Opinion · Otras miradas

Cambiar el ritmo para desbordar

Raúl Camargo

Diputado por Podemos en la Asamblea de Madrid y Anticapitalista

Raúl Camargo
Diputado por Podemos en la Asamblea de Madrid y Anticapitalista

Que estamos viviendo una época excepcional no es un secreto para nadie. Esta excepcionalidad se nota mucho en un detalle: el curso de las cosas no se detiene en verano. Lejos del parón tradicional que acompaña a la estación estival, este año será un periodo más de la batalla en curso. Es momento de preparar nuestros efectivos, de hacer balance y de organizarse para los próximos retos.

Porque la lucha de clases no se toma vacaciones. Los periodos electorales suelen presentarse como el momento “por excelencia” de la política, pero mientras tanto la realidad sigue cargada de hechos de enorme trascendencia que no pueden esperar a ser resueltas en las urnas. Uno de los “trucos” típicos de la ideología liberal es confundir lo político con la representación. Una fetichización de la política que solo se nos muestra públicamente bajo su disfraz representativo, escondiendo su piel cultural, sus músculos sociales y su esqueleto social. Desde ese punto de vista, todo lo que pasa fuera de los parlamentos no es político, sino que responde a leyes naturales, inmutables, que funcionan solas al margen de cualquier tipo de decisión. Un buen ejemplo de ello es el “caso Alfon”: un joven vallecano condenado a cuatro años de prisión en un proceso muy poco claro y con evidente intencionalidad política. En medio de un clima de hartazgo con el Partido Popular y sus políticas, se confirma una condena injusta que tiene como objeto criminalizar y aislar otros tipos de lucha, como si la única legítima fuera la “institucional”, con sus mociones y sus camisas paseándose por el hemiciclo. Como si el monopolio de la política la tuviesen los “representantes”.

La jugada es obvia: el Régimen está tratando dejarnos claros los límites en los que nos tenemos que mover, los contornos sagrados dentro de los cuales se puede desarrollar el conflicto entre ricos y empobrecidos que subyace en la sociedad, que atraviesa y rodea las instituciones, haya o no elecciones, sea o no verano. El mensaje viene a ser: “¡Limitaos a presentar mociones parlamentarias y recursos judiciales, pero no hagáis manifestaciones, no os organicéis en los barrios, no hagáis ocupaciones ni huelgas!”.

El problema para las élites es que desde las pasadas elecciones municipales y autonómicas han irrumpido en las instituciones actores que no “santifican” la política institucional, sino que la consideran parte de un movimiento más amplio, que se da en muchos otros ámbitos además de en los hemiciclos. De esta forma, todas esas luchas tienen ya un apoyo, una conexión, un altavoz en las instituciones. No es algo secundario: si conseguimos que todas esas esferas se complementen, se desarrollen mutuamente, conseguiremos crear un gran movimiento popular que, desde el pluralismo y la radicalidad, sea capaz de cambiar las cosas. Más conexiones para que “nuestro número sea ilimitado”, como decían los obreros ingleses en el siglo XIX.

Esa debería ser nuestra fórmula ganadora para las próximas elecciones generales. Por eso, todo el debate de cómo afrontar los próximos comicios debe centrarse en ese punto: cómo generar un movimiento tan potente y multitudinario que reviente las urnas y nos dé el gobierno. Para ello no basta con repetir ni los viejos mantras de la unidad de las siglas de la izquierda ni los de la unidad en torno a “mi marca”. La clave es un sistema de asambleas y primarias unitarias y proporcionales, cuya circunscripción sea lo más cercana posible, en donde se debata de política y no de cargos, con un programa en el que se reconozca todo el movimiento: ganar las elecciones para abrir procesos constituyentes, frenar la austeridad, y auditar la deuda y la administración pública. Ir a las elecciones sin abrir ese movimiento es una posición conservadora que simplemente nos permitirá alcanzar buenas posiciones, pero no echar al PP y al PSOE para abrir un nuevo ciclo, ni mucho menos prepararnos por abajo para gestionar una eventual victoria electoral. Es imprescindible ir generando ambiente y organización para el “día después”, ya que, tal y como se ha demostrado en el caso del Ayuntamiento de Madrid con el llamado “caso Zapata”, las presiones van a ser enormes y hay que estar preparados para resistirlas y pasar a la ofensiva.

Está claro que no hay soluciones mágicas y que ninguna fórmula por sí sola garantiza la victoria electoral. Pero sí hay fórmulas que nos permiten afrontar mejor este ciclo que, consigamos o no ganar las próximas elecciones generales, será largo y tumultuoso. Quizás la mejor lección estratégica de los últimos tiempos se encuentre en el último comunicado lanzado por las y los trabajadores de Telefónica que han sostenido estos meses una huelga histórica: “Hemos ido superando etapas y ahora estamos en un momento en el que, para poder continuar la lucha con garantías, debemos cambiar la fase de la misma”. Ahí está la clave: toca cambiar el ritmo para desbordar.