Otras miradas

¿Hacer lo mismo con los hombres? ¿Sexualizar a los hombres?

La presentadora española Cristina Pedroche posa con el atuendo con el que presentó la retransmisión de Nochevieja de 2020 desde la Puerta del Sol. - Foto: EFE

Como cada año, tras las uvas, son trending topic los vestidos de las presentadoras en las campanas y, en concreto, el de Cristina Pedroche. Aún más este año, con el protagonismo de mi compañera Anne Igartiburu y Ana Obregón. Dos mujeres mayores de 50, con trajes de diseño sin extravagancias, con un discurso potente en uno de los años más dolorosos. Lo contrario a lo que la televisión nos ofrece por costumbre.

Estos días leí un debate que me llamó la atención y era la de proponer que los presentadores también fueran sexualizados en televisión. A esa realidad nos hemos referido muchas veces. Que ellos no habrían tolerado ni soportado el frío de esa noche con unas tirantas, o en vestidos minúsculos o destapados. Pensaba que la conversación iba más por ese camino cuando compruebo, en el hilo, que casi todo el mundo consideraba positivo sexualizar a los hombres.

Hace poco, escuchaba una conversación de Máximo Huerta donde se quejaba de la presión mayor que cada día sentían los hombres sobre su físico, de cómo eran analizados en revistas y cuestionados. Porque, hasta ahora, ellos nunca eran cuestionados, sino normalizados. Yo le respondí con una investigación académica sobre el programa Mujeres, Hombres y Viceversa. Era una encuesta en un instituto y aquellos adolescentes respondían, con naturalidad tras ver el programa, que lo importante era "tener músculo", "cuidarse mucho la piel, "llevar ropa ajustada"... para "conquistar" y "tener éxito". 

Frente al capital económico, social y cultural que delimitaba Pierre Bourdieu, Catherine Hakim sumaba el "capital erótico", el atractivo físico para tener una mejor posición, éxito o prestigio. Hakim considera que las mujeres pueden aprovechar ese "potencial" para prosperar en la vida, lo contrario de lo que piensa el feminismo. Pero es cierto que ese capital erótico está ahí, con más peso sobre nosotras, y que desde la infancia o la juventud aprendemos que un buen físico abre puertas.  

Algo parecido apuntaba la socióloga Eva Illouz en una entrevista en El País: "Vivimos en un mundo colonizado por la hipersexualización de los cuerpos y las psiques", decía en el titular. Para ella, el capital sexual es una base del sistema económico y, en esa entrevista, apuntaba una idea clave. Contextualizaba que, en los años 70, el capitalismo entendió que el consumo de bienes materiales tenía un límite, pero sí había un espacio de consumo infinito:  el cuerpo, por las emociones que nuestro aspecto físico genera sobre las personas. Idea, en relación, a lo que ya apuntaba Wolf con el mito de la belleza, que "genera una caída en el amor propio de las mujeres y elevadas ganancias para las empresas". Ganancias que al final terminan por crear una disputa más de clase entre nosotras, entre las que tienen dinero para mejorar su aspecto y ajustarse a la norma de belleza que garantiza mejor posición social, y las que aspiran (con la frustración que conlleva) a ser como ellas pero que no pueden por falta de dinero. 

Hace tiempo escribí que la libertad de la mujer está en sus derechos, no en la imagen que esperan de nosotras y, por ello, para nada creo que la solución esté en que los hombres deban ser sexualizados como nosotras, sino en que ni hombres ni mujeres sean sexualizados para tener éxito

No me gustaría que los niños aprendieran desde pequeños que solo la imagen del "tronista" es a lo que deben aspirar para triunfar. No quiero para ellos ni la presión de los kilos, ni de la depilación, ni del cuerpo musculoso… No quiero para ellos lo que no quiero para nosotras. Quiero diversidad en la televisión. Mujeres normales, mujeres guapas o no guapas (que esto es un criterio muy subjetivo, quién define qué es belleza), mujeres con kilos de más o de menos, con más músculos o con menos pecho, con más maquillaje o con menos… Lo que no quiero es una pauta común ni para ellos ni para ellas, para que los dos sexos crezcan libres de mandatos de género y de expectativas sobre nuestros cuerpos. Que de la misma manera que ellos pueden aparecer como Chewbacca en la televisión, ellas puedan hacerlo sin que eso sea noticia y sin que eso ponga en peligro su puesto de trabajo. 

Porque cuando ese es el mensaje que recibes como adolescente, tu mente empieza ya a tener preocupaciones que no debes, a limitar tu crecimiento personal y profesional. Recuerdo una investigación que detallaba que el 76% de las españolas de entre 12 y 25 años dejaba de hacer deporte por no descuidar horas de estudio y porque tenían "más sentido del ridículo por la mayor presión sobre sus cuerpos". No podemos limitar la vida de nuestros adolescentes por esa presión, sino derribar ese concepto para que todos los cuerpos sean normalizados y ninguno sea ni patrón ni norma. Decía Beatriz Gimeno que el patriarcado se había propuesto a las mujeres no gustarse nunca. Y es cierto. Adoro a las compañeras que tienen autoestima sobre sí mismas, porque yo aún hoy tengo algunos días flojeras, en los que veo a otras compañeras con sus retoques y me cuestiono a mí misma. Gustarnos es una asignatura pendiente para muchas. 

Todo esto no tiene que ver con cuidarnos, arreglarnos o vernos guapos o guapas ante el espejo, pero sí con que soy igual de mujer y de válida el día que me maquillo como el día que no lo hago y quiero que en una entrevista de trabajo me valoren por otras cualidades y no las físicas. Igual que siempre digo que el feminismo no quiere maltratar a los hombres, ni violarlos, ni acosarlos, ni quitarles sus puestos de trabajo, no quiero que los hombres sean sexualizados, sino que no lo seamos nosotras para estar en igualdad de condiciones. Sexualizar no es revolucionario, es lo de toda la vida, un patrón casposo que ya huele a naftalina.

Una sociedad feminista es la que derrumba muros, no la que añade más piedras al muro. Por eso, desde el feminismo, no pedimos sexualizar los cuerpos. Quizás por eso, como dice Illouz, el feminismo tiene como fin un cambio cultural y que por eso "no solo nadie lo defiende, sino que es atacado sin cesar. Aunque esa es, después de todo, la forma habitual de protegerse que tiene el patriarcado: a través de la denigración". Quizás así alguien abra los ojos cuando se critica lo que el feminismo propone. El cambio no está en repetir ni reforzar el cliché de siempre, sino en romperlo.