Otras miradas

No hay drogas en el Atlantic College de Leonor

Vista general del United World College of the Atlantic, en el Castillo de St Donat, en el Valle de Glamorgan, en Gales (Reino Unido), donde la princesa Leonor estudiará el bachillerato el próximo curso escolar. EFE/EPA/Pippi Reader/UWC ATLANTIC
Vista general del United World College of the Atlantic, en el Castillo de St Donat, en el Valle de Glamorgan, en Gales (Reino Unido), donde la princesa Leonor estudiará el bachillerato el próximo curso escolar. EFE/EPA/Pippi Reader/UWC ATLANTIC

Edward y Jacquie quieren lo mejor para sus hijos. Ella lo repite porque decirlo le satisface: poner en palabras su sentido de la maternidad la distingue; quiere lo mejor para sus hijos, y algo de ello puede comprar. El dilema es que no saben qué es lo mejor (familia, escuela, amigos, barrio). En Inglaterra le dan suma importancia al colegio. Jacquie viene de padres divorciados. Lleva una profunda herida por el fracaso matrimonial del que no es responsable. En su pasado, siente el vacío de una familia de las que anuncian turrones para Navidad. La ausencia, tan relevante como la presencia. Edward entró a los 7 años al internado Winchester, el más antiguo de Inglaterra, de 1382, lloró en silencio entre las sabanas frías las primeras noches, luego se acostumbró a todo. No desea que sus hijos vayan a internado para la primaria, sí para la secundaria a los 11 años.

Los amigos de Edward y Jacquie  son ricos de, al menos, tres generaciones; de baja  aristocracia con título, aristos; y varios meritócratas. Poseen casa en Londres y en el campo: los que la han heredado, en las colinas de Malvern; los que la han adquirido, en Cotswolds. La conversación en las dinner parties transcurre a menudo por la senda de los internados para sus hijos. De salud y de dinero no se habla: es vulgar. Tienen sentido del humor sofisticado e ingenioso; hacen chistes sobre sus costumbres, y disfrazan la nostalgia imperial. Se sientan chico-chica-chico-chica lejos de la pareja. Cuando brotan las chirigotas verdes, antes de que salte la chispa política, se retiran con ellas al volante: Let’s call it a day.

En Gran Bretaña, el 93% de los alumnos asiste a la escuela estatal y el 7% a la privada. Edward, propietario de un fondo de inversión registrado en Malta y operativo en Mayfair, y Jacquie desconocen estas cifras, pero las detectan. Sí saben el precio de los internados, entre 30.000 y 50.000 euros anuales, se puede pagar por año, trimestre o mes, por adelantado. Otorgan becas del 10, 20 o 30% de descuento. Los solicitantes tienen que demostrar que son listos. De 40.000 euros pueden pasar a 28.000. Las becas son las credenciales benéficas y el ethos de la institución. Admiten una docena o una veintena de cerebritos gratis para dar oportunidad a algunos pobres con capacidad de estudio. Los cerebritos callan y pierden la vista en la lejanía al regreso de vacaciones o al ordenar los armarios; se sienten incómodos y se vuelcan en el estudio. Sus notas suben la media del centro.

El círculo de Edward y Jacquie son gente abierta, con mollera; la mayoría votaron contra el Brexit, aunque no lamentan la derrota. A la campiña le llaman Brexitland. En agosto viajan a Italia o a Francia. Para fin de año y vacaciones de febrero van a los Alpes a esquiar. En junio llega la temporada: el tenis en Wimbledon, las regatas en Henley y las carreras en Ascot. Por entonces ya tienen las plazas en internados para septiembre. En octubre Jacquie visita colegios para su primogénita. La solicitud se hace antes de Navidad para obtener respuesta en febrero, lo que da margen para el plan B y C si falla el A.

Las opciones se perpetúan por generaciones: Para chicos Eton, de 1440, Harrow, 1572, y Winchester, 1382; para chicas, Roedean, de 1885, Saint Mary’s Calne, 1873, y Down House, 1907. Siguen la tradición de la enseñanza segregada de sus antepasados. No obstante, Jacquie y otros del grupo tantean los internados mixtos: Marlborough, de 1843, desde 1968 mixto, y Atlantic, de 1962.

-Los colegios unisex ofrecen mejores resultados académicos -se cuentan de unos a otros para reafirmarse en su sistema educativo y sus costumbres.
-Kate Middleton fue a Marlborough, y ha escalado -Jacquie lo pasó mal en Marlborough por la incertidumbre de no saber nunca adónde le tocaba ir al salir del histórico edificio; si con su padre o con su madre.
-El Atlantic es para extranjeros, de la década hippy. ¿Quién lo conoce aquí? -pregunta Edward con indiferencia, sin obtener respuesta.

El grupo de amigos habla de personas según la clase social, working, middle, upper, class en una jerarquía que corona la realeza y se difumina por debajo de "los que han comprado sus propios muebles". Especulan sobre la inglesa que sale en los medios, Karen Matthews, la madre que ha planificado el secuestro de su hija para cobrar la recompensa ofrecida por un periódico. Ella también quería lo mejor para sus siete hijos de cinco padres, atrapada en su propio destino, les dio lo peor. En la tele Karen llama princesa a su hija retenida por un compinche durante un mes. Nombrar a malas madres, reconforta a las buenas. Jacquie ha conseguido plaza para su hija en el internado de Roedean así que cuenta su visita a Atlantic College, para extranjeros, de tiempo hippy.

Tardó tres horas de coche desde Londres a los verdes valles de Gales, a un castillo más cerca de Cardiff que de Swansea. Una Cicerone la invitó a una taza de té, mejor café, en una sala de paredes de madera en las que colgaban los retratos de las directoras de la escuela: sólo había ocho. En los otros internados, los marcos forman serpientes que salen de la recepción por las paredes del corredor hasta que se pierden en la lejanía. En el periplo Jacquie siempre hace las mismas preguntas.

-¿Qué decálogo aplican en drogas?-

-¿Drogas?-, chirrió la Cicerone: Aquí no hay drogas.

Jacqui ensanchó los labios forzando una sonrisita y fingió creérselo. ¡How patronizing!, concluía de regreso a Londres con Edward por el altavoz del móvil. En el siguiente encuentro con sus amigos contaba con sorna el embuste de que en el Atlantis nunca han pillado a nadie liando un porro. ¡How patronizing!, balbuceaban al unísono el grupo de ingleses sobre el internado que no tiene manual antidroga.