Otras miradas

Lo que arde

Las consecuencias del incendio declarado en Palma. EFE/Miguel Calero
Las consecuencias del incendio declarado en Palma. EFE/Miguel Calero

Hace una semana dormíamos con el cielo cubierto de humo y olor a tostada quemada. Las pavesas y cenizas cubrían nuestras plantas y ropa tendida. Los tordos y gorriones plegaban sus alas, escondidos en sus nidos. A lo lejos, el infierno y miles de hectáreas ardiendo. El grupo de whatsapp del pueblo también. ¿Es aquí el incendio?, "no, esperemos que no se extienda rápido y llegue aquí como el de hace dos años". La España vaciada era esto. La gente de los pueblos rezando para que esta vez no les toque a ellos y pierdan sus casas o su ganado, una vez más. Año tras año, esta es la leña para el fuego de los informativos, para llenar ese espacio en blanco entre las noticias de altas temperaturas y pandemia. Y nosotros desde nuestras casas mirando como si tal cosa, ya hemos normalizado demasiado esta situación. 

Al parecer un coche está ardiendo y como no han ido a tiempo a sofocarlo, se ha extendido. Hay quien dice que no se acudió a tiempo y otros que no hay medios en Ávila y que llegan tiempo denunciándolo. La falta de lluvias y el aumento de la temperatura son una contraproducente combinación que cada año acaba con miles de hectáreas de masa forestal en el sur de Europa. Esto no es ninguna broma, aunque a algunos les pille de lejos, por eso de vivir en grandes ciudades donde lo más cerca que se está de este asunto es a través de la pantalla. De hecho y según estudios recientes, el riesgo de incendios podría aumentar hasta un 64% más si el aumento global de las temperaturas se sitúa por encima de los dos grados de media. 

Al parecer hay bastante consenso en señalar la falta de un mayor trabajo de limpieza y mantenimiento de los montes, mucho más cuando tras Filomena, muchas zonas rurales, de donde no se han retirado aún los restos de los árboles, se han convertido en  más que posible combustible para el fuego. Los bomberos forestales denuncian recortes que se están dando en las unidades de vigilancia de extinción y piden a gritos que se reconozcan y mejoren sus condiciones sociales, laborales y económicas. 

Las advertencias del último informe del grupo de expertos del clima de la ONU, que señala a la cuenca mediterránea (y en concreto a España) como una de las zonas más amenazadas por los efectos del calentamiento global deberían ser tomadas en serio. Las instituciones deben dar ejemplo y destinar mayor partida presupuestaria para la prevención de incendios, así como para pedagogía y educación medioambiental y un nuevo modelo productivo que ponga de verdad la vida en el centro y sea cuidadoso con la tierra y los cuerpos que habitamos. Una nueva manera de entender el mundo es necesaria, lejos del consumismo sin freno (sí, también de chuletón, presi). 

Se necesita un compromiso claro y real para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y también medidas concretas para mitigar las consecuencias del cambio climático. Se debe penalizar a las grandes empresas que desoyen estas normativas, y fomentar en general, un menor consumo de energía y de materiales. Y  además, incentivar la sostenibilidad socioeconómica de actividades como la pesca, el turismo y la agricultura. Y  nosotros, los de abajo, saber que si no protegemos el planeta, los de arriba no lo van a hacer por nosotros. 

La vida ya no va a ser lo que era y debemos tomar consciencia de ello. Un menor consumo, unido a un aprendizaje ecologista y anticapitalista que nos haga cuidar el planeta por nosotros y los que vienen. No debería ser tan difícil proteger el lugar del que procedemos y que nos dio la vida, así de desagradecidos somos los humanos.