Otras miradas

Desenmascarar al machismo que aplaude

Laura Berja

Diputada, y portavoz de Igualdad del Grupo Socialista

El tenor español Plácido Domingo y el director de orquesta ruso Valery Gergiev, en un concierto en la Plaza Roja en Moscú, en junio de 2018. REUTERS/Sergei Chirikov
El tenor español Plácido Domingo y el director de orquesta ruso Valery Gergiev, en un concierto en la Plaza Roja en Moscú, en junio de 2018. REUTERS/Sergei Chirikov

Auditorio Nacional, 9 de junio. El cantante aparece en escena y el público lo arropa entre vítores, aplausos y una larga ovación. Reaparece tras dos años sin celebrar conciertos. Hasta ahí todo normal, si no fuese porque el aclamado y ovacionado ha sido acusado por más de 20 mujeres de acoso sexual. El aplauso no era al artista, aún no había empezado a cantar, el aplauso era al hombre.

El elogio al hombre lanzaba un mensaje claro: agredir sexualmente a una mujer no es tan grave. Tampoco agredir a más de 20 mujeres, una de ellas lo definió como un  "depredador sexual". En este momento, si no antes, algunos de los lectores ya estarán pensando, pero ¿y la presunción de inocencia? No hay lugar a la presunción de inocencia desde el mismo momento en que el propio acusado reconoció los hechos, asumió la responsabilidad y dijo saber que había hecho daño. No hay inocencia si el acusado se declara culpable públicamente.

La violencia sexual convive con la complicidad del silencio o del menosprecio de quienes aún la banalizan o ridiculizan e incluso culpabilizan a las víctimas. Para quienes justifican los abusos, las agredidas o exageran o buscaban sacar provecho, humillándolas así para mostrar su complacencia con los agresores. Si el caso es público, se dan situaciones como las del 9 de junio, en las que presenciamos con horror como el machismo aparece en forma de aplauso y aclamación.

La ruptura del silencio es el estado natural de las feministas que sabemos que es el camino más corto para acabar con la impunidad de los agresores y para acabar con la violencia sexual que sufrimos.

Y aunque resulta imprescindible, no basta con decir "basta ya", no basta con "minutos de silencio", hay que desenmascarar al machismo que aplaude a los agresores, hay que acabar con los silencios de los que ven las agresiones y miran para otro lado, hay que reparar a las víctimas y decirles que estamos con ellas, que nuestro aplauso es para ellas y no para los agresores, y que  tolerancia cero con la violencia machista significa CERO.

Una democracia digna no puede honrar a agresores sexuales. Una sociedad justa no puede homenajear a agresores sexuales.

La futura Ley Orgánica de garantía integral de la libertad sexual será una herramienta fundamental para luchar contra las agresiones sexuales y también para la reparación del daño realizado a las víctimas. Los poderes públicos estamos obligados a apoyar a las víctimas, y se apoya a las víctimas creyéndolas y solo sentirán que las creemos si dejamos de reconocer como héroes o dioses a sus maltratadores, si señalamos su machismo en lugar de ponerle su nombre a una calle.

Los nombres de los espacios públicos en nuestro país son una oportunidad para lanzar un mensaje claro a las generaciones más jóvenes de a quiénes admiramos y a quiénes queremos perpetuar como personas de referencia.   ¿Qué mensaje estamos trasladando si nuestros espacios de convivencia llevan el nombre de agresores? Lo simbólico marca el rumbo de nuestro imaginario y construye nuestra conciencia colectiva. Y es simbólico que por ejemplo en las calles de España falten nombres de mujeres.

La violencia contra las mujeres es una vulneración de los derechos humanos que las sociedades democráticas estamos obligadas a combatir. El reconocimiento no es lugar para agresores, la impunidad tampoco.