Otras miradas

El día de las abuelas y abuelos

A Josefa Badillo

 A Juan Triviño

Un día como hoy, de pequeña, sonaba el teléfono. La yaya llamaba para felicitarme en mi santo y luego, pasaba el teléfono por tita Isabel y tita Mari hasta que el yayo preguntaba si íbamos a ir a Fuengirola. En las últimas llamadas que recibí, aún pequeña, descubrí que los 26 de julio también era el día de los abuelos y abuelas, así que yo aprovechaba para devolverles la felicitación. 

Supongo que hay personas que no querrán saber de sus abuelos por diversas circunstancias, lo que me hace tomar conciencia de la fortuna que recibí con los abuelos que tuve. Lamentablemente, nunca pude conocer a los paternos pero los maternos estuvieron ocupando todo el espacio con la mejor de sus voluntades y su cariño. Ahora, ya sin ellos, no puedo evitar añorarlos y maldigo que no fuera antes conscientes de muchas conversaciones que hoy quisiera tener.

El yayo y la yaya eran la libertad de hacer lo que nos apetecía, quizás por aquella terraza tan grande que dispusieron para que sus nietas brincaran y olieran todas sus flores. Sus recuerdos son los de aprender a montar en bicicleta, los de la playa de Los Boliches, los del bol de ensalada con paella y las cáscaras de sandía, los de melocotón en almíbar con nata, los de jugar con margaritas y conejitos y pétalos de geranios como uñas postizas, los de las tardes de pin pon, los veinte duros para ahorrar,  escuchar el fútbol por transistor, las agujas de coser de la yaya, su bizcocho de naranja, el mueble de galletas y chocolate o la de sartenes quitadas a tita Isabel para cocinar flores arrancadas con agua, sin que ella nos regañara.

Yayo se fue muy pronto para mí. Vi cómo el cáncer lo consumía poco a poco. Se quiso despedir de mí, su ojito derecho. Le toqué la barbilla, como siempre, le dije que no se iba a morir y me fui a llorar al cuarto de tita Isabel. Luego, la casa se hizo de luto y no podía comprender que el yayo ya no me vería nunca más. A veces recuerdo aún su voz y treinta años después lo recuerdo cada día.

A veces pienso que yayo se fue pronto para que descubriera a las mujeres tan impresionantes que vivían en casa. He tenido la enorme suerte de tener a mi yaya hasta casi los 100 años, lúcida y maravillosa, a pesar del dolor de haber perdido a una hija y a otra en la cuerda floja. La pena añadida fue el dolor de no haberme podido despedir de ella. Ha sido un regalo descubrir y escuchar sus relatos de cómo escapaba de la guerra con sus hermanas  por los montes de Ronda, de saber más de su trabajo como peluquera, de sus luchas como mujer, de su pasión  por leer todo lo que caía en sus manos y de la alegría de vivir. Aún resuenan en mi mente cuando en cama aún cantaba canciones populares o le hablaba de Federico García Lorca y ella lo reconocía. Y aún llevo clavado que no haya podido ver todo lo bueno que me ocurre por unos pocos años, aunque ella parecía tener una premonición y decía que me veía en la tele cuando yo aún ni estaba. Cuando murieron, y los enterraron juntos con mi tía, con el cierre del nicho sentí que ya había muerto toda mi infancia con ellos, pero que tenía centenares de momentos maravillosos con ellos que me acompañarían toda mi vida. Esa es la mejor herencia que pudieron dejarme, sus recuerdos, que no me los quita nadie. Y los abuelos son siempre memoria, de una época y de tus propias raíces.

Hago balance y me doy cuenta de la tremenda fortuna que tuve con ellos. Y en días como hoy, deberíamos reconocerles todo lo que hicieron por nuestro bien. Quienes aún estén con sus abuelas o abuelos, que aprovechen a besarlos cada día.

Hoy 26 de julio las flores ya no existen en aquella terraza y la casa está desierta. Hoy 26 de julio ya no me pueden llamar por teléfono, pero siento dentro de mí su llamada de cariño cada día y sé que mientras los tenga en mi memoria nunca morirán.  Si me vieran sé que se sentirán orgullosos de mí, pero no sé si tanto como me siento yo de haberlos tenido como yaya y yayo.