Otras miradas

Nosotras también somos mujeres

Una mujer en silla de ruedas durante una manifestación feminista en la Puerta del Sol con motivo del 8-M, en marzo de 2019. E.P./Óscar J.Barroso
Una mujer en silla de ruedas durante una manifestación feminista en la Puerta del Sol con motivo del 8-M, en marzo de 2019. E.P./Óscar J.Barroso

"Además de mujer, discapacitada, lo tienes todo, guapa". Eso es lo que me digo a mí misma, tratando de hacer la broma para que se me atragante menos. Pero aún podía ser peor, aún podría ser migrante o migrante trans con discapacidad. La realidad se encuentra atravesada de múltiples opresiones, inmensas discriminaciones y violencias, conviviendo en ocasiones varias de ellas de manera simultánea, dando lugar a la interseccionalidad.

A escasos días del 8M, yo me detendré en dos de esas realidades que muchas de nosotras habitamos, dando lugar a una doble discriminación, por el hecho de ser mujer y tener algún tipo de discapacidad.

Y mientras escribo estas líneas me pregunto a mí misma en qué me ha afectado el hecho de ser mujer y tener discapacidad. Si bien la mayor parte de opresión que he sufrido me ha venido por el hecho de ser mujer, también he sentido cómo el mercado laboral me ha expulsado a los márgenes del sistema. Esa realidad es la que compartimos muchas de nosotras, ya que frente al 55% de mujeres sin discapacidad que en el entorno europeo trabaja, sólo tiene empleo el 25% de mujeres con discapacidad.  Y además de todo, las mujeres cobrarían de media 3.000 euros menos al año que los hombres con discapacidad. Claro que todos esos datos vienen propiciados por la falta de oportunidades desde pequeñas, porque un 7,5% de mujeres con diversidad funcional no saben leer o escribir, y un 21,1% no han finalizado los estudios de primaria.

Pero más allá de mi caso concreto, en el que la enfermedad me vino de adulta, hay tantas otras realidades de mujeres con diversidad funcional que cabe recordar en un día tan importante para nosotras como es el 8M. La violencia machista suele ser algo bastante generalizado en este colectivo, ya que el 31% de las mujeres con discapacidad afirma haber sufrido violencia de género física, psicológica o sexual (frente al 12% de mujeres sin ella), según los datos de la ultima Macroencuesta sobre violencia contra la mujer. El Estado también ha sido responsable durante años de este tipo de violencias, ya que hasta hace dos días contados se estaban realizando esterilizaciones forzosas en nuestro país. Como lo lees.

¿Y qué dicen las Naciones Unidas sobre esto? Para esta organización, las mujeres con discapacidad "están sometidas a desventajas sociales, culturales y económicas que reducen sus posibilidades de sobreponerse a su incapacidad, por lo que su participación en la vida de la comunidad es más difícil". Este punto nos dificulta participar activamente en movimientos sociales o lugares de incidencia política cruciales para cambiar nuestra realidad siendo protagonistas de la misma. ¿Es quizá por eso que se nos suele olvidar en las reivindicaciones y la agenda?

Además, la autopercepción negativa de nosotras mismas hace que las violencias que sufrimos sean aún mayores. Tal y como explicaba aquí Ana Peláez, vicepresidenta ejecutiva de la Fundación CERMI Mujeres, "la influencia de la discapacidad en la imagen corporal de la mujer, no ajustada a los cánones de belleza femeninos que los medios de comunicación crean y difunden, hace que en muchas circunstancias las mujeres con discapacidad encuentren mermada su autoestima". Todo ello hace que la propia discapacidad afecte negativamente en el "mantenimiento de relaciones sociales, sobre todo, de índole afectiva. En general, la percepción de la mujer con discapacidad es errónea e insuficiente, se la considera asexuada y limitada intelectualmente", afirma Peláez.

A la baja autoestima se suma también en muchos casos la infantilización relacionada con las personas que necesitan cuidados especiales. Eso tampoco facilita que se las vea como sujetos ‘deseantes’, algo común todas las mujeres. Y, cuando se plantea su sexualidad, suele realizarse en términos reproductivos, al comentar el problemón que supondría que se quedaran embarazadas, como ha estado ocurriendo con las esterilizaciones forzosas.

En ese sentido han ido surgiendo iniciativas en los últimos años, como el documental Yes We Fuck, que rompe con la normatividad de los cuerpos, poniendo el foco así en una realidad completamente olvidada por la ficción. Cuerpos no normativos teniendo relaciones sexuales ha sido algo revolucionario y necesario. Ojalá más documentales así.

Ahora que el debate gira en torno a qué es y qué no es mujer, me resulta curioso a la vez que alarmante que no se piense o hable de nosotras lo suficiente y se pase de puntillas por el tema. El hecho de que se nos considere como seres asexuados no ayuda y hace que se nos aleje de cualquier tipo de reivindicación acorde a nuestro género. Ni somos mujeres, ni dejamos de serlo, pero tampoco importa.

Este año la agenda ya estaba marcada previamente por ciertos intereses de debate y se han dejado de lado otros muchos temas fundamentales que básicamente pasan por hablar de las más vulnerables, ya sea por raza, clase social, discapacidad, precariedad o por ser personas LGTBI. Como mujer con discapacidad encuentro a faltar que se hable más de nuestra realidad, igual que obviamos tantas otras. Estamos tan inmersas en el ruido diario de las redes sociales o de los medios, que a veces no somos conscientes de todo lo que nos queda por reivindicar y cambiar. Tampoco nos lo ponen fácil, dicho sea de paso.

Ante este panorama de desigualdad social, se hace fundamental encontrar nuevos equilibrios entre valores y respeto a la diferencia y la disidencia que permitan una participación real de la mujer en igualdad. Las mujeres con discapacidad también contamos porque también somos mujeres. Somos mujeres atravesadas por discriminaciones múltiples y violencias. Repensemos un feminismo lejos de los focos, el ruido y las agendas marcadas, que nos incluya a todas y termine con todo tipo de discriminación.