Otras miradas

Vargas Llosa y Fujimori, la vergonzosa reconciliación

Juan Manuel Robles

Escritor y periodista. Parte de la selección Bogotá 39. Finalista del Premio Nacional de Literatura del Perú y del Premio Fundación García Márquez.

A la izquierda Keiko Fujimori (AFP) y a la derecha, Mario Vargas Llosa (EFE)

Ventanas de Zoom. Nueva normalidad. Mario Vargas Llosa saluda con entusiasmo a Keiko Fujimori. "Te veo con mucha luz en el fondo. Bonita luz arequipeña, ah", dice el Nobel. Keiko sonríe como una fan.

Todo el mundo estuvo esperando que si Vargas Llosa se reconciliaba con un enemigo mortal ese fuera Gabriel García Márquez. Cómo soñó mi generación ese reencuentro, ese apretón de manos de dos caballeros andantes de la literatura universal. Hasta un joven narrador imaginó esa escena fantástica en un relato lleno de luz. Pues nada, García Márquez murió en el 2014 y nunca hubo tal acercamiento. Pero Vargas Llosa sí viviría para mostrarnos una reconciliación aun más impensada. El encuentro con un Fujimori, específicamente con la hija del hombre que le ganó las elecciones y se volvió un autócrata abusivo, hoy preso por corrupción, homicidio y secuestro. Su enemigo a muerte, su némesis.

Esta reconciliación no parece una victoria del espíritu. Más bien, la confirmación de algo que en el Perú nos negábamos a ver: la decadencia de un Nobel que perdió toda rebeldía, devenido en alfil de la ultraderecha mundial. De esos que por evitar que gane una opción de izquierda (la de Pedro Castillo) son capaces de todo.

—Sé que vas a debatir en mi tierra, Keiko, rodeada de volcanes, ah… —dice el escritor como quien le habla a una nietecita boba.

Pasé esos días riéndome de la perplejidad con que tomaron varios amigos escritores la noticia de que Vargas Llosa votaría por Keiko Fujimori, de su tono de decepción. ¿Why, Varguitas, why?

Por supuesto, desde afuera parece más lógico un acercamiento del Nobel con lo peor de la derecha facha. ¿Por qué en el Perú era tan difícil verlo? Simple: lo que resguardó la imagen de Vargas Llosa en su país fue que cada que había elecciones presidenciales —cada cinco años— él irrumpía en escena para oponerse justamente a la amenaza de los Fujimori. Ahí estaba el Nobel, pura gloria y estampa, llamándonos a no votar por Keiko, recordándonos que él también había estado en la primera línea de la lucha contra Fujimori padre, a fines de los noventa. Eso le dio grandeza y provocó una confusión: como defendía una causa buena oponiéndose a poderosos de derecha, eso lo movía al centro. Así que entre los progresistas lo veían como un "libertario", un hombre de ideas avanzadas y hasta de sensibilidad social.

Nada que ver. Bastaba echar un vistazo a la prensa internacional para saber en qué andaba el escritor, en qué consistía su cruzada. Vargas Llosa dirige desde hace años la Fundación para la libertad, una institución que promueve el lobby contra los regímenes con algún tufillo "socialista". Allí, gente como el disidente cubano Carlos Alberto Montaner advierte al mundo de la infiltración cubana que, según él, quiere tomar el poder en Colombia, o celebra el embargo impuesto por Estados Unidos al pueblo venezolano. Allí el presidente colombiano Iván Duque se despacha criminalizando a quienes protestan contra él. Allí va a el boliviano Tuto Quiroga a decir que el "tirano" Evo Morales hizo fraude (ya está comprobado que no hubo tal cosa). Allí Vox no es mal visto y se alaba sin pudores a Cayetana Álvarez de Toledo. Allí Álvaro Uribe, el presidente colombiano, es un semidiós.

Que Vargas Llosa no apoyara a Fujimori era una excepción, casi una excentricidad producto del resentimiento remanente por una rencilla demasiado distante (Fujimori le quitó la presidencia en 1990, cuando Vargas Llosa estaba a punto de ganar).

