la de Hiroshima), provocaría problemas medioambientales, ecológicos y radiactivos devastadores.

A menudo se piensa, erróneamente, que la posibilidad de sufrir una guerra nuclear es agua pasada o, incluso, ficción. Nada más lejos de la realidad. El mundo convive con más de 13.400 armas nucleares que podrían poner fin a la vida del planeta en cuestión de horas y la inversión en este tipo de armamento llegó, en el año 2019, a su pico más alto desde la Guerra Fría. La amenaza nuclear es, junto con el cambio climático, una de las principales amenazas para la supervivencia y, hasta ahora, la estrategia que ha llevado a cabo el ser humano en ambos temas ha sido poco menos que autodestructiva.

Aun así, el pasado 24 de octubre tuvo lugar un suceso con una relevancia histórica evidente del que no se ha hablado suficiente. La modernidad líquida en la que vivimos -y que tan bien analizó Zygmunt Bauman- y la cascada informativa a la que estamos sometidos hace que, a menudo, pasen desapercibidos hechos que merecerían ocupar portadas enteras. Aquel sábado de otoño pandémico fue el día que el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) de la ONU alcanzó las 50 ratificaciones de países necesarias para poder entrar en vigor en enero.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil. La Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN) hizo los primeros pasos en el año 2007 y hoy en día cuenta con el apoyo de más 450 organizaciones no gubernamentales de todo el mundo (en Catalunya, ha sido impulsada de forma incansable por entidades como Fundipau o el Centro Delàs). Desde aquel lejano 2007 y hasta la última ratificación, los esfuerzos por parte de la sociedad civil para lograr una legislación internacional que prohíba este tipo de armas de destrucción masiva ha sido ingente y los obstáculos innumerables. De hecho, ninguna de las nueve potencias nucleares se han sumado aún al tratado y tanto la administración Trump como la OTAN han trabajado activamente para boicotearlo.

Los esfuerzos de estos países para paralizar el proceso, sin embargo, indican que la sociedad avanza en la buena dirección. Los Estados con armas nucleares son conscientes de que este tratado supone el primer instrumento jurídicamente vinculante para promover el desarme. Como dijo António Guterres, secretario general de la ONU, "décadas de activismo internacional han conseguido lo que muchos creían imposible: la prohibición de las armas nucleares".

Aunque se hayan alcanzado las 50 ratificaciones, es necesario que la presión no cese. Debemos ser conscientes de que cada uno de nosotros puede convertirse en un motor de cambio para lograr un mundo más seguro. Nuestro voto, nuestra participación en campañas o la generación y difusión de información y conocimiento sobre los peligros de las armas nucleares son herramientas que todas tenemos a nuestro alcance y que es necesario que las empleemos. Aun así, aparte de la acción social la cual ha hecho hasta ahora una tarea encomiable y fundamental, es necesario que la política también haga su parte del trabajo y, en este sentido, todavía hay mucho trabajo por hacer. En la Unión Europea (UE), por ejemplo, tan sólo Austria, Irlanda y Malta han ratificado el tratado mientras que el resto, seguramente superados por la presión de Estados Unidos y de la OTAN, aún no lo han hecho. Tampoco, por cierto, el gobierno "más progresista de la historia" de España.

La UE nació hace más de setenta años para garantizar la paz y la prosperidad. Por ello, no entenderíamos que las instituciones europeas no acordaran una estrategia común para impulsar el tratado y liderar la lucha contra una de las principales amenazas internacionales. Es hora de quitar el polvo de los valores europeos y ponerlos en práctica. En un mundo cada vez más polarizado, militarizado y autoritario, Europa debe dibujar su propio camino. Un camino en el que anteponga el multilateralismo, la cooperación, la cultura de la paz, la empatía global y el bien común. Sólo de esta forma tendremos alguna oportunidad real de superar retos cruciales en el que nos jugamos el mismo hecho de existir.