Otras miradas

Mientras no cambien las palabras, nada ha cambiado

Carlos Corrochano

Jurista y politólogo

Sorpresón: en la Semana Negra de Gijón no sólo se habló de libros. Yolanda Díaz aprovechó su participación en el clásico festival literario para introducir la palabra "matria" en el debate público, en contraposición a otro término, el de patria, que está ya lastrado, víctima de una pesada carga semántica. Y, oh, sorpresa —otra vez—, las críticas no tardaron en sucederse. Nada nuevo bajo el sol. Lo que la Vicepresidenta segunda expuso es más que evidente: "patria" es hoy el reverso absoluto de un significante vacío, es una idea difícilmente reformable. Y es que hay expresiones, nociones, imágenes que se resisten a ser transformadas, por más que nos empeñemos en lo contrario. Puede ser que se haya tratado de un globo sonda, de una intervención puntual, pero el discurso de Díaz es oportuno —y relevante— por varios motivos.

En primer lugar, construir lo común requiere a veces de explorar nuevos marcos, de hacer uso de otros conceptos, libres de incómodas mochilas. Esta necesidad de imaginar términos alternativos no es novedosa: a modo de ejemplo, Castelao acuñó el concepto de "Hespaña" para aludir a un espacio político cimentado sobre pueblos autónomos, un lugar querido por ser común y común por ser querido, basado en la tríada de democracia, república y federalismo. En ese sentido, la propuesta de la Ministra de Trabajo no implica caer en lo que Alba Rico llamó la "tentación del cero" —la ingenua creencia en la posibilidad de hacer tábula rasa, de un comienzo sin ataduras—; muy al contrario, apelar a palabras diferentes quizá sea la forma más pragmática de desencallar un debate dado por muerto.

Con esta intención, Díaz ligó el giro conceptual de la matria al énfasis en los cuidados, la igualdad y el diálogo, tres pilares de su discurso y acción de gobierno. Frente a la patria como arqueología y mero conservacionismo, la matria se revela como acto en potencia, todavía naciente. Frente a una idea masculinizada de lo común, vigorizante y testosterónica, el matriotismo como un intento de articular emocional y políticamente un proyecto colectivo de justicia social, diverso y complejo, desde nuestros cuartos propios hasta el ámbito de lo público. Frente a una lógica patriota que se asimila por completo en el cuerpo estatal, la matria apela a un lugar aún extraño, tensionado entre un espacio interior y su encarnación en una comunidad concreta.

El programa de ensanchamiento democrático evocado por la Vicepresidenta pasa por el asentamiento de una colectividad que pueda ser apelada por el mismo. Es de sobra conocido que el patriotismo ha servido en demasiadas ocasiones como salvaguarda de las pasiones y privilegios de los hombres; pese a esto, la matria no se entiende como el reverso total de lo masculino: se trata, en todo caso, de una construcción no viril de lo común. Tal y como apuntó Simone Weil, la distinción clave no es la de patriotismo versus cosmopolitismo, sino aquella entre patriotismo de grandeza y patriotismo de compasión. La matria bebe de esta última forma de nombrar lo colectivo, aderezada a posteriori con elementos de los feminismos y ecologismos. La tesis es sencilla: se necesita un mediador entre un nosotros concreto y la causa de la dignidad humana; y los intermediarios adecuados quizá sean las comunidades libres y plurales. Un País —así, en mayúsculas— que no sea en exclusiva el legado de un pasado monolítico, sino que se vea a sí mismo como catalizador de múltiples futuros.

En segundo lugar, y de forma directa: con el Estado no basta. Además, y ante lecturas reduccionistas, la matria no consiste en una supuesta feminización del aparato estatal; por contra, lo antecede y desborda. El proyecto de ensanchar la base democrática trasciende el estatismo; requiere de medidas como el escudo social que ha desplegado el Ministerio de Trabajo y Economía Social, por supuesto, pero no sólo. Hay que ir más allá de las políticas públicas. Es necesario rodear todas las actuaciones ministeriales de discursos adecuados, de marcos que las doten de sentido. A pesar de los datos apabullantes, la lucha contra la precariedad —el principal conflicto que define nuestra época— no es autoevidente, y precisamente ahí entra en juego la postulación de imaginarios como la matria, que redimensionan la política del día a día, las luchas sindicales, el diálogo social y la propia actividad de la Vicepresidenta.

En tercer lugar, y en línea con lo anterior, la idea de matria activa nuevas dicotomías, de mayor utilidad, política y social, que las simplonas aplicaciones del eje amigo/enemigo, consustancial al lejano impasse latinoamericanizado del panorama político español. Frente a esa lógica adversarial, el discurso de Díaz hace hincapié en otra distinción: comunidad de cuidados versus la atomización social y la precariedad. Ahí están las líneas discursivas del momento actual.

En cuarto y último lugar, la Vicepresidenta habló del matriotismo como algo sobre lo que trabajar, algo todavía por crear. Este es, precisamente, el objetivo de cualquier propuesta abierta, cualquiera sea su naturaleza. No se vende un concepto predefinido; en su lugar, se invita a pensarlo, siempre al hilo de los aportes de Virginia Woolf, Edgar Morin o Julia Kristeva. La matria no nos sucede, no viene impuesta. Con esto en mente, la mayoría de reacciones viscerales a su discurso se pueden leer como una simple pataleta, pura vagancia intelectual o el atrincheramiento en la ortodoxia del lenguaje político clásico.

Pero sí, claro, este discurso tiene sus riesgos. Por un lado, es fácil caer en la esencialización de lo femenino, en la feminización de cualidades como el diálogo, la comunión o la fragilidad. Ante este peligro evidente, se debe puntualizar lo siguiente: reivindicar los valores tradicionalmente asociados a las mujeres no conlleva asentar esos ideales como femeninos. Por otro lado, el giro matriarcal se puede quedar corto, confinado al ámbito de lo simbólico. No se trata tanto de elevar la figura femenina a símbolo de la nación —lean, por favor, el fantástico Mater dolorosa de Álvarez Junco—, como de reconocer la participación de los feminismos, de sus actrices y aspiraciones, como agentes activos en la construcción comunitaria.

En definitiva, la matria no es una invención repentina, un concepto salvífico, un revulsivo milagroso, ni mucho menos una pirueta conceptual sin fundamento. Se trata, sencillamente, de una invitación a retomar un debate enquistado, profundamente problemático: cómo traducir lo común, con qué lenguaje ensamblar lo colectivo. "No todo está dicho. Está dicho lo de siempre" decía el poeta Antonio Orihuela. Pues eso: bienvenidas sean las palabras que nos hagan pensar.