Otras miradas

¿Para qué gobierna la izquierda?

Amadeu Mezquida

Coordinador de Estrategia de Més Compromís

No hace mucho se lio tremenda polémica por las declaraciones del ministro Garzón sobre reducir el consumo de carne. No abundaré en los argumentos que ya se dieron al respecto y en las muchas voces autorizadas que avalan el sentido de esta recomendación. Me centraré en una reflexión que leí hace poco a un miembro de su partido en Twitter: "Que estemos en pandemia no significa que no podamos hablar de otras cuestiones, lo urgente no debe desviarnos de lo importante".

Es cierto, nadie llegó a ningún gobierno con un manual de "qué hacer en caso de pandemia" bajo el brazo. Tampoco nadie nos enseñó cómo funciona eso de los gobiernos de coalición ni nos apuntamos a un curso de créditos de libre elección sobre Cómo gobernar con el PSOE y no morir en el intento.  Ser de izquierdas no es fácil y gobernar con el PSOE en medio de una pandemia mundial tampoco. No es fácil porque un gobierno que pretende ser progresista debe aprender a nadar contracorriente, debe aprender a decir que no a los de arriba a veces y debe estar preparado para las consecuencias que eso comporta. No es fácil porque el votante de izquierdas es más exigente de por sí. Y porque en una situación pandémica como la que padecemos desde hace año y medio ha vuelto más exigente a todas las capas de la sociedad y a todos los sectores de la economía que ven en las instituciones públicas al principal procurador de que dentro de lo malo, la cosa no acabe por romperse.

En estos llamados "gobiernos del cambio", en efecto, ni hay manuales de instrucciones ni tampoco se los espera. No queda más remedio que echar mano de la intuición política y de la experiencia. Permítanme que les cuente una de las cosas que me ha enseñado la experiencia acerca de los gobiernos del cambio y es que la gente espera de ellos básicamente tres cosas:

En primer lugar la gente espera (desea, más bien) que sean estables. La mala concepción que se tiene de los partidos políticos pesa mucho en el imaginario colectivo y el primer temor del elector después de las elecciones es, precisamente, si los partidos serán capaces de ponerse de acuerdo para formar gobierno o si los partidos que lo forman se dedicarán a estar a la greña pensando más en una nueva convocatoria de elecciones que en el interés ciudadano.

La segunda cosa que espera el elector es que el gobierno funcione. Esto puede parecer una obviedad, pero no sería nada extraño que la llegada de un nuevo gobierno en lugar de resolver determinados problemas acabe generando otros.

La tercera cosa que espera el votante progresista es, para mí, la más importante. Y es que el votante de izquierdas no sólo se conforma con que el gobierno sea estable y funcione, sino que además le exige que transforme. Eso le diferencia del votante de derechas, que puede tolerar un gobierno del estilo Rajoy, que moleste poco y haga menos. El votante de izquierdas no puede permitirse ese lujo. Necesita comprobar en su propio día a día que su voto está repercutiendo de algún modo en una mejora de sus condiciones de vida. No espera que el gobierno le salve. Pero si espera la valentía suficiente como para que se dé un proceso de mejora en el desolador escenario en el que se ha convertido el día a día de las clases populares y de la clase media empobrecida en esta sociedad rota.

Y es aquí donde comienza el verdadero calvario para los gobernantes de izquierda. Se enfrentan, en primer lugar, a un socio de gobierno al que ya le va bien con que haya estabilidad y funcionalidad, pero que lo de transformar ya le queda muy lejos. Se enfrentan después a unas estructuras administrativas, legales y reglamentarias hechas para que nada cambie y todo siga su burocrática inercia hacia ninguna parte. Salvado este escollo se encuentra el de la falta de recursos, nunca hay dinero suficiente, nunca se tiene el personal necesario.

Y por último, si se han sorteado todos los problemas anteriores, aparecen entonces los lobbies de presión, los mamporreros mediáticos, los falsarios defensores del libre mercado y la espada de Damocles que supone esa amenaza velada y constante de la judicatura de judicializar toda acción de gobierno que pueda suponer un avance. En resumen, como dijo una vez la vicepresidenta valenciana Mónica Oltra: Yo gobierno, pero no tengo el poder, el poder lo siguen teniendo otros. Que es otra manera de decir que en este mundo global donde el neoliberalismo impera, los gobiernos han cedido un poder enorme al mercado y su margen de acción se ha visto drásticamente reducido. O, yendo un paso más allá, que hoy en día, la soberanía no la ostentan los pueblos sino el capital en sus múltiples formas.

Así las cosas, podría parecer comprensible, desde un punto de vista humano, que el gobernante de izquierdas, ante titánico aparato en contra, se viera tentado a no meterse demasiado en follones. Se viera empujado a asumir aquello del socio de "con ser estables y funcionar" ya basta. Y para justificar que los votos que le fueron encomendados sirven para algo se dedicara a aquello que se ha convenido en llamar "política de gestos": no llevar corbata, ponerse un pin en la solapa o colgar del balcón de la consejería o el ministerio la bandera correspondiente el día que toca. Pero de gestos, las familias no comen y los autónomos no levantan la persiana. Cuando asumes el marco del socio, cuando asumes que lo urgente y lo importante es la estabilidad y que el gobierno funcione y nada más, pierdes el contacto con la realidad, pierdes el contacto con el motivo básico y primordial por el cual el votante de izquierdas te colocó en el gobierno.

Esta desconexión con la realidad aunque comprensible desde un punto de vista humano no es aceptable. Se dijo que se venía a asaltar los cielos cuando nadie, en verdad, había pedido tanto. Se situaron altas las expectativas y quizá por ello la realidad todavía es más dolorosa. Y la realidad es que el gobierno del Estado es estable, que el gobierno del Estado funciona, pero el gobierno del Estado no transforma.

La realidad es que del ministro Garzón se esperaban cosas como una regulación valiente de las casas de apuestas o una limitación del poder de las eléctricas que detuviese el abuso constante vía factura. Nada de esto se ha producido. A los que se preguntan por qué tanto escándalo con las recomendaciones alimentarias del ministro aquí tienen la respuesta: mucha gente hoy en España come menos carne roja, sí, pero porque no puede pagarla y come más pollo, sí, porque es más barato. Eso y que se hace recaer la responsabilidad sobre el ciudadano y no sobre el modelo productivo de macrogranjas es lo que convierte en desafortunadas las palabras del ministro. Que no se le votó para gestionar lo existente sino para transformarlo, para mejorarlo. El votante de izquierdas no espera de sus gobernantes recomendaciones sobre qué puede o no puede cenar o a qué hora debe poner la lavadora, espera políticas públicas que mejoren su vida, que hagan que el precio del alquiler que paga cada mes no sea abusivo, que se combata con valentía la lacra de la ludopatía en los barrios y que la factura de la luz no sea un atraco a mano armada. A eso vinimos, a transformar la realidad, no sé si esto debería calificarse de urgente o si entraría dentro de lo importante, pero sin duda es lo necesario. Todo lo demás, los gestos, los tuits y las recomendaciones se los llevará el viento, solo las políticas quedarán, pongámonos a ello.