Otras miradas

UK: en busca del imperio perdido

Luis Moreno

Profesor Emérito de Investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Un hincha ondea la bandera británica desde su coche tras un partido de fútbol en Glasgow. REUTERS/Jason Cairnduff
Un hincha ondea la bandera británica desde su coche tras un partido de fútbol en Glasgow. REUTERS/Jason Cairnduff

"Solitude sometimes is best society"
(A veces la soledad es la mejor sociedad)
Paradise Lost (El paraíso perdido), 1667, John Milton

¿Por qué Dios permite la pérdida de la condición imperial al Reino Unido?

Para el UK el paraíso hoy en día es recobrar su condición imperial tras el portazo a Europa, continente y civilización de su origen civilizatorio. El Brexit debería interpretarse como el canto de cisne por ocupar su rol imperial, como sucedió durante el largo reinado victoriano del siglo XIX (Britannia rules). Pero las cosas no le han salido bien al inefable Boris Johnson, tras la pérdida del trumpismo de la presidencia y el control legislativo en EEUU.

Tendrá que esperar, al menos, hasta diciembre de 2022 cuando se celebren las mid-term elections y se sustancie la vuelta republicana de bloqueo en el Congreso estadounidense. Su implícita aceptación de ser el ‘perrito faldero’ en un mundo anglobalizado WASP se ha trocado en un forzado realineamiento geopolítico con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca: ‘Bye, bye American Pie’.

Ahora el nacionalismo inglés insiste en sus ‘aires de grandeza’ en solitario. Representado por un conservadurismo irreconocible, necesita hacer creer a una minoría de votantes (convertida en ramplona mayoría numérica con el mayoritario sistema electoral británico) que los hijos de Albión son ‘superiores’ a los del resto de sus hermanos europeos. Ellos están para ser dominadores y no dominados por la eurocracia bruselense. El nuevo enfoque Tory es, en aras de la brevedad expositiva, presentar al Reino Unido como la contrafigura de la Unión Europea y convertirlo en la Global Britain que el extravagante BoJo anunciaba que devendría cuando se consumase el Brexit. Así, tanto UK como UE serían contrincantes en paridad en busca de la influencia mundial.

A tal fin, el despliegue de la política de confrontación (confrontational politics) y el autointerés (self-interest), pilares basilares de la cultura política inglesa, se intensificará en tiempos venideros. El caso del embrollo de la vacunas de AstraZeneca o del backstop irlandés no son sino fuegos de artificio de la dura pelea comercial por venir. Ya anunciaba el clarividente Jacques Delors, cuando era presidente de la Comisión Europea (1985-95), que el deseo del UK para integrase en la CEE estaba motivado por el egoísmo. "Queremos que nos devuelvan nuestros dineros", clamaba en 1989 Margaret Thatcher en un despliegue de ruin soberbia hacia una UE que había ayudado notablemente al Reino Unido a confrontar sus problemas económicos durante los años 60, cuando los gobiernos británicos acudían a Washington DC a suplicar créditos al Fondo Monetario Internacional para superar una ominosa recesión.

Ahora es una partida nueva. ‘Segraim’ (cblrpaem), por tanto, como se dice en ruso al inicio de una nueva partida de ajedrez y se repite en la muy entretenida serie, Gambito de Dama. El aislacionismo por sí mismo conduce a poco. Tampoco lo hace la vieja idea imperialista de la fortress Britain, en la que la gran isla británica sería un portaviones en mitad del Atlántico comandando a discreción sus intereses geoestratégicos sin depender de la Europa continental o de los ‘pardillos’ (rednecks) estadounidenses, como implícitamente bromeaba en sus tertulias intoxicadas sir Winston Churchill.

El Reino Unido es una potencia nuclear. Ese es su principal argumento para dominar y controlar en los tiempos que corren. Un reclamo convincente por la fuerza de sus argumentos.

La noticia ha sobrevolado sigilosamente las páginas mediáticas y digitales estos últimos días, pero es muy reveladora. El gobierno de BoJo ha dado un giro de 180º a su tradicional política de decenios de no proliferación nuclear. En la era post Brexit y para mantener su posición de fuerza en las guerras comerciales contra sus ex socios de la UE y, frente a la pujanza de otras regionales mundiales, hay que (de) mostrar el músculo de su poderío militar.

La Estrategia Integrada de Política Exterior y Defensa publicada hace unos días incorpora un incremento de hasta el 40% en el límite de cabezas nucleares Trident que mantiene el Reino Unido (de las 180 actuales a 260).

No se crean los ‘aficionados’ de nuestros emblemáticos think-tanks hispanos que el argumento no se empleará en las diatribas sobre asunto ‘menores’ como el de Gibraltar. Recuérdese que, pocos días tras la comunicación formal del Brexit en 2017, la primera salva de incontinencia oratoria, protagonizada por Michael Howard, ex líder del Partido Conservador, fue que el Reino Unido defendería la libertad de los 30.000 ‘llanitos’ (como se les conoce coloquialmente a los gibraltareños), incluso mediante la fuerza militar. Afortunadamente, el propio Fabian Picardo, ministro principal de la colonia británica, reaccionó a tales declaraciones reiterando que nadie quiere oír hablar de guerra.

El populismo reaccionario anglo norteamericano de los Trump y Johnson incita el peligro para una nueva devastadora guerra mundial. La UE debe ponerse la ‘pilas’ para proteger su Modelo Social sustentado en la igualdad, fraternidad y libertad de sus ciudadanos. Dentro de pocas semanas se anuncia la celebración de unas elecciones cruciales en Escocia. Si los nacionalistas secesionistas repiten su éxito electoral, podría convocarse un referéndum de separación como ya sucedió en 2014 (45% a favor y 55% en contra) Téngase muy presente que en el posterior referéndum del Brexit en 2016 todas las circunscripciones escoceses votaron a favor de permanecer en la UE. Si el nacionalismo inglés permite que vuelva a celebrarse otro referéndum de independencia, los ‘valientes’ escoceses tendrán una oportunidad histórica para reafirmar su voluntad de permanecer en una Europa unida. Hace pocos años se adoptó Flower of Scotland como himno oficioso nacional. Pero la vieja Caledonia romana siempre ha tenido en los tiempos modernos a Scotland, the Brave como su auténtico referente musical histórico. Es hora de volver a demostrar su valentía frente a la agresividad de las cabezas nucleares (paradójicamente guardada en los arsenales de las costas escocesas de Faslane). Y rehuir de cobardías.