Otras miradas

La victoria de Biden ¿canto de sirena o magnífica oportunidad?

Fernando Prieto

Observatorio Sostenibilidad.

El presidente electo de EEUU, Joe Biden, en un acto para presentar a varios de los miembros de su futuro gabinete, en Washington. REUTERS/Lamarque/Pool
El presidente electo de EEUU, Joe Biden, en un acto para presentar a varios de los miembros de su futuro gabinete, en Washington. REUTERS/Lamarque/Pool

Joe Biden ganó, se restableció el orden, se salvó el planeta. La esperanza prevalece. Ojalá fuese tan sencillo. En una Tierra pos-pandémica, confiar solo en la esperanza es insuficiente, incluso ingenuo. De hecho, resulta muy peligroso.

Después de una espera agonizante, pero predecible, la pesadilla pareció desvanecerse abatida por la voz de la democracia, que finalmente ardió brillantemente y la esperanza se restableció. Pero la devastadora declaración del secretario de estado de EEUU, Chris Pompeo (siendo ya un hecho matemático la derrota electoral de su jefe), pregonando una transición hacia una segunda administración Trump, emanaba una confianza post verdad que se ha convertido en el sello distintivo de nuestros tiempos, reverberando mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos con ecos en todos los gobiernos que niegan la realidad. Afortunadamente Trump ya es historia. No así su canto de sirena populista.

Con el ascenso a la presidencia estadounidense de Joe Biden el 20 de enero del 2021, los bosques amazónicos, los corales, las especies silvestres, sus ecosistemas y la humanidad entera, respirarán con algo más de tranquilidad frente al futuro sombrío que se avecinaba para el planeta. Será difícil superar los estragos, y sobre todo imposible recuperar el tiempo perdido en políticas de cambio climático y la erosión de políticas de conservación y cooperación medioambiental de la administración Trump, pero indiscutiblemente se abre una nueva era. A la luz del fracaso de la historia, resulta sorprendente encontrar consejo en los ecos de la antigüedad. Seneca, ilustre hijo de Córdoba, ya nos advierte desde tiempos romanos que las "nuevas ocupaciones suplantan a las antiguas, una esperanza suscita otra esperanza, una ambición otra nueva ambición. No se busca el final de las desgracias, sino que se cambia su trama." Esperanza alberga la palabra "espera", y esperar a que otros hagan es el recreo de la complacencia, y uno de los posibles sentires que acompaña a algún rebaño ante las puertas del matadero.

Para alejarnos de nuestro matadero colectivo debemos cruzar un accidentado sendero, demandando algo de toda sociedad, gobierno, industria, empresa, organismo, y, por supuesto, individuo. Somos todos responsables y capaces de aportar desde nuestra posición. La cooperación transversal necesaria demanda alzar puentes entre humanos, y abrazar a los rasgos más nobles y los valores compartidos por cada una de las partes de nuestra sociedad. Significa un retorno a los valores conservadores en el más puro sentido de la palabra, conservar el regalo que supone la abundancia de vida.

A la luz de la pandemia y un legado de tensiones raciales (fruto de un sistema injusto dominante global y centenario), nuestro mundo, y Estados Unidos dentro de él, han demostrado ser sorprendentemente vulnerables a la más mínima amenaza a la inestabilidad global provocada por un virus. El embate de la emergencia climática solo presentará más desafíos. Al entrar en una nueva era en la política estadounidense y mundial, está claro que este no es el momento para confiar solo en la esperanza. Ahí radica la complacencia.

Biden ganó el derecho a participar de manera decisiva en la batalla más grande a la que se ha enfrentado la humanidad. Los frentes bajo asedio estadounidenses incluyen los bosques de California y la costa del Golfo de México, por nombrar dos. Pero también los arrecifes de corales de Australia, o los bosques del Amazonas, el Mar Menor o la taiga de Siberia. El presidente Biden debe demostrar el coraje del liderazgo para superar las realidades ideológicas y políticas que le valieron las elecciones y ser verdaderamente presidencial. Pero también tiene el deber de crear un movimiento multilateral de gobernanza de forma que la emergencia climática y ecológica yazcan en el corazón de las políticas de todos los países. Cuando un huracán azota a Centroamérica, el coletazo se siente en Madrid y en Londres. El clima lo dejará más y más en evidencia.

La democracia participativa se ha tomado las calles cuando las cosas iban mal, avivando el ímpetu de la resistencia civil masiva ante la injusticia flagrante. Su resistencia a lo peor de Trump, y su compromiso con las medidas de COVID, demuestran su capacidad para corregir el curso de una sociedad descarriada. Son los ciudadanos los que marcan la diferencia en ambos casos. Este espíritu representa el verdadero sueño americano, aquel en el que Rosa Parks eligió sentarse donde le era prohibido para que generaciones futuras puedan sentarse dónde quieran. Fue a través de su ejemplo, y él de tantos otros héroes anónimos, que optaron por desobedecer a la injusticia amparada por leyes, que se pudo por fin quitar los vendajes de los ojos de la sociedad, exponiendo la hipocresía y la podredumbre interna. La aprobación de la Ley de Derechos Civiles dio paso a la esperanza y, a medida que disminuyó la desobediencia, se instaló la complacencia. Hoy estamos experimentando las consecuencias de ella, encontrándonos en un mundo al cual que hay que recordar que las vidas negras importan, Black Lives Matter.

El deber no es solo estadounidense, los demás ciudadanos también tenemos la obligación moral de acudir a este llamado. Si elegimos la complacencia sobre la desobediencia, no es solo la estabilidad social, climática y ecológica la que arriesgamos, sino nuestra propia existencia. ¿Qué esperanza tienen las generaciones futuras y cómo recordarán dicha complacencia? Europa y muchos países han entendido que se deben de reiniciar las actividades económicas, redirigiéndolas hacia lo verde y la descarbonización absoluta, y no caer en los errores de antaño y su llamada "normalidad". Aplaudimos entonces las intenciones de inyectar los mayores paquetes de estímulos a la economía jamás realizados hasta ahora, resulta que la voluntad política era posible. Ahora pasemos a la acción verdadera. Que también hemos visto que es posible. El año 2020 no habrá sido en vano si queda grabado en nuestros párpados colectivos el sueño de resistir, a través de la solidaridad, la planificación y actuando hoy para un futuro no tan lejano. En el 2021, debemos demostrar el crecimiento obtenido a punta de porrazos colectivos.  ¡Qué magnífica oportunidad nos brinda el planeta para que el 2020 no haya pasado en vano!

La mayor crisis que ha enfrentado la humanidad requiere que todos y cada uno de nosotros encontremos el coraje que brotó en Rosa Parks el día que abordó un autobús en Montgomery, Alabama. Esta crisis exige un ejército de valientes Rosas Parks que muestren cero complacencias.

Los próximos 10 años son absolutamente claves para salvar el planeta, juntemos toda la inteligencia y todas las capacidades para enfrentarlos. Es aquí, es ahora.