Otras miradas

Vale hoy escribir para algo

Escribir apesadumbrado parece condición necesaria para el que junta palabras en un periódico. La gravedad de lo negativo se considera que otorga criterio, como si fuera un acto de martirio religioso por el que se opta como un enorme sacrificio social. El que escribe parece que está declarando, como un predicador milenarista, que tiene la enorme responsabilidad de nombrar los males del mundo mientras que el resto, es decir, aquellos a los que se dirige, andan ufanos e inconscientes en un estado de felicidad lisérgica. Ya me perdonarán el lenguaje, pero qué auténtica gilipollez.

Claro que el periodismo debe ser el fiscal del resto de poderes de una sociedad, aunque a menudo acabe resultando sus relaciones públicas. Claro que la prensa debe señalar aquel despropósito maquillado con eufemismo, contar la historia que queda incógnita por su fealdad, mostrar el incendio, pero sobre todo averiguar quiénes han sido los inductores. Salvo la ficción, donde el que maneja el teclado maneja también el devenir, como una deidad con tendencia a la bebida y que apenas suele sobresalir de la pobreza, escribir sobre la realidad te impone la regla de lo sucedido. La verdad siempre mancha.

Al margen, digo, del carácter de clase del negocio de la prensa, de su tarea no declarada de ser más modeladora de la actualidad que cronista distanciado, a menudo lo que hay es lo que hay. Y a menudo, también, el lector, no sé si por educación o por decisión propia, prefiere lo oscuro a lo esperanzado. Sí, la manifestación, a la que todos exigimos que transcurra en paz, se cuenta, o al menos se cuenta más, si al final acaba con disturbios. Y eso es una deducción que no justifica nada, pero de la que los que escribimos deberíamos sentirnos, al menos, un poco responsables.

Pero hoy no quería ir por ahí. Sino por ese otro género que, teniendo la realidad como materia prima, se permite el privilegio de ajustarse menos a lo sucedido que a la impresión que el que junta las palabras tiene de lo sucedido. Columna, opinión, narrativa en prensa con herramientas literarias. Ese espacio donde la firma importa tanto como el contenido. Ese producto donde el regodeo del ego tiene cabida por tradición. Esa parte del periodismo con la que nunca se podría construir lo más sustancial de un periódico pero que le da el carácter, como el vino a una comida.

La opinión tiene una fama pésima, de una década a esta parte cada vez peor. La iconoclastia de las redes sociales, donde todo el mundo hace lo mismo que antes hacían unos pocos, tiene bastante que ver. No hay nada peor para la reputación de una actividad encumbrada por encima de su valor que su desacralización popular. También, cabe decirlo, porque los columnistas que se toparon con el quinquenio de la protesta, 2010-2015, tuvieron mucho más apego a lo que existía que a lo que parecía desafiarlo. Pero sobre todo porque, como decíamos al principio, lo que durante mucho tiempo se consideró como la afilada mirada del mártir de las letras, pasó a ser visto como una simple pataleta de gente anticuada.

Puede que hubiera algo de razón en todo aquello, puede también que se pasara por alto que quizá exista un placer no confesado en que retraten lo peor que tenemos o, más allá, el que nos guste exagerar como público las miserias comunes para sentirnos a salvo, quizá superiores, en ese comentario de sobremesa que tiene a eso llamado gente como protagonista de lo que no queremos admitir. Todos somos gente, pero ninguno hacemos lo malo que se le atribuye a la gente. Quizá sea el espejo social, deformado, que necesitamos para educarnos. Probablemente otros, los que sí tienen una responsabilidad directa en cómo vive la gente, estén tranquilos al ver que preferimos perdernos en el laberinto del comportamiento antes que en los resultados de la desigualdad.

Sí, la opinión ha abusado en magnificar lo negativo, en poner por encima la anécdota llamativa a lo intrascendente de lo habitual, en comportarse como una severa institutriz más atenta a los errores de los figurantes que a los delitos de los protagonistas. El público, que pasó de ser sólo lector a poder ejercer la labor de crítico de los críticos, gracias a la inmediatez digital, pudo devolver los golpes de una manera más directa que dejando de comprar tal publicación o pasando la página con desprecio. El enfado sienta mejor cuando crees, sea o no verdad, que quien te ha ofendido ha tenido que escuchar tu invectiva: el enfado es un sentimiento que requiere para ser satisfactorio un destinatario con nombre y apellidos. Parecía que los nuevos tiempos en los que el papel se había hecho pantalla habían democratizado la reprimenda.

El problema es que, tras casi dos décadas en los que la comunicación se volvió de doble vía, ya no importa tanto lo que escriben los que firman en los medios como la permanente frustración de quien está al otro lado. Todo el mundo tiene derecho a enfadarse y dejar constancia de ello, incluso sin tener razones demasiado fundadas para la indignación. Todos deberíamos tener claro que un desacuerdo no es excusa para desear, en algunos caos de forma organizada, silenciar la voz que nos ha sido antipática. La diferencia entre un adulto funcional y un crío es que el primero debería saber manejar la frustración.

La crítica al crítico ha tomado forma de pataleta pueril, uno que nos hace sacar un dramatismo, teatral pero peligroso, al utilizar generosamente términos como enemigo o traidor porque un párrafo de una columna nos pareció una afrenta. Sí, como hemos dicho hace un rato el negocio de la comunicación tiene unos sesgos y unos intereses que suelen coincidir con el orden establecido, pero no estamos hablando de eso. Al que se le considera opuesto ideológico no se le suele leer, y cuando nos llega algo que nos indigna, lo arreglamos con una crítica genérica hacia eso que llamamos los medios. De lo que hablamos es del marcaje en corto, de poner un punto de mira atroz, al que consideramos afín: no sea que decepcione nuestras expectativas diez segundos.

Y la afinidad, cabe recordar, no es catecismo ni servidumbre, sino coincidencia en una visión general sobre lo que nos rodea. No es que, como lectores, nos hayamos vuelto más exigentes, es que nos hemos vuelto una especie de consumidores guiados por una satisfacción tirana. Hasta ese punto donde nos creemos con la capacidad, una que se ha vuelto real con el poder de presión de las redes, de exigir sacrificios y cabezas rodando. Sin importar siquiera eso que se conocía como trayectoria, como prestigio ganado a base de trabajo, tiempo y acierto continuado. Lo peor no es que el poder de la indignación furibunda sea efectivo, lo peor es que quien escribe lo teme y se achanta confundiendo precaución con rendición. Es bastante triste adular al poder, es aún más patético adular a los lectores.

Quien forma parte del debate público debe aceptar la crítica. Quien trabaja en medios debe saber que las presiones del poder económico y político le van a condicionar habitualmente. Quien tiene de herramienta las palabras, a no ser que sea una especie de rico heredero, debe ser consciente de que la necesidad de llenar la nevera le va a obligar a pensar qué jardines no debe pisar. El que decide contar su presente debería saber que un gesto heroico es siempre más inútil que la constancia de contar lo cotidiano con honradez. También que eso de que los cínicos no sirven para este oficio queda bonito, pero es de una falsedad dolorosa.

Todo esto debería saberlo quien escribe. Y también cualquiera que lee. Lo jodido es que, además de estas barreras, en nuestros días, por quien se hacía esto, a quien se le debía honradez, el público, prefiere la satisfacción de los prejuicios confirmados que el reto de quien le lleva la contraria. Y eso sí que va a acabar de matar a este oficio: escribir no puede ser nunca producto de la adulación, el cálculo y la comodidad. Es preferible equivocarse y pedir perdón a ser un simple masturbador de lugares comunes.

No dejen de criticar a los críticos. No dejen de leer: se lo debemos todo. Pero no pasen de ser lectores con criterio a esforzados censores voluntarios. Ni piensen, por un momento, que hacen un favor al mundo buscándole la ruina a alguien porque un día les tocó la fibra, su fibra. Si quieren un masaje recurran al profesional adecuado. Si quieren una lectura honrada, puede que equivocada, hay que pintar lo que toque con verrugas y todo. Si siguen en este plan de convertir el debate público en un convento semiótico a lo mejor conseguirán que todo lo que se cuente sea de su agrado. Lo más seguro es que lo que sucede ahí fuera no cambie lo más mínimo.

No vinimos a hacer amigos, vinimos a escribir. Lo que nos preguntamos es si hoy, aquí, escribir vale ya para algo. No quieran saber lo que hoy siento al respecto.