Aun sí, el paso actual ha implicado un impresionante cambio de discurso. En 2011, cuando Keiko Fujimori pasó a la segunda vuelta con Ollanta Humala —una situación similar a la de hoy— Vargas Llosa dijo: "Para mí el mal mayor es el retorno de la dictadura de Alberto Fujimori a través de persona interpósita de su hija. Creo que el mal absoluto para una sociedad es una dictadura, y la de Fujimori fue de las más crueles, corruptas y sanguinarias".  Interpósita, nunca olvidaré que usó esa palabra. El fujimorismo es el partido de los testaferros y suplantadores, de las recaudaciones millonarias de fondos (mal) sustentadas por cócteles.

Ahora, con su apoyo veloz a Keiko, muchos pueden ver lo que algunos vimos hace tiempo: la frivolidad de un hombre que se empeña en hacerle ascos a Evo Morales —le dedicó un artículo burlándose de su vestimenta— pero que se pone de pie para aplaudir al colombiano Álvaro Uribe, el de la mano dura y el paramilitarismo; un hombre que escribe piedras (de toque) sobre los presidentes neoliberales: alabó a Macri y enalteció la Colombia de Iván Duque, toda una "envidia" para la región, poco antes de las masivas protestas en ese país.

Y aunque no me sorprende el llamado a votar por Keiko, nunca imaginé este desborde de buena onda, estas sonrisas virtuales, este inicio de una bella amistad:

—Quiero disculparme porque no pude ir a Quito— decía Keiko haciendo referencia al encuentro en esa ciudad de la Fundación.

—Oh, el Poder Judicial no permite que nos acompañes… —respondía Vargas Llosa comprensivo, casi con puchero, como quien habla de las malas condiciones del clima.

Keiko Fujimori no pudo viajar porque tiene impedimento de salida del país, debido al juicio que se le sigue por lavado de activos. El fiscal la considera la jefa de una organización criminal, y ha pedido 30 años de cárcel para ella. De hecho, estuvo presa. Salió por el riesgo de contraer la covid en plena pandemia. Cuando Vargas Llosa se opuso a Keiko Fujimori, en 2011 y en 2016, ella era la sucesora y la representante, la continuidad simbólica (sus defensores decían "ella no es su padre"). Hoy Keiko no es solo una hija; tiene prontuario propio.

—Yo misma fui y me entregué —le dice ahora a Mario (así lo llama, Mario), como para demostrar que es una buena chica y que cumple las leyes.

Semanas más tarde, se realiza una ceremonia promovida por Vargas Llosa y su hijo Álvaro para lavarle la cara a Keiko Fujimori. En el centro colonial de Arequipa, algunos personajes ilustres se reunieron para oír a Keiko hacer un "juramento por la democracia". Esos ilustres incluían a lo más rancio de la derecha peruana y nada menos que el líder opositor venezolano Leopoldo López, quien llegó a Lima sin visa —los venezolanos la requieren para entrar al Perú— pero que pudo pasar gracias a una llamada de Vargas Llosa. Ya en el 2016 Keiko había firmado un compromiso similar.

Es raro lo que ocurre en el Perú: se le pide a una candidata que prometa por escrito que no quebrará la ley. En ese compromiso Keiko dijo que iba a respetar la democracia y no daría golpes. Pero boicoteó al presidente Pedro Pablo Kuczynski al punto de forzarlo a renunciar. Su palabra vale poco. Las encuestas han demostrado que la cantidad de gente que no cree a Keiko es tan grande que incluye también a los que votarán por ella.

A Vargas Llosa no parece importarle, con tal de que la izquierda pierda.

—¡A ganar las elecciones y a hacer un buen gobierno! —dice despidiéndose y se desconecta (del Zoom, de la realidad ya está fuera hace tiempo, más o menos desde sus primeras portadas en Hola con la Preysler).

Qué fea esta reconciliación del Nobel con Keiko Fujimori. Tiene más sabor a pacto desesperado, o peor, reaccionario. A estigmatización de toda propuesta social que parta de abajo. Vargas Llosa no le ha dado a Pedro Castillo ninguna oportunidad, se ha limitado a despreciarlo y a decir que si gana no volverá a haber elecciones en el Perú. Ha hablado del comunismo de países como "Cuba y Venezuela", como si no hubiera otros espejos en qué mirarse: José Mujica en Uruguay y Evo Morales en Bolivia, por ejemplo. "Keiko Fujimori representa la libertad y el progreso y el señor Castillo la dictadura", declaró enfático el autor, el mismo autor que nos enseñó en sus libros que la realidad es siempre más compleja y rica de lo que parece. "El humano más dañino es el fanático", había escrito mucho tiempo antes. Y tenía razón.