Otras miradas

Apocalipsis feminista

David Fernández/EFE

Había una vez una francesa, una norteamericana y una española que se encontraron por sus respectivos en una casa en la isla griega en la que se escribió el Apocalipsis.

La primera tenía 59, la segunda 64 y la tercera 46 y se gustaron a primera vista.

Una jueza, una ironwoman y una periodista con ínfulas de escribidora compartieron vida momentáneamente de manera inesperada y las conclusiones son tan alentadoras como desoladoras.

La francesa tiene dos hijas ya adultas, la norteamericana uno y la española un niño de 10 años que les acompaña.

La jueza se niega a socializar con los hombres que cambiaron a mujeres como ella por "veinteañeras aduladoras" y una pareja así también les acompaña, aunque no en la misma casa. Se pregunta cómo luchar contra el desvanecimiento social que supone tener más de 45 años siendo mujer. No nos ven, repite, es como desaparecer. Y al mismo tiempo se felicita por haber aprendido de sus hijas a no vivir por y para su imagen. Militante por la causa, ya no se cuida como en otras épocas pero le duele sufrir las consecuencias de su cruzada. Y se hace tantas preguntas: ¿Y si fuera al revés, y si ellas fueran las mayores y ellos los que tuvieran que adularlas y desearlas por encima del tiempo? ¿Por qué nosotras somos capaces de enamorarnos más allá de los cuerpos y ellos no? ¿Por qué yo tengo que aceptar a esas que traen a nuestros grupos con las que no comparto nada? "Si no son capaces de sentirse atraídos por mí, si no podrían mantener relaciones sexuales conmigo que tampoco cuenten conmigo para socializar", llega a declarar resentida, dolida, vengadora. Y continúa cuestionando: ¿por qué ellos creen que pueden tenerlo todo? ¿Por qué no se queda con su nueva jovencita y se va a otra parte? Se planta aquí en la misma casa de veraneo donde venía con su mujer (vecina a la nuestra) y pretende tener a su nueva novia con los amigos de siempre y que todos lo aceptemos como si nada.

A pesar del cabreo, admite que la jovencita no es culpable de la situación, aunque sea cómplice de las circunstancias. Y las palabras se transforman en hechos y la jueza sentencia que cada vez que aparezca esta pareja no les dirigirá la palabra. La exmujer que no viene, la que desapareció de su vida obligada, la que no ha venido ni previsiblemente vendrá más, tiene cáncer –él le contó– y eso vuelve a la jueza más radical en su batalla y empieza a cambiarse de sitio en las mesas y la situación se vuelve incómoda.

La otra cosa importante que esta francesa ha aprendido de sus hijas es a no esperar a ser elegidas, a elegir y elegir sin parar.

El último día de vacaciones elige llevar esta lección a sus últimas consecuencias y decide hablar con él en presencia de su nueva novia. Lo hace dentro del mar y, desde lejos, ironwoman y una servidora habríamos pagado por escuchar. Nuestra jueza les cuenta que las mujeres de su edad sufren "aniquilación social", que se siente horrible por la que no está, que tienen que entenderlo y que lamenta si ha vuelto desagradable la estancia. Él llora. La jovencita dice que la edad no tiene nada que ver con amar. La jueza les abraza. No pretende juzgar ni meterse en la vida de nadie, solo contar como sus vidas le afectan, en esta escena de Apocalipsis feminista, entendido en su acepción de Libro de las Revelaciones.

Y mientras pienso eso, también pienso en lo atractiva que resulta en su batalla esta mujer  reflexiva y peleona y en que también puede elegir invitar a la exmujer el año próximo y en las mujeres que tuvieron parejas a las que sacaban muchos años. Me acuerdo de Pasionaria que renunció a su amor por no enfrentarse al partido comunista. Me acuerdo de Colombine, Carmen de Burgos, y de su relación con Ramón Gómez de la Serna aunque también terminara fatal (él la abandonó para irse con su hija, María Álvarez de Burgos). En Amores contra el tiempo, Dolores Conquero escribe sobre ellas y muchas más.

Porque a pesar de algunos finales tristes, las grandes mujeres que hacen grandes cosas han sido deseadas más allá de la gravedad de su carne, más allá de la obviedad del deseo carnal de los cuerpos jóvenes. Hoy, además, probablemente, con los años vamos aprendiendo a amar mejor después de nuestras gravedades. De tanto pensar, pienso también que con esta carne más floja disfruto –¿y, por lo tanto, hago disfrutar?- mucho más que cuando mi carne estaba más prieta.

Y mientras nuestra ironwoman no para de correr y nadar, imagino que conseguimos ser cada vez más las mujeres que hacemos cosas que interesan y enamoran, sobre todo a nosotras mismas. Vislumbro un futuro en el que nos sentimos y nos vemos atractivas más allá de los cincuenta sin operarnos ni estirarnos y tanto lo hacemos que conseguimos llevar esa belleza más real a las portadas, a los imaginarios,  a más camas.

Y miro a mi hijo en la playa y reflexiono sobre su competición continua como juego, como zanahoria, como motivador y sobre cómo todo el grupo internacional le empuja y le anima a practicar el probarse sin parar, el superarse, el pelear sin saber si ganará o perderá.

Nosotras no jugamos a eso. No nos incitan a competir y así no ejercitamos el músculo de la iniciativa y sus riesgos. La idea de estar en el mundo para hacer cosas, la idea de no solo estar abocadas a la vida contemplativa.

Y mientras pienso y pienso y hablamos y hablamos, y el sol y la brisa y el Mediterráneo, nuestra ironwoman corre y nada y nada y corre,  contra su edad y sus propias fuerzas, y nos demuestra que podemos ser lo que nos propongamos. Ella ha empezado a nadar aunque le gusta más correr maratones porque ya se está preparando para cuando su cuerpo la obligue a cambiar de carrera. Lo único que tiene claro es que no está dispuesta a dejar de vivir avanzando.

Ojalá, pienso, le pase lo mismo al feminismo. En las playas cada vez somos menos las que hacemos topless como puro ejercicio de igualdad. Quizá no signifique nada; quizá signifique mucho.