Opinion · Otras miradas

La quimérica recuperación

Alejandro Inurrieta

Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid

Alejandro Inurrieta
Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid

Las cifras de la EPA revelan dos hechos muy graves para el devenir de la sociedad española. Por un lado, el ajuste de plantillas no ha terminado y lo peor es que la crisis social está cada día más cerca.

Las principales cifras muestran que en el último año se han destruido 850.500 empleos, cebándose principalmente en hombres (569.000), a un ritmo del 4,78% y con una ligera aceleración respecto al 4tr2011. Por sectores destaca la destrucción en el sector servicios, a pesar de incluir el trimestre la campaña de navidad, seguido por la construcción y la industria. El número de parados creció el último trimestre de 2012 en más de 690.000 perdonas, un 13,1% mayor que en  2011, lo que equivale a una tasa del 26,02% y una tasa de actividad del 59,8% y empleo del 55%.

La destrucción de empleo se ha centrado en el sector privado, 630.000, frente a 218.000 en el público, aunque en porcentaje la reducción en el sector público fue mucho mayor. Junto a esto, destaca también la fuerte reducción del empleo a tiempo completo, y de los empleadores, lo cual también implica que la probabilidad del autoempleo también se está dificultando por la tremenda caída de la actividad. Los polos económicos más pujantes, Cataluña, Madrid y País Vasco es donde se produce una mayor pérdida de activos, lo que claramente quiere decir que la deslocalización de capital humano se deja notar allí donde se concentra el capital humano más formado. Por el contrario, los activos aumentan más en zonas más deprimidas, como Extremadura o Andalucía, se eleva la población activa, ante la incapacidad en muchos casos para poder deslocalizarse fuera de la propia Comunidad Autónoma o el propio país.

El dato más dramático es que más de 1,8 mill de hogares tienen a todos sus miembros en paro, lo que acrecienta la sensación y la probabilidad de que la sociedad española pueda estallar ante el crecimiento de la pobreza  y la desigualdad social.

Con estos datos, las expectativas sobre una posible salida de la crisis es una quimera. Si el Gobierno y el INE fuesen sensatos, deberían revisar las cifras de crecimiento para este año, y publicar otras acordes a la realidad económica, lo que supondría reconocer que el PIB en 2012 habría caído cerca del 2% y que para 2013, por la propia inercia del ciclo, esta caída podría acelerarse hasta el 2,5%, como así lo contemplan algunos economistas fuera del círculo gubernamental y de los medios de comunicación afines.

Esta realidad responde, como así lo hemos puesto de manifiesto, a un shock de demanda fortísimo, con una reducción de la demanda efectiva cercano al 4% y que hasta ahora parecía que, de forma ficticia, se podría compensar con las exportaciones.  Los datos de exportaciones de noviembre de 2012 ya han puesto de manifiesto una sensible reducción, cercana al 10% anual, lo que dejaría ya sin armas al ejecutivo, y acercaría las cifras del PIB a la realidad económica del país.

En una economía basada en el consumo privado y en los servicios, todas las medidas procíclicas tomadas por el ejecutivo, por imposición de Bruselas y Washington, han surtido efecto. La reducción de salarios, rentas, prestaciones públicas ha retraído el consumo y la inversión privada. Si a esto unimos el brusco parón de la obra pública, tenemos el coctel perfecto para una recesión muy prolongada, ante la ausencia de una política de generación de actividad, un sector empresarial raquítico, e hiperendedudado, sin margen de maniobra, máxime en un contexto de restricción crediticia y pérdida de confianza en la economía española.

La ligera relajación de las condiciones de financiación de la deuda pública no deben esconder que la economía española no tiene palancas de crecimiento, y solo un proceso de desendeudamiento masivo y rápido del sector privado podría aliviar los balances de hogares y empresa, de cara a poder iniciar, de nuevo su actividad de consumo e inversión. Con todo esto, el umbral soportable por las familias está cada día más cercano al abismo, y si nadie lo remedia, podríamos entrar en una espiral de pobreza extrema, que conllevaría ciertas dosis de violencia nada deseable. Ante un gobierno sin rumbo, una UE sin mecanismos ni herramientas y una ideología dominante que ha hecho de la devaluación interna y desigualdad creciente su única arma,  nada se puede esperar, salvo muchos lunes al sol.