Otras miradas

Un trozo esencial de este mundo

Jorge Fonseca

Profesor en la Universidad Complutense de Madrid y Comité Científico de ATTAC

Jorge Fonseca
Profesor en la Universidad Complutense de Madrid y Comité Científico de ATTAC

Si no existe una "naturaleza humana eterna" (que supondría que el homo sapiens no se diferencia esencialmente de los primeros antropoides), sino histórica, tampoco puede existir un arte universal y eterno. Si el arte expresa la vida social, desde que hace sólo unos miles de años la sociedad fue dividida  en una clase sometida que crea la riqueza trabajando y otra dominante que parasita y se apropia de esa riqueza, no puede haber un arte neutral que exprese a la vez la sensibilidad de esclavistas y esclavos, de amos y siervos, de capitalistas y trabajadores, de torturadores y torturados. Es decir, no existe  la demagógica categoría del "interés general". Como si verdugos y víctimas pudieran tener el mismo interés, la misma sensibilidad y concebir su verdadero papel social con una perspectiva común.

Juan Diego Botto, parte de estas premisas en la magistral y unánimemente elogiada Un trozo invisible de este mundo, de la que es autor y actor protagonista, y lo hace desde la tradición del arte hecho "con la mirada desde debajo de la mesa". Pero a diferencia del niño del Tambor de hojalata, de Günter Grass,  que mira desde debajo de la mesa y decide no seguir creciendo, la mirada desde abajo que propone Botto es para crecer. Crecer a partir de visibilizar la auténtica realidad y visibilizarnos a nosotros mismos tal lo que verdaderamente somos, en nuestras reales condiciones de existencia, superando la alienación de imaginarnos como la ideología dominante hace que nos imaginemos. Esa mirada "desde debajo de la mesa" la hace sin esquematismos, como si fuera desde el lado opuesto al de la mirada del autor/espectador, que tiende habitualmente a la gesta heroica, para mostrarnos en cambio "al otro", que no es más que el otro lado de nosotros mismos, el antihéroe desnudo, despojado de dignidad, que remueve en sus propios escombros para encontrar su esencia humana, frágil como todo lo humano, pero sostenido en lo único que compite con la lucha de clases como motor de la historia: el amor, simplemente el amor.

El itinerario que nos traza Botto empieza en la "frontera" que a modo de muralla china de la civilización y el orden neoliberal —el nuevo totalitarismo—  impide el acceso al paraíso a inmigrantes desesperados, para evitar rompan el "equilibrio natural" y el ciclo del capital, que es como el ciclo de la vida: "hierba, vaca, mierda, flor, abeja, pum pum", o lo que es lo mismo materias primas de la periferia, diseño europeo y estadounidense, fábrica esclavista europea-yanqui en China... hierba, vaca, mierda, flor, abeja... Ese orden guardado por cuidadores de fronteras y legisladores, es en beneficio de empresarios y familias que en un inmigrante no ven a un ser humano nacido en África (víctima de siglos de expolio colonial y esclavitud) o América Latina, sino asaltantes de ese "orden natural" o mano de obra barata para la burbuja inmobiliaria pero con permiso con fecha de caducidad.

En el itinerario de Un trozo invisible de este mundo se visibiliza el desgarro del destierro y la separación de parejas y de madres e hijos, pero también se muestra "el otro yo" de víctimas alienadas por la idea dominante de la "natural y necesaria" estratificación social en la que lo importante es no estar nunca en el escalón más bajo, lo que empuja a parias de uno y otro origen a discriminarse entre sí. Pero el círculo más duro del infierno mostrado por Botto es uno en el que la frontera entre el bien y el mal, la cobardía y el heroísmo, el odio y el amor, pierden su condición de absoluto, abandonan el terreno de lo abstracto. El "turquito", que alguna vez fue un hombre bueno y luego cobarde y vil hasta la traición, quizás siempre las dos cosas a la vez, en medio de su hundimiento moral es capaz de rescatarse y "rescatar" con él a la misma Humanidad, gracias a la fuerza del amor, reconocida como la única que hace que la vida merezca ser vivida. Incluso en este sistema criminal que nos somete hasta quebrarnos, auténtico  invernadero del mal que nos coloniza hasta convertirnos en gusanos. Sistema criminal que cuando las circunstancias lo requieren, como en la Argentina de Videla, el Chile de Pinochet –parteros del neoliberalismo- o las trastiendas de numerosas "democracias", no vacila en apelar a la represión brutal, el asesinato y la tortura, para quebrar no sólo a las víctimas, sino al cuerpo social para evitar cualquier germen de resistencia a la injusticia, esencia brutal del sistema y convertir al resto en mayoría silenciosa "neutral", cómplice al fin de la barbarie, aunque sea por pasiva. Cuando no por activa, como el caso de los numerosos argentinos que ponían en sus coches la pegatina distribuida por la dictadura de Videla, que decía "Los argentinos somos derechos y humanos", como respuesta a la denuncia mundial de la violación de los derechos humanos en las mazmorras del régimen terrorista neoliberal.

Dijo Bertolt Brecht que "en los regímenes autoritarios queda velado el contenido económico de la violencia mientras que en los regímenes formalmente democráticos queda velado el contenido violento de la economía". Ahora resulta evidente que la violencia terrorista estatal de las dictaduras del Cono Sur latinoamericano ocultaba su objetivo económico: expoliar a la sociedad para favorecer a los grandes monopolios que concentran el capital financiero. Hoy en España y Europa comienza a ser evidente el violento componente de la economía al servicio de esos mismos monopolios. Y la resistencia que esa evidencia genera, fuerza a la clase dominante a pasar a la "economía" de la violencia, modificando la Constitución para poner el pago de la deuda por delante de desahuciados, pensionistas o enfermos, reformando el Código penal para criminalizar a los que protesten por ello, acentuando la violencia represiva,  todo encubierto en un lenguaje demagógico de supuesta defensa de la democracia que en realidad destruyen. Algo similar a lo que hizo Videla, que en el manifiesto del golpe militar decía que su propósito era "la instauración de una democracia, republicana, representativa y federal" (sic!), además de brindar "a la iniciativa y capitales privados, nacionales y extranjeros, las condiciones para una participación fluida en el proceso de explotación de los recursos", todo ello bajo la "vigencia de los valores de la moral cristiana y la tradición".

Esta doble moral totalitaria que reduce la diferencia entre parlamentarismo y dictadura, es representada por Botto mostrando cómo se desvía nuestra atención del saqueo social que realiza el capital financiero y sus gestores políticos,  señalando al inmigrante desesperado como peligro de "nuestro bienestar"; o  trasladándonos la culpa de sus estafas, como la estatización de la deuda de banqueros y especuladores: "la deuda pública es porque vivisteis por encima de vuestras posibilidades". O apelando a una fatalidad del destino. Y para asegurarse la impunidad luego proclaman la reconciliación entre verdugos y víctimas sean torturadores y torturados o banqueros y desahuciados, desalentando cualquier intento de reparación, porque, inalcanzable el infinito (la justicia completa), nos dicen,  no tiene sentido perseguir la condena de un puñado de verdugos, pues "dos está tan lejos de infinito como diez". Botto nos invita a rechazar la pretensión de que asumamos dócilmente la moraleja paralizante de esas ideas y nos empuja a la acción, para buscar un diez o "arañar un 3" que está a un paso menos de infinito que 2.

Además, rompe en pedazos la falsa realidad que oculta "trozos invisibles" de la existencia humana, para representarnos a todas/todos como borregos felices en este mundo de crimen organizado por una clase parasitaria que comercia con la vida. En esa ruptura de la "realidad oficial" que la clase dominante nos inculca, Botto como hicieran grandes escritores como Lorca, Brecht, o Benedetti y muchos otros, nos habla del compromiso. Compromiso con el arte, que nos presenta la esencia del mensaje de forma elíptica pero con la ambigüedad justa para empujar al espectador a esforzarse por pensar, por crear para sí una representación de los personajes que permita representarse a sí mismo de forma no alienada, tal como realmente es. Pero nunca tan ambiguo como para adoptar una neutralidad al servicio del falso "interés general" que es el interés de la clase dominante, la que nos somete mediante sus sicarios, de la picana o de la pluma, de las finanzas o ministerios que gestionan los intereses de la minoría social a costa de la mayoría. De ese modo, la obra nos sitúa, desnudos, en el dilema del ser humano-trabajador: aferrarnos a la falsa imagen de nosotros construida por los que se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno ("clase media", equidistante entre trabajadores y explotadores), o reconocernos como seres que vivimos de nuestro trabajo, trabajadores, en colectivo, y actuar en consecuencia, denunciando la crueldad de un sistema que nos destruye como personas para convertirnos en gozosos consumidores cómplices de la violación de derechos humanos. Cuando consumimos productos de multinacionales europeas que producen en China, India o Brasil –con el auspicio de los gobiernos "democráticos" occidentales- utilizando directa o indirectamente trabajo esclavo, incluso de niños, además de ayudar a cargarnos nuestras fuentes de trabajo, nos convertimos en cómplices de esas violaciones. Reconocernos como trabajadores, seres humanos sociales que creamos la riqueza,  implica no sólo resistir a la barbarie porque la clase dominante aspira a utilizar su crisis para convertirnos en esclavos que compiten con los modernos esclavos de Asia o África, sino también implica la tarea de liberar de la esclavitud y la barbarie incluso a los esclavistas.

En esta obra maestra Botto consigue quitar el velo que oculta trozos invisibles de este mundo. Pero, como sabemos gracias a El Principito de Exupery, también lo esencial es invisible a los ojos. La invisibilidad de los torturados, humillados y explotados de este mundo capitalista urbi et orbi es necesaria para ocultar la esencia criminal del sistema,  ocultar que la extrema riqueza del 1% de la humanidad que soborna con espejitos (coches o relojes de marca y mucho consumo prescindible) a la conservadora "clase media" —15% de la humanidad—, se consigue a costa de la violación de derechos y la miseria del resto, la inmensa mayoría invisible. Botto no se conforma con hacer del arte un "instrumento científico", que desvela un interrogante, y nos recuerda que no basta quitar velos, también es necesario hacer justicia. Que los sicarios de todas las esferas, sepan, como Videla o su ministro de Economía, condenados por la justicia, que no tendrán olvido ni perdón. De modo que trepando por el sistema numérico, 2, 3...10, pero también por el alfabeto, alcancemos finalmente el infinito, que es sólo un peldaño más para construir la verdadera humanidad.