Otras miradas

Las prioridades de la mayoría

Sira Rego

Vicepresidenta del grupo de La Izquierda en el Parlamento Europeo

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, aplaudida por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y los vicepresidentes, Carmen Calvo, Pablo Iglesias y Nadia Calviño, tras la aprobación de olos Presupuestos Generales del Estado de 2021. EFE/ Mariscal
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, aplaudida por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y los vicepresidentes, Carmen Calvo, Pablo Iglesias y Nadia Calviño, tras la aprobación de olos Presupuestos Generales del Estado de 2021. EFE/ Mariscal

Prioridades erróneas. Hace unos días llamaba mi atención esta definición de los Presupuestos Generales del Estado que hacia el señor Garicano en un artículo publicado en El País. Creo, honestamente, que es necesaria una contestación para aclarar, no tanto el contenido legítimo de esas líneas, sino más bien el terreno donde se disputa el debate.

Por supuesto, sería de agradecer que se reconozca que los Presupuestos que el Congreso aprobó ayer son los más sociales y redistributivos de las últimas décadas y han sido posibles gracias a un hecho diferencial respecto al pasado, que es la participación de Unidas Podemos en el Gobierno de coalición y la defensa de una agenda social sin precedentes. Una agenda que, además, ha sido capaz de conseguir el apoyo de la izquierda independentista sobre un eje de acuerdo central: el bienestar de la gente que menos tiene.

Sin embargo, llama poderosamente la atención el esfuerzo titánico que está haciendo esa asociación de intereses formado por la derecha y la extrema derecha para deslegitimar nuestro trabajo. Y, sobre todo, sorprende el empeño en que el debate se vea reducido a un crisol de términos, que mas que argumentar desde la divergencia, apenas sirven para descalificar y tratar de deslegitimar: falta de sensatez, populismo, traspaso de líneas rojas.

En el fondo, no queda claro si es fruto de la reflexión, o si más bien es fruto de la frustración.

Porque, ¿cómo es posible que la defensa de un Presupuesto que se traduce en una mejoría de la situación personal de cada ser humano de nuestro país vaya contra los intereses de nuestro pueblo? ¿Cómo podrían unos PGE que aumentan la inversión social y los servicios públicos ir en contra de los intereses de nuestro país? ¿Acaso la economía, los Presupuestos, no deberían ser un instrumento con capacidad de adaptarse a las necesidades de bienestar y de futuro de la gente que vive en un territorio?

A estas preguntas se suma lo que considero un efecto sesgado en cualquier debate, al no contemplar previamente el contexto en el que nos movemos. Dicho de otro modo: al análisis concreto de la realidad concreta. En ese sentido, parece que el señor Garicano renuncia a señalar algunas de las razones por las que estamos en una situación económica que exige un cambio en el rumbo del país.

España juega con ciertas desventajas, producto de decisiones políticas y económicas que han configurado e insertado nuestro país en un lugar poco ventajoso en la cadena de valor global. Si no tenemos una industria más avanzada y se ha desmantelado progresivamente nuestro sector industrial, no es por una mala decisión del Gobierno de coalición, sino por un modelo de integración europeo que ha generado países a dos velocidades dentro de Europa. O países de centro y de periferia. Y eso nos ha afectado de largo, incluso hasta hoy.

Pero hay más. Debemos añadir que el coste que ha tenido para los países del sur la factura de la crisis de 2008 ha sido muy alto y que incluso nos ha condicionado en la lucha contra la pandemia. No es ajeno a nadie que la crisis provocada por la Covid se asienta en un escenario económico que ya nos había situado en la precariedad. Con bajos salarios, altas tasas de paro y unas políticas que han adelgazado el Estado social y los servicios públicos, consecuencia de las exigencias de Europa para salir de la crisis de 2008.

Crisis, que se resolvió con una batería de medias brutales que hasta la propia Comisión Europea ha reconocido como fallidas años después: recorte de servicios públicos, rescate a la banca con el consiguiente endeudamiento público del país y medidas derivadas del Semestre Europeo que se han cebado con el desmantelamiento de nuestro sistema público de salud. En resumen, lo que ha sucedido tiene una parte de su origen en unas recetas dictadas por Europa, pero aplicadas con determinación por los sucesivos gobiernos del PP, que siempre contaron con el beneplácito de Ciudadanos.

Por eso, decir que estos presupuestos están en contra de los intereses de España y son populistas sólo obedece a la realidad de alguien que, o bien ha paseado poco por la periferia de cualquier ciudad o barrio obrero, o si lo ha hecho no ha sentido mucha empatía con las personas que viven allí. Quizá el señor Garicano no sepa que, por ejemplo, en los barrios de Madrid estamos con una atención primaria exhausta como consecuencia de esas políticas económicas del pasado. Que quienes llevamos a nuestra niñas y niños a la escuela pública cruzamos los dedos cada año para que no recorten más la Educación. Que las políticas sociales no cubren las demandas de la población vulnerable. Que el machismo sigue asesinando mujeres y necesitamos un refuerzo en políticas feministas y de igualdad. Que no existe la neutralidad en economía y que algunas personas estamos en política porque estamos cansadas de que los recortes los paguemos los de siempre.

Y, además, porque seamos realistas, un Presupuesto que aumenta la inversión en Sanidad y Educación en un 75,3% y un 70,2% respectivamente; que aumenta la inversión en Vivienda en un 367,9%; que incrementa las partidas destinadas a hacer efectiva la Ley de Dependencia con 2.534 millones, es decir un 34% más; que blinda las pensiones o que plantea un esfuerzo inversor que supone una subida del 138% para reforzar nuestro modelo productivo, más que populista es para el pueblo.

Reconozco, desde la discrepancia política y por supuesto desde intereses de clase distintos, cierta admiración por esa derecha ilustrada con mirada de país que sí que existe en otros países europeos y que ha demostrado altura política a la hora de abordar la crisis provocada por el coronavirus. Es desolador, sin embargo, ver que mientras Bruselas cambia los consensos con la suspensión de la Regla de Gasto y con el Plan de Recuperación, y por fin comienza a andar en una dirección que podría ser positiva, la propuesta de la derecha española insiste en volver a fórmulas que se han demostrado fracasadas, incluso a nivel UE, y sigue empeñada en recortes y en hombres de negro. Lastima que en lugar de remar para que nos vaya bien a todas y todos sigan obsesionados con hacer caer al Gobierno